
El hallazgo de restos momificados de perros en el valle de Moquegua revela que los habitantes de la cultura Tiahuanaco mantenían vínculos cercanos con estos animales y les otorgaban entierros cuidadosos cerca de sus hogares. Investigadores han documentado el descubrimiento de dos perros, uno en Río Muerto y otro en Omo, que recibieron un trato funerario excepcional, según relató la arqueóloga Susan deFrance en la revista Latin American Antiquity.
La arqueología suele centrarse en relatos de poder, conflictos y monumentos, pero de forma ocasional surgen historias que ponen en primer plano la vida cotidiana y los afectos. El análisis de estos dos perros, con una antigüedad aproximada de 1.100 años, aporta una visión íntima sobre la relación entre personas y animales en el sur del Perú durante el Horizonte Medio, una época en la que la civilización Tiahuanaco se extendía por territorios que hoy pertenecen a Bolivia, Perú y Chile.
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El clima árido del valle de Moquegua permitió la conservación natural de los restos momificados. Uno de los ejemplares apareció en el asentamiento de Río Muerto y el otro en el sitio ceremonial de Omo. Ambos fueron identificados como perros domésticos gracias a la preservación de fragmentos de pelo, una rareza en contextos arqueológicos de la región, donde habitualmente los restos caninos se confunden con huesos de zorro andino.

Entierros intencionados y vínculos cotidianos
El primero de los animales analizados era una hembra joven, de menos de un año, con pelaje marrón y blanco en parte conservado. Fue depositada cuidadosamente en una pequeña fosa sobre una esterilla tejida y, posiblemente, envuelta o sujeta con cuerdas. La disposición del cuerpo y el contexto de hallazgo sugieren un entierro deliberado y respetuoso, lejos de un simple abandono.
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El segundo perro, un cachorro de pocos meses, fue encontrado en el centro ceremonial de Omo. También recibió un tratamiento funerario esmerado. Ambos ejemplares fueron enterrados en espacios cotidianos, próximos a viviendas, lo que indica que estos perros estaban estrechamente ligados a la vida diaria de las personas. Para los investigadores, este tipo de entierro muestra un nivel de atención y afecto inusual en la arqueología de los Andes prehispánicos.
Dieta, procedencia y convivencia humana
Los análisis isotópicos realizados en huesos, dientes y pelo permitieron conocer la dieta y procedencia de estos perros. Los resultados demostraron que ambos animales eran originarios de la región y no habían sido trasladados desde otros lugares. La hembra de Río Muerto tenía una alimentación similar a la de los humanos, basada en recursos vegetales y carne, lo que apunta a una convivencia cercana y a que probablemente comía restos proporcionados por las personas.
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En contraste, el cachorro de Omo presentaba una dieta con mayor presencia de carne, lo que podría indicar que buscaba comida fuera de los ámbitos domésticos o accedía a otros recursos. Aunque sus estilos de vida diferían, ambos perros formaban parte del entorno humano y reflejan la integración de los animales en la colonia Tiahuanaco.

Más que animales utilitarios: el papel emocional de los perros
En el mundo prehispánico andino, los perros podían cumplir funciones como guardianes, ayudantes y participantes en rituales funerarios. Algunas culturas posteriores enterraban perros junto a individuos de élite como protectores o guías en el más allá. Sin embargo, los casos documentados en Moquegua corresponden a perros enterrados en contextos cotidianos, no en mausoleos aristocráticos, lo que refuerza la hipótesis de una relación afectiva y cotidiana entre las familias y sus animales.
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Las conclusiones del equipo dirigido por Susan deFrance apuntan a que los habitantes de la colonia Tiahuanaco reconocían a sus perros como compañeros y les dedicaban atención durante su vida y tras su muerte. La presencia de entierros intencionales y el cuidado en la disposición de los cuerpos evidencian que estos animales recibieron un trato que trasciende la utilidad funcional.

Arqueología de los afectos: una mirada al pasado humano
El estudio de estos perros momificados no solo aporta información sobre la cultura Tiahuanaco, sino que también ilustra la dimensión afectiva de la convivencia entre humanos y animales en tiempos antiguos. Enterrar a un cachorro sobre una esterilla y acomodarlo con esmero junto a la vivienda refleja un gesto de reconocimiento y posiblemente de duelo, más allá de una acción utilitaria.
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Aunque no es posible afirmar si los habitantes de la época sentían por sus perros un afecto similar al actual, los datos arqueológicos permiten sostener que no los percibían como simples recursos. Eran valorados y tratados con dignidad, como lo demuestra la delicadeza en sus entierros y la proximidad a las áreas habitadas.
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