
En el marco del caso que involucra a una bachiller de Psicología denunciada por la agresión a un menor con trastorno del espectro autista (TEA), tres especialistas consultadas por Infobae Perú coincidieron en que golpear la mano de un niño no es una técnica válida para manejar una crisis y que cualquier forma de intervención física debe limitarse a escenarios de riesgo y bajo criterios de protección.
En sus respuestas, los expertos señalaron que las crisis o episodios de desregulación en pacientes con TEA suelen vincularse a una alta sensibilidad a los estímulos del entorno y a cambios inesperados en la rutina. Ese escenario, señalaron, exige estrategias de calma, reducción de estímulos y protocolos de cuidado, no castigos físicos ni acciones que puedan escalar la tensión.
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Golpes y “técnicas”: un límite que no admite interpretaciones
Marcela Quispe Ledesma, psicóloga con especialización en terapia cognitivo conductual y catedrática de la Universidad Autónoma del Perú, rechazó de manera tajante que un manotazo pueda encuadrarse como técnica. “No, definitivamente no”, afirmó, al referirse a la idea de golpear la mano de un menor para “detener” una crisis.
La especialista explicó que niños con TEA pueden presentar crisis que se activan por estímulos como ruidos fuertes, gritos o cambios bruscos de rutina. En esos momentos, pueden aparecer gritos, autolesiones o intentos de golpear a terceros.

Sin embargo, sostuvo que esa reactividad no habilita el contacto agresivo por parte del adulto a cargo. “Pese a esa reactividad que ellos tengan, el terapeuta, el cuidador o la persona a cargo no debe tocar al niño. Bajo ninguna circunstancia”, sostuvo.
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En el mismo sentido, Cindy Gutiérrez, neuropsicóloga infantil del INSN Breña, señaló que el manotazo observado en el video no tiene cabida dentro de las intervenciones aceptadas. “No, para nada”, afirmó. Y agregó: “Ninguna de las técnicas que se utilizan para modificar conducta dentro de la rama de psicología permite la violencia física”.
Desde otra perspectiva clínica, la licenciada Aída Arakaki, psicóloga de Clínica Internacional, coincidió en que el golpe carece de sustento profesional. “No, golpear la mano de un niño con TEA no es una técnica terapéutica ni está respaldada por guías clínicas internacionales”, sostuvo.
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Según explicó, en una crisis el menor no actúa “por capricho”, sino que atraviesa dificultades para procesar estímulos y autorregularse. En ese contexto, advirtió que responder con castigo físico puede aumentar el miedo, la ansiedad y la sensación de amenaza, lo que puede intensificar o prolongar la desregulación.
A este consenso se sumó el psiquiatra Carlos Vera Scamarone, de Essalud, quien calificó la agresión como una práctica prohibida para profesionales de salud mental. “No, jamás, jamás. No es una técnica válida para nada. Eso está proscrito en cualquier tipo de reglamento, tanto ético, moral y también de enseñanzas, tanto para los psicólogos y para los psiquiatras”, sostuvo. El especialista agregó que este tipo de acciones “genera un efecto desesperanzador y deletéreo” en el paciente.
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Contención: protección, protocolos y último recurso
Las tres entrevistadas también coincidieron en que la palabra “contención” suele usarse de manera imprecisa y que no puede confundirse con empujones, golpes o acciones desproporcionadas.
Quispe Ledesma diferenció la contención como protección de cualquier acto violento. “Existe una contención, pero una contención de protección: bloquear, de repente me alejo”, describió. También mencionó la necesidad de pedir apoyo cuando la situación lo requiere. “Pido ayuda para que me ayuden a contener al niño, pero por breve tiempo”, señaló.
En esa misma línea, descartó empujar o golpear, y apuntó a medidas que eviten daño inmediato mientras se activa un protocolo. “Es procurar que, si vas a contener, de repente cogerle las manos para evitar que haga daño y en el mismo instante solicitar ayuda bajo un protocolo”, explicó.
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Arakaki remarcó un criterio de excepcionalidad. “La contención física solo debería utilizarse como último recurso cuando existe un riesgo inminente de que el menor se haga daño a sí mismo o a otras personas, y únicamente durante el tiempo estrictamente necesario”, sostuvo.
Además, enfatizó que debe estar a cargo de personal debidamente capacitado y que no puede utilizarse como castigo o como vía para imponer obediencia. Sobre empujar al menor hasta hacerlo caer, fue categórica: “No. Empujar a un niño hasta hacerlo caer al suelo no forma parte de las técnicas de contención recomendadas”.
Gutiérrez, por su parte, sostuvo que sí existen formas de contención, pero insistió en que deben ser compatibles con el cuidado y no con el castigo. “Se puede realizar contención, pero ojo, es muy diferente a contención”, dijo. Entre los ejemplos mencionó el abrazo como forma de sostén físico y el uso de recursos sensoriales, pero aclaró que acciones como empujar al niño no corresponden a una técnica idónea.
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Desde Essalud, Vera Scamarone planteó que el manejo apropiado debe enfocarse en la “contención emocional”, sin agresión ni coerción física. “La contención emocional no necesariamente habla de una necesidad urgente de sostenerlo o de agredirlo, sino más bien procurar que el tono de voz sea el que comande”, explicó.
Advirtió sobre el impacto del maltrato en el vínculo terapéutico: “El hecho de agredir a un paciente va a socavar la integridad tanto del profesional como también del paciente. El paciente ya va a dejar de confiar en cualquier profesional”.
