
Un episodio que en principio parecía un robo de alto perfil terminó resultando un simple malentendido en el corazón de Madrid. Todo giró en torno a Dolores, una portera peruana de 68 años, y su esposo Armando, quienes residen en la capital española y se desempeñan en el mantenimiento de un edificio. Ambos fueron citados por la Policía Nacional de España tras el hallazgo de un paquete olvidado en el portal del inmueble donde trabajan, sin sospechar que contenía una obra de Pablo Picasso.
El lienzo en cuestión, identificado como ‘Naturaleza muerta con guitarra’, posee un valor superior a los 600.000 euros y estaba destinado a una muestra artística en Granada. Pese a que la pieza debía ser trasladada desde Madrid hasta esa ciudad andaluza, su ausencia en destino originó una investigación policial bajo la hipótesis de un robo, movilizando tanto a las fuerzas de seguridad como al sector cultural internacional.
Este incidente, que comenzó como un aparente delito de gran escala, rápidamente captó la atención pública, para finalmente resolverse como un error logístico sin implicaciones penales para Dolores ni Armando, quienes se vieron inesperadamente envueltos en una trama que trascendió fronteras.
Una desaparición que desató alarma internacional
El 6 de octubre, los organizadores de la exposición ‘Bodegón | La eternidad de lo inerte’ detectaron la ausencia de una de las piezas más importantes de su muestra al desembalar las 56 obras que habían sido enviadas desde Madrid. La empresa de transporte había realizado la entrega bajo videovigilancia, pero la falta de numeración en los embalajes impidió un control exacto del inventario.
Cuatro días después, el 10 de octubre, se presentó la denuncia formal por la desaparición del Picasso, y la Policía Nacional incluyó la pieza en la base internacional de arte sustraído. El caso movilizó a la Brigada de Patrimonio Histórico, que abrió una investigación ante la sospecha de un robo organizado.
La historia tomó un giro inesperado cuando los agentes rastrearon el último punto conocido del envío: un edificio en el distrito de Chamartín, al norte de Madrid. Allí, los investigadores descubrieron que el paquete había sido olvidado por los transportistas en el portal del inmueble, donde Dolores y Armando trabajan desde hace más de dos décadas.
Un gesto de buena fe malinterpretado
Al ver el bulto “bien envuelto y colocado”, Dolores pensó que se trataba de un pedido extraviado por algún vecino. Sin pensarlo dos veces, decidió llevarlo a la portería y guardarlo hasta que alguien lo reclamara. “Pensé que un espejo”, contó después.
Veinte días más tarde, agentes tocaron la puerta de su casa y los interrogaron durante horas. Según relataron al diario El País, fueron tratados como sospechosos de tráfico internacional de arte. La policía les preguntó incluso si estaban relacionados con redes criminales o con el robo de obras en museos europeos.
“Nosotros qué íbamos a saber”, dijo Dolores a El País, aún afectada por la experiencia. Su única intención había sido proteger un paquete que creyó ajeno. En su casa, ubicada dentro del mismo edificio donde trabajan, el cuadro permaneció cerrado todo ese tiempo, intacto y sin daño alguno.
El error logístico que cambió la versión del caso
Con el avance de las investigaciones, las autoridades confirmaron que la desaparición del Picasso fue producto de una cadena de errores. Los transportistas habían dejado el paquete en el portal por descuido, y la lista de obras carecía de un sistema de identificación que permitiera rastrearlo de inmediato.
El cuadro, de 12,7 por 9,8 centímetros, había sido elaborado en 1919 y pertenece a una colección privada. La Policía Científica verificó su autenticidad y confirmó que no sufrió ningún deterioro durante su estancia en la portería.
Al conocerse la verdad, la empresa de transporte reconoció su responsabilidad y la obra fue entregada finalmente a los organizadores de la exposición en Granada. La investigación se cerró, pero el incidente dejó a la pareja peruana con una huella amarga.

Juzgados por ser extranjeros
Fuentes cercanas a los propietarios del cuadro expresaron su gratitud con Dolores y Armando por haber conservado la obra sin abrir. Sin embargo, también reconocieron el mal rato que ambos pasaron durante la investigación. “Se sintieron juzgados por ser extranjeros”, dijeron a la agencia EFE. El episodio fue un recordatorio de las dificultades que todavía enfrentan muchos migrantes en Europa.
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