Lisandra Lizama no esquiva preguntas ni se esconde detrás de discursos vacíos. Su voz, firme y clara, resuena en medio del bullicio generado tras su condecoración en el Congreso de la República. Mientras muchos se sorprendían por el reconocimiento, ella ya había previsto la tormenta. “Desde que vi que llegó Dayanita, ya era obvio todo lo que iba a pasar”, confesó, en una declaración que revelaba tanto resignación como entereza. “Desde ese momento me preparé psicológicamente para todo lo que venía”, dijo en América Hoy.
La cubana reconoció que no se presentó como figura política ni como personaje de influencia en pasillos parlamentarios. Lo dijo sin rodeos: “Yo no conozco a nadie en el Congreso ni de la política peruana. A mí solo me citaron para recibir una distinción como artista”. Y frente a la pregunta directa —¿por qué fuiste condecorada?—, su respuesta se volvió viral: “Aquí, querida, soy artista. ¿Sabías?”
Entre el escenario y la controversia

Conocida por su paso por la música y sus apariciones en medios peruanos, Lisandra Lizama ha sido una figura mediática que ha oscilado entre el arte, la farándula y las redes. Su matrimonio con Mauricio Diez Canseco en 2022 la colocó en la vitrina pública, y desde entonces, su nombre ha sido recurrente tanto en espectáculos como en titulares. El matrimonio duró poco, pero bastó para que muchos la ubicaran como “la ex de”.
Sin embargo, Lisandra ha intentado trazar su camino propio. Su incursión en el canto, aunque limitada, ha sido constante. Se la recuerda por sus primeras presentaciones como parte de la agrupación “Chicas Doradas” y por algunas canciones como solista.
No fueron éxitos arrolladores, pero tampoco esfuerzos improvisados. Con el tiempo, apostó por contenidos digitales y hasta creó una cuenta en OnlyFans, desafiando los estigmas y apropiándose de su imagen pública como medio de trabajo.
Más recientemente, se le ha visto en proyectos humorísticos como los sketches de La Casa de la Comedia, donde mezcla actuación y parodia. No se trata de producciones premiadas ni aclamadas por la crítica, pero sí de propuestas que han encontrado un público específico en el mundo digital. Para algunos, esto no justifica un reconocimiento oficial. Para otros, el arte también vive en lo popular y lo cotidiano.
La mirada ajena y el juicio rápido

Las redes sociales no tardaron en emitir veredictos. Muchos usuarios expresaron su desconcierto ante la medalla otorgada a la cubana, asegurando que su trayectoria no ameritaba una distinción en un espacio como el Congreso.
“¿Acaso todo esto merece ser reconocido?”, preguntaban con sarcasmo en publicaciones virales. Las críticas no apuntaban solo a su carrera, sino también a su imagen, su acento extranjero y su cercanía a ciertos círculos televisivos.
En ese sentido, la condecoración de otras figuras como Dayanita reavivó el debate sobre qué se entiende por arte, quién lo representa y quién decide quién merece ser homenajeado. Para muchos, la presencia de artistas populares en espacios legislativos sigue siendo motivo de incomodidad, sobre todo cuando sus trayectorias no se ajustan a los cánones tradicionales de prestigio cultural.
Pero Lisandra no se replegó. Ante cada señalamiento, reafirmó su lugar como trabajadora del arte. No ofreció explicaciones técnicas ni currículos extensos. Se limitó a reivindicar su rol desde la experiencia: “Aquí, querida, soy artista. ¿Sabías?”. Lo hizo sin ironía, como si llevar ese título fuera suficiente para estar ahí.
Identidad, resistencia y escenario

La frase que pronunció —mitad afirmación, mitad escudo— se convirtió en una especie de declaración de principios. No fue una defensa técnica, sino una expresión desde el orgullo. Porque más allá de la perfección o del aplauso unánime, hay una verdad que pocos quieren mirar: el arte no siempre es alta cultura. A veces es ensayo en un teatro pequeño, una canción grabada sin disquera, un video humorístico que hace reír a miles, una función que entretiene por la noche.
Lisandra Lizama puede no llenar teatros ni figurar en rankings musicales. Pero ha sostenido una carrera a su modo, reinventándose en cada etapa, aceptando los altibajos del espectáculo, desafiando prejuicios. Y eso, para ella, es suficiente.
En tiempos donde el juicio es inmediato y la memoria corta, su aparición en el Congreso ha servido para agitar preguntas incómodas: ¿Quién tiene derecho a llamarse artista? ¿Cuántos seguidores se necesitan para ser reconocidos? ¿Cuándo un aplauso merece convertirse en medalla?
Mientras tanto, Lisandra sigue en lo suyo. Entre sets, grabaciones y presentaciones, sin dejar que los ruidos externos dicten su rumbo. Quizá sin quererlo, terminó exponiendo más de lo que muchos querían admitir. Porque su frase, tan breve como directa, parece tener más peso del que aparenta: “Soy artista. ¿Sabías?” Y en ese tono, lo dijo todo.
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