¿Qué alternativas proponen frente a una crisis?
A partir de lo observado, Quispe Ledesma planteó una respuesta centrada en el manejo verbal y la búsqueda de apoyo adulto. Señaló que no advirtió, en lo que describió, una escena en la que el menor estuviera atacando a la adulta. “No se ve una situación donde el niño esté agrediendo o intente algo así”, afirmó.
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En ese contexto, sostuvo que debió priorizarse la calma, la distracción con otros estímulos y el pedido de ayuda: “En vez de tocar al niño, tuvo que hablarle, decirle: ‘Tranquilízate’, tratar de distraerlo con otra cosa mientras llamaba a su mamá”.
Gutiérrez sostuvo que, para evaluar el manejo previo, sería clave conocer el plan de trabajo, pero descartó de plano cualquier “técnica” basada en golpes. Mencionó alternativas como tiempo de espera, apoyos sensoriales y herramientas trabajadas en sesiones constantes, no respuestas improvisadas. “Son sesiones constantes donde se tiene que tratar de psicoeducar al pequeño”, señaló.
Arakaki advirtió sobre las consecuencias de someter a un niño con TEA a golpes o contenciones inadecuadas: aumento de miedo, ansiedad, estrés, riesgo de lesiones físicas y pérdida de confianza en cuidadores. En esa línea, recomendó evitar golpes, empujones, gritos y amenazas, y priorizar ambientes tranquilos, comunicación simple y planes de manejo elaborados con profesionales y la familia.
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El psiquiatra de Essalud también apuntó a la necesidad evitar justificaciones que trasladen la responsabilidad al menor. “A veces es mucho mejor empezar por el mea culpa, que nos ayuda más a crecer como profesionales antes que excusarnos”, afirmó.

Vaporizador: distracción no es intervención clínica
Las expertas también descartaron que el humo de un vaporizador pueda presentarse como estrategia terapéutica.
Quispe Ledesma señaló que, aunque algo pueda captar la atención de un niño, eso no lo convierte en técnica psicológica. “No es un método, no es una técnica”, afirmó. Y remarcó: “Las técnicas que se utilizan están basadas en evidencia científica”. En su explicación, señaló que un vape puede generar distracción, pero no puede asumirse como recurso profesional para trabajar con niños.
Arakaki fue contundente con respecto a este punto. “No existe evidencia científica de calidad que respalde el uso del humo de un vaporizador como estrategia terapéutica”. Además, alertó sobre posibles riesgos para la salud respiratoria por exposición a aerosoles.
Gutiérrez coincidió en la falta de respaldo. “No he visto evidencia científica respecto a utilizar vapeadores o humos”, sostuvo, y enfatizó que puede resultar dañino para menores, tengan o no un diagnóstico.
Por su parte, en este punto, Vera Scamarone introdujo un matiz: consideró que, en general, pueden utilizarse distractores durante una intervención, aunque no planteó el vaporizador como una técnica en sí.
“Se puede usar cualquier tipo de distractor que tengamos a la mano con los pacientes”, señaló, y mencionó alternativas como elementos visuales, “ruido blanco” o sonidos de fondo. Consultado por el humo, afirmó: “Por esa parte no hay ningún inconveniente”.
Acompañamiento y terapia: una diferencia que no habilita la violencia
En su análisis, Quispe Ledesma explicó que la terapia se define por objetivos, técnicas y metas claras. “En terapia existe un propósito”, sostuvo, y describió que puede orientarse al desarrollo de habilidades básicas, sociales o de regulación. En cambio, señaló que el acompañamiento se vincula más con estar con el niño y supervisar que realice actividades diarias y que no se haga daño, sin ejecutar una intervención clínica estructurada.
Gutiérrez sostuvo un criterio similar, aunque remarcó que la diferencia no cambia un punto esencial. “En el acompañamiento ni en una terapia está permitido agredir al niño. En ninguno de los casos”, señaló. También sugirió que, cuando existe acompañamiento, debe haber capacitación para actuar sin violencia y bajo orientaciones técnicas.
Arakaki, por su parte, planteó que cualquier persona responsable del cuidado de un menor con TEA debe recibir capacitación en prevención de crisis, comunicación y regulación emocional. Y que, si de forma excepcional se requiere contención por riesgo inminente, solo debería aplicarse por personas entrenadas.
Sobre las eventuales consecuencias profesionales, Vera Scamarone consideró que una conducta de este tipo podría tener impacto en instancias de colegiatura. “Se puede, sí. Según lo que tengo entendido, eso se toma también en cuenta en los colegios profesionales”, señaló. “Tengamos en cuenta que un niño con autismo no provoca”, agregó.
Con matices distintos, las entrevistas confluyeron en un consenso: ante una crisis, la intervención debe orientarse a proteger, desescalar y acompañar, sin golpes ni empujones. “No es válido pegar bajo ningún tipo de circunstancia”, resumió Quispe Ledesma.
Para Gutiérrez, además, la reacción del adulto puede influir en el aprendizaje del niño: si el adulto responde con agresión, el menor puede incorporar esa respuesta como patrón. Arakaki, en tanto, insistió en que el abordaje debe ser seguro y basado en evidencia, con alternativas que reduzcan estímulos, eviten el daño y prioricen la dignidad del menor.
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