Magnífica Humanitas: una encíclica en defensa del autor

La encíclica ofrece una pista: las IA imitan funciones de la inteligencia humana, pero no viven, no pasan por la alegría ni el dolor, ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo o la amistad

El Papa León dirige la oración del Ángelus en la Piazza della Liberta en Castel Gandolfo, cerca de Roma, Italia, el 16 de agosto de 2026. REUTERS/Remo Casilli
El Papa León dirige la oración del Ángelus en la Piazza della Liberta en Castel Gandolfo, cerca de Roma, Italia, el 16 de agosto de 2026. REUTERS/Remo Casilli
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¿Puede seguir existiendo el autor en la era de la inteligencia artificial? Hoy basta con brindarle a una IA unas cuantas indicaciones para que, en segundos, genere un cuento, un poema o un ensayo. Así, la figura del autor —esa persona concreta, dueña de lo que escribe, que se consolidó con la imprenta de Gutenberg— parece de pronto tambalear, y es inevitable preguntarse si está condenada a disolverse en el anonimato de los algoritmos. Aunque pareciera que la respuesta es afirmativa, la reciente encíclica Magnífica Humanitas, del papa León XIV, invita a pensar que no.

Pensemos en un ejemplo: alguien le pide a ChatGPT (u otra IA) que le escriba un poema con determinada estructura y tema. El resultado puede ser estéticamente impecable, pero ¿siente el lector que existe alguien detrás de esas palabras? La encíclica ofrece una pista: las IA imitan funciones de la inteligencia humana, pero no viven, no pasan por la alegría ni el dolor, ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo o la amistad. Y es justamente de ahí, de la vida real, de donde brota la verdadera literatura.

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Mario Vargas Llosa afirmó que el escritor es un inconforme con el mundo y que escribe para, en sus propias palabras, “vengarse” de la realidad creando otra a su medida. Así, la creación artística no aparece de la nada: es la respuesta a una experiencia vivida con intensidad. Ahí radica la diferencia de fondo entre la máquina y el autor: la primera organiza palabras siguiendo patrones; el segundo escribe desde lo que ha vivido. Eso ninguna IA puede reemplazar.

Cuando la palabra se simula, advierte la encíclica, no construye una relación, sino una apariencia. Una IA puede tejer una trama perfecta, pero detrás no hay nadie: solo combinaciones probables. El autor, en cambio, entrega un texto auténtico, porque ha cuidado cada palabra para transmitir su mundo interior. Lo demás es el simulacro de una experiencia.

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Nada de esto condena a la inteligencia artificial. Bien utilizada, es una herramienta extraordinaria para ampliar el conocimiento que alimenta toda obra; el reto, como plantea la encíclica, es que sea una aliada y no un reemplazo. Las herramientas seguirán evolucionando —del cálamo (caña) a la imprenta, de la imprenta al algoritmo—, pero ninguna podrá vivir por nosotros. Mientras la creación siga naciendo de una vida vivida, del amor, del dolor y, sobre todo, del asombro, la voz irrepetible del autor seguirá existiendo. Es todo eso, y no la perfección estilística de un texto, lo que hace verdaderamente humano al arte.

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