
En un golpe al narcotráfico y sus redes históricas, el Estado peruano recuperó una lujosa propiedad ubicada en Punchana, Loreto, valorizada en cerca de un millón de dólares, que formaba parte del vasto patrimonio ilícito del narcotraficante Lucio Enrique Tijero Guzmán, alias “El Ingeniero”. La sentencia, dictada por la Tercera Fiscalía Provincial Transitoria de Extinción de Dominio de Lima, cierra un largo capítulo de impunidad alrededor de uno de los capos más poderosos y discretos en la historia criminal del país.
¿Quién es Lucio Tijero?
Lucio Tijero nació en Tumbes y se estableció en la región amazónica tras abandonar estudios de ingeniería en Lima. A finales de los setenta e inicios de los ochenta, tejió una maquinaria mafiosa que le permitió controlar la producción y el tráfico de pasta básica de cocaína (PBC) y clorhidrato de cocaína desde Loreto, Huánuco y Ucayali. Se valió de influencias, corrupción y violencia para dominar rutas fluviales y aéreas, construyendo pistas clandestinas, laboratorios y complejos logísticos para sacar droga hacia Colombia y Brasil.
Entre sus actividades, creó alianzas con autoridades locales, financiaba equipos de fútbol —como el Capitán Clavero de Iquitos— y mantenía a buena parte de la población amazónica a su favor mediante empleo y ayuda económica, enmascarando así la expansión de su imperio criminal. Su control territorial era tan absoluto que compraba jueces, fiscales y policías, consolidando una red que protegía sus intereses y mantenía en la penumbra su verdadero negocio ilícito.
¿Cómo llegó a ser socio de Pablo Escobar?
A mediados de los ochenta, Lucio Tijero afianzó sus vínculos con el Cartel de Medellín. En Leticia, Colombia, logró una alianza directa con Pablo Escobar Gaviria, la figura más poderosa del narcotráfico global en ese momento. Tijero se encargó de enviar ingentes cantidades de droga producidas en la selva peruana al cartel colombiano, dominando hasta el 80% de la producción de PBC en varias ciudades amazónicas. Se le atribuye haber levantado un laboratorio en la cuenca del río Nanay, capaz de procesar hasta dos toneladas de droga al mes, protegido por sicarios.

Su relación con Escobar lo fortaleció económicamente y le permitió acceder a nuevas rutas y métodos de exportación. Llegó a mover grandes cargamentos de droga por vía aérea y fluvial, utilizando avionetas propias y botes comerciales, y estableció una “sociedad de intercambio” con el cartel colombiano, hecho que consolidó su posición como un engranaje clave del tráfico internacional de cocaína.
La astucia y brutalidad de su operación permitieron que Tijero eludiera a la justicia peruana durante años. Su primera gran detención ocurrió en 1987 en Miami, Estados Unidos, cuando intentaba ingresar 535 kilos de cocaína. Fue sentenciado a 25 años, pero solo cumplió seis por colaborar con la Drug Enforcement Administration (DEA), delatando a otros capos y exponiendo los nexos entre narcotraficantes peruanos, colombianos y altos funcionarios de seguridad y justicia.
De regreso en Perú, Tijero reanudó sus operaciones con empresas exportadoras, agencias de aduanas y el uso masivo de burriers, logrando ingresos de hasta un millón de dólares mensuales. Fue capturado en 1994 en Lima, y finalmente condenado en 1997 a cadena perpetua por tráfico ilícito de drogas. Durante su paso por penales de máxima seguridad, se le vinculó con corrupción de autoridades, privilegios carcelarios y hasta el asesinato de un director penitenciario.
Lucio Tijero falleció el 26 de octubre a los 70 años, después de permanecer 22 años en prisión, desgastado física y socialmente. Su caída dejó diseminada su fortuna en testaferros y empresas de fachada. El reciente fallo sobre la vivienda de Punchana —adquirida en 1983 mediante su esposa y colaboradores— confirma el trabajo de la Fiscalía peruana y reafirma el compromiso del Estado para enfrentar el legado material del narcotráfico.
Hoy, la propiedad que alguna vez sirvió para lavar dinero se ha convertido en local de la Municipalidad Distrital de Punchana, un símbolo de recuperación y justicia ante las décadas en que la sociedad amazónica y el país entero estuvieron bajo la sombra de “El Ingeniero”, el socio peruano de Pablo Escobar.
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