
El Perú es un país marítimo de extremo a extremo. Sus más de 3.500 kilómetros de litoral lo convierten, geográfica y naturalmente, en una nación con vocación oceánica. Sin embargo, esa condición privilegiada no se ha traducido en normas que fomenten actividades como la náutica deportiva, el turismo náutico o la navegación recreativa, sectores que en gran parte del mundo son motores de desarrollo económico, empleo y sostenibilidad costera.
En el Perú, la náutica recreativa aún no ocupa el lugar que podría tener dentro de una visión moderna del aprovechamiento del espacio del mar. Persisten percepciones reduccionistas que la asocian a un sector exclusivo, cuando en la práctica internacional se integra de forma natural al turismo, al deporte y al desarrollo costero. Superar esa mirada abre una oportunidad concreta de impulsar una actividad capaz de articular servicios técnicos, formación especializada y turística, dinamizando economías locales a lo largo del litoral.
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Desde esa perspectiva, el reciente avance normativo que facilita el ingreso temporal de embarcaciones recreativas privadas para el turismo —como yates y veleros— bajo un régimen aduanero especial representa una señal positiva, aunque todavía insuficiente. La medida reconoce, por primera vez de forma explícita, que el turismo náutico forma parte de la oferta turística del país y que requiere reglas claras, trámites ágiles y coordinación interinstitucional. Sin embargo, para que este paso se traduzca en impacto real, debe ir acompañado de infraestructura adecuada, marinas operativas, astilleros, servicios técnicos y una visión de largo plazo que entienda al mar como espacio productivo.
La experiencia de países vecinos demuestra que el desarrollo de la náutica deportiva es una política pública con impactos económicos medibles. En Ecuador, diversos estudios académicos han documentado cómo actividades como el surf, la pesca deportiva, la vela y otras disciplinas náuticas se han consolidado como ejes del turismo costero, particularmente en zonas como Montañita, la Ruta del Spondylus y el litoral continental, generando empleo local, atracción de turistas y encadenamientos productivos en hotelería, gastronomía y servicios marítimos.
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Estudios académicos sobre Ecuador evidencian que el turismo náutico ha sido clave para diversificar su oferta turística y posicionar al país como un destino competitivo en el Pacífico sudamericano (ESPOL). Investigaciones sobre la Ruta del Spondylus muestran, además, que estos visitantes registran mayores niveles de gasto y estadías más prolongadas, con efectos directos en las economías locales (Universidad de Las Palmas de Gran Canaria). Esta experiencia contrasta con el Perú, donde el potencial marítimo sigue restringido más por barreras regulatorias y tributarias que por falta de demanda.
Nuestra costa carece de infraestructura básica para la navegación recreativa: marinas, puertos deportivos, zonas de fondeo, rampas de botado, concesiones de boyas, servicios de mantención y astilleros especializados. Todo ello limita no solo al turista extranjero, sino también al navegante nacional.
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A esto se suma una carga regulatoria y tributaria desproporcionada. Nacionalizar un yate en el Perú implica una serie de trámites y altos costos como el pago 5% del impuesto a las embarcaciones de recreo sobre el valor de la embarcación, además de aranceles, IGV, entre otros pagos asociados, que pueden ascender hasta 40% del valor del bien, bajo el supuesto de que toda nave recreativa es un bien suntuario. Esta lógica ignora que, en el mercado global, muchas embarcaciones tienen precios inferiores al de un departamento promedio y que cada embarcación deportiva genera en promedio cinco empleos, entre directos e indirectos.
La experiencia regional demuestra que es posible avanzar. Ecuador, por ejemplo, ha posicionado destinos como Montañita, Bahía de Caráquez o Manta como polos de surf, navegación y turismo náutico, integrando actividades deportivas, servicios locales y promoción internacional (ESPOL, Universidad Central del Ecuador).
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El Perú tiene todo para convertirse en un destino náutico de primer nivel. Lo que falta no es mar, ni viento, ni paisajes. Falta visión, coherencia normativa y la decisión de dejar de ver al mar como un problema administrativo y empezar a verlo como la oportunidad estratégica de desarrollo sostenible.
Mientras no lo entendamos así, seguiremos siendo un país marítimo… que navega contra la corriente.

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