
A pocas horas del cambio de calendario, la ciudad despierta con una mezcla de cansancio y expectativa. Las celebraciones nocturnas dejan ecos de música, luces y brindis prolongados. Al día siguiente, la conversación pública se desplaza hacia otro tema: la recuperación del cuerpo después de largas reuniones familiares y fiestas entre amigos. En mercados, fondas y restaurantes, aparece un concepto cotidiano que define esta búsqueda de alivio físico y gastronómico.
En distintos barrios, vecinos y clientes mencionan con naturalidad una palabra que resume esa tradición culinaria: “levantamuertos”. Otros emplean expresiones similares, como “bajón” o “bajona”, para señalar platos específicos que prometen energía y estabilidad después de una noche intensa. La idea es simple y directa. Se trata de preparaciones con caldos concentrados, fuentes de proteínas, minerales y carbohidratos. La costumbre establece dos líneas principales: una basada en productos marinos y otra que utiliza carnes y granos de origen diverso.
En cocinas populares y restaurantes familiares, las recetas presentan concentrados con pescado o mariscos, así como caldos obtenidos de cocción prolongada de gallina, res o cerdo. Los especialistas en cocina tradicional explican que estas recetas cumplen una función clara: ofrecer alimento caliente, sabor definido y un impulso físico moderado sin excesos de grasa o lácteos. En palabras de los propios cocineros “un plato es suficiente para estar como nuevos”.
Las recomendaciones nutricionales también ocupan un lugar central durante estas fechas. El Seguro Social de Salud plantea límites para evitar malestares posteriores a las cenas festivas. En ese sentido, el endocrinólogo Alberto Quintanilla indicó lo siguiente: “La población adulta debe consumir entre 800 a 2000 calorías diarias, por ello se recomienda que la cena de fin de año no exceda de 600 calorías. Hay que tener mucho cuidado con lo que se come y sobre todo evitar frituras y grasas”. La advertencia se complementa con otra cifra preventiva difundida por el Instituto Nacional de Salud, que señala riesgos de aumento de peso cuando existe consumo excesivo de productos procesados y platos altos en azúcares o grasas.
Tradición marina y sabores de recuperación

Dentro del grupo de platos marinos, destacan el ceviche, las conchas negras, el chupe, el chilcano y el sudado. Cada preparación utiliza insumos frescos y caldos con sabor concentrado. El uso preciso del limón en el ceviche define el equilibrio final del plato, mientras que las conchas negras y la leche de tigre concentran minerales y proteínas. En la lista también figura la parihuela mixta, descrita como “un concentrado marino lleno de sabor, ideal para hidratar y revitalizar el cuerpo gracias a su caldo caliente y su variedad de mariscos ricos en hierro y zinc”.
Otra alternativa dentro de este mismo universo gastronómico es el chupe mixto, que reúne pescados, mariscos y lácteos en una combinación que aporta energía y proteínas. Para gustos más tradicionales, el sudado de cabrilla ocupa un lugar especial por su preparación ligera y por su aporte de omega 3.
Caldos y raíces andinas en la mesa popular

En el otro extremo del menú aparecen los caldos y sopas vinculados a zonas andinas y espacios urbanos de larga tradición culinaria. El caldo de gallina figura entre los más solicitados y recibió el calificativo de “levanta muertos” en crónicas históricas. Textos del siglo XIX, como los mencionados en “Artículos, Poesías y Comedias” de Manuel Asencio Segura, registran su presencia en la vida cotidiana de Lima. El plato se sirve muy caliente y utiliza fideos, papa, huevo y carne de gallina como elementos centrales.
La sopa de mote o patasca ocupa otro lugar destacado. Su origen se remonta a periodos prehispánicos y conserva insumos heredados de culturas andinas. En relatos históricos citados en la información de referencia, el cronista Bernabé Cobo describió un guiso llamado “motepatasca”, preparado con maíz cocido hasta reventar. El consumo tradicional en zonas de sierra respondía a condiciones climáticas frías y a la necesidad de recuperar energía corporal. Entre los beneficios del mote se enumeran los carbohidratos complejos, su aporte de fibra y antioxidantes, así como la ausencia de gluten.

A estas opciones se suman el caldo de mote, el sancochado, el aguadito, la patasca y el cau cau, además de preparaciones con arroz. En todos los casos, la práctica culinaria sugiere evitar lácteos en exceso o condimentos intensos para no irritar el estómago. La creatividad de cocineros y dueños de pequeños locales facilita la presencia de estos platos en distintos distritos, con restaurantes que abren sus puertas el 1 de enero para responder a la demanda generada por las celebraciones.
Consumo responsable y servicios disponibles
Las aplicaciones de entrega a domicilio se convierten en aliadas para el público que busca estas preparaciones durante el inicio del año. Desde el teléfono móvil es posible revisar cartas especiales para ese día, seleccionar opciones de recuperación física moderada y complementar la jornada con hidratación adecuada. La recomendación de especialistas insiste en el consumo responsable, el control de calorías y la priorización de alimentos que ofrezcan equilibrio entre sabor y bienestar corporal.
En este escenario, el concepto de “levantamuertos” deja de ser una simple etiqueta coloquial y se transforma en un reflejo de prácticas culinarias con memoria histórica, insumos locales y saberes transmitidos en cocinas familiares y restaurantes populares. Cada plato reúne tradición, técnica y una búsqueda común: estabilizar el cuerpo después de una noche de fiesta, mediante recetas que combinan caldos concentrados, proteínas y carbohidratos en dosis moderadas.
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