En Comas, el cobro de cupos ha tomado una nueva forma que se mezcla entre los puestos, panaderías y locales de celulares ubicados frente al mercado Año Nuevo. Los delincuentes han sustituido las intimidaciones directas por una modalidad más discreta: entregan boletos amarillos con apariencia de tickets de seguridad y exigen a cambio pagos diarios de entre dos y tres soles. La escena ocurre a plena luz del día, en una zona con constante tránsito, pero con escasa presencia policial.
Los comerciantes reconocen a los cobradores apenas los ven acercarse. Uno entra al local, reparte los boletos y exige el dinero. Otro permanece afuera, atento a cualquier movimiento. Si alguien se niega a pagar, la amenaza se vuelve inmediata: un arma visible, una advertencia corta, una promesa de volver. Los vecinos aseguran que este mecanismo se repite cada día, mientras la desconfianza crece entre los vendedores que prefieren guardar silencio por temor a represalias.
Cobros diarios disfrazados de seguridad
Los boletos amarillos son la fachada perfecta para una estructura que se presenta como grupo de seguridad informal. Los delincuentes argumentan que el dinero recaudado garantiza “protección” frente a posibles robos, cuando en realidad son ellos quienes imponen el peligro. En algunos locales, el pago se hace cada mañana; en otros, cada dos días. El monto parece menor, pero la suma total representa una carga que los comerciantes deben asumir solo para mantener abiertos sus negocios.

Según testigos, los extorsionadores se desplazan por la avenida Miguel Grau sin interrupciones ni patrullajes visibles. Cuando la prensa llega al lugar, los efectivos policiales aparecen de inmediato, pero solo por unos minutos. Los vecinos han registrado videos donde se observa el recorrido de los cobradores, siempre con la misma rutina: ingreso rápido, entrega del boleto y salida vigilada. En cada visita, dejan claro que volverán al día siguiente por el nuevo pago.
El negocio del miedo en plena emergencia
Comas se encuentra bajo estado de emergencia desde hace semanas, una medida dispuesta por el Gobierno para frenar los índices de criminalidad. Sin embargo, la presencia de las fuerzas del orden no ha impedido que el cobro de cupos se extienda por los principales ejes comerciales del distrito. En el mercado Año Nuevo, los vendedores sienten que la situación ha empeorado, pues las amenazas se han vuelto más frecuentes y las denuncias no prosperan.
La desprotección es evidente. Mientras algunos comerciantes optan por entregar el dinero para evitar conflictos, otros han cerrado temporalmente o reducido sus horarios de atención. Las autoridades locales sostienen que patrullan la zona, pero los registros audiovisuales y los testimonios contradicen esa versión. En los videos enviados a los medios se observa cómo los delincuentes actúan sin prisa, como si controlaran cada tramo de la avenida.
Temor y silencio entre los comerciantes

El miedo mantiene a muchos en silencio. Los comerciantes evitan hablar frente a cámaras y piden que sus identidades no se revelen. Temen represalias de los mismos sujetos que los amenazan a diario. Algunos cuentan que los boletos cambian de color con el paso de las semanas, quizás para marcar los locales que han cumplido con el pago o identificar a quienes se resisten.
A pesar de los reclamos, las intervenciones policiales siguen siendo esporádicas y no han detenido a los responsables. Cada día, la rutina se repite: el sonido de las bocinas, el paso de los cobradores y el temor constante de que una negativa termine en violencia. Frente al mercado Año Nuevo, el negocio del miedo se ha instalado con un mecanismo tan simple como efectivo: un boleto amarillo, una amenaza y tres soles que compran un día más de tranquilidad aparente.
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