
En la campaña presidencial escuchamos promesas sobre crecimiento, inversión, seguridad y mano firme contra la corrupción. Y algunos, un poco de educación o de salud, pero en la mayoría de los casos desde generalidades sin propuesta, y siempre hablando desde el sistema formal, como si aquellos que no estudian en la escuela, el instituto o la universidad, no fueran también estudiantes y ciudadanos que aprenden.
El error de obviarlos es doloso, no queremos ver que también desde sus centros laborales, sus hogares o sus comunidades muchos aprenden sin ayuda del Estado. Y es un error que invisibiliza. Pero además es un error que empobrece.
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Esto arrastra una deuda silenciosa: esos millones que no terminaron la educación básica, que abandonaron el sistema o que nunca accedieron a formación técnico-productiva, no son una minoría. Son el corazón del país que trabaja. Y, sobre todo, son el corazón de la informalidad que son alrededor del 70%.
No es solo un problema de fiscalización ni de exceso de trámites. Es, en gran medida, un problema de capacidades no desarrolladas y no reconocidas. Quienes no concluyen la educación básica o no acceden a formación técnica tienen muchas más probabilidades de terminar en empleos precarios, de baja productividad y sin protección social.
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El país discute cómo atraer inversión, pero evita responder a ¿qué tipo de capital humano estamos ofreciendo?
A esto se suma otra bandera roja: los jóvenes que no estudian ni trabajan (los llamados “NINIs”), que representa aproximadamente el 20% de la población joven en el Perú. Muchos no están “inactivos”: están atrapados en trabajos informales, intermitentes o invisibles.
El sistema educativo los perdió. El mercado laboral (el poco mercado formal que existe) no los integra. Y el Estado, en gran medida, no los reconoce.
Y mientras tanto, la educación superior en el Perú sigue fuertemente sesgada hacia lo universitario, cuando la economía real demanda habilidades técnicas. La educación técnico-productiva —la que podría conectar directamente con empleo, productividad y desarrollo local— sigue siendo subvalorada, fragmentada y de baja escala. Esto genera una paradoja: empresas que no encuentran trabajadores calificados y trabajadores que no encuentran empleos de calidad.
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Y como Lima no es el Perú, el problema se vuelve aún más crítico si miramos fuera de la capital. En muchas regiones, especialmente rurales, las oportunidades de continuar estudios o acceder a formación técnica son limitadas o inexistentes. La educación para adultos —cuando existe— es rígida, urbana y desconectada de la realidad productiva local.
¿El resultado? Economías territoriales atrapadas en baja productividad, con alta informalidad y escasa diversificación. Y peor aún, juventudes condenadas a vivir de las economías ilícitas, presos de otros horrores como la criminalidad, la delincuencia, y peor aún, la trata de personas y otras desgracias propias de Estados ausentes.
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Si en esta campaña presidencial queremos votar por la educación a lo largo de la vida, deberíamos exigir propuestas como un sistema nacional de aprendizaje a lo largo de la vida, que integre educación básica, técnica y formación continua, y un Ministerio de Educación que sepa articular a otros Sectores y Niveles de Gobierno en esa tarea que excede largamente a su Sector.
Además, necesitamos impulsar programas masivos de reconversión laboral para jóvenes y adultos fuera del sistema educativo. De la misma manera, se debe de reconocer los saberes previos, a fin de formalizar competencias adquiridas en la práctica. Y no debemos olvidar en priorizar una inversión sólida en educación técnico-productiva, alineada a cadenas productivas regionales.
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Ignorar este tema tiene consecuencias concretas: menor productividad, mayor informalidad, menor recaudación, más desigualdad territorial. Y, en el largo plazo, un crecimiento económico limitado.
El Perú no va a reducir la informalidad con discursos sobre emprendimiento. La informalidad se combate construyendo y reconociendo capacidades ahí donde ya las hay. Y esto comienza al inicio de nuestra vida escolar, pero resulta que también recomienza en distintos momentos de nuestra trayectoria formativa.
Los electores tenemos que exigir que se gobierne en razón de las necesidades de nuestras vidas, y no en razón de las cifras obsoletas que muchos candidatos insisten con necedad en mantener en sus planes de gobierno. Que nos miren. Nuestros votos son para los que se atreven a no esquivarnos la mirada.
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