
En menos de seis meses, OpenAI ha duplicado su valorización. Según The New York Times, inversores privados estarían dispuestos a valorar la compañía en 300 mil millones de dólares. El interés es tan alto que, en su última ronda de financiamiento, OpenAI no tuvo que salir a buscar capital: la oferta llegó por iniciativa de Thrive Capital y otros actores ansiosos por participar en una empresa que, sobre el papel, carece de competencia. Sin embargo, este frenesí no es un caso aislado. Microsoft, Amazon, Google, Nvidia, Salesforce y varios fondos de inversión han iniciado una carrera que ya no es solo tecnológica, sino también geopolítica: una pugna por el control del conocimiento.
Lo interesante, sin embargo, no está en los números, sino en el silencio. En medio de esta fiebre de valorizaciones, pocos se atreven a formular la pregunta clave: ¿cuál es la tasa interna de retorno esperada? ¿Cómo se están estimando los beneficios cuando las aplicaciones comerciales de estas tecnologías aún están lejos de alcanzar su madurez? EY lo admite sin rodeos: incluso los fondos de private equity están desarrollando sus propios marcos para evaluar inversiones en inteligencia artificial generativa. No existen benchmarks ni modelos de riesgo-retorno que permitan hacer proyecciones realmente sólidas. En la práctica, invertir en IA es, hoy por hoy, un acto de fe.
Este contraste resulta especialmente llamativo si lo comparamos con la literatura clásica sobre inversión en tecnología. Gregory J. Fell, en Decoding the IT Value Problem, así como autores como Willcocks y Graeser, lo han explicado con claridad: sin un entendimiento riguroso del valor y del riesgo, la inversión en TI puede convertirse en un lastre. Las metodologías más consolidadas —como las propuestas por Ward y Griffiths, o el enfoque de benefits management— insisten en la necesidad de definir, cuantificar y gestionar los beneficios desde el inicio del proyecto. Nada de eso está presente hoy.
Lo paradójico es que ni siquiera los gestores más sofisticados cuentan con certezas. El CEO de Bridgewater, el mayor hedge fund del mundo, lo expresó con toda claridad: “el manual de estrategias de los últimos 15 años no sirve para los próximos 15”. Según él, la IA no es solo una tecnología, sino una disrupción comparable a la globalización de los años noventa. Su estrategia es simple: prepararse para una amplia gama de resultados.
Esa misma incertidumbre explica por qué Europa busca un camino distinto. La iniciativa InvestAI, lanzada por la Unión Europea, movilizará 200 mil millones de euros en inversión, con un enfoque no solo en capacidad computacional, sino también en soberanía tecnológica. Y no está sola en esto. Francia respalda a Mistral como su campeón local, mientras que Alemania y España han reforzado su apuesta por modelos abiertos. IDC lo resume perfectamente: la carrera por la IA es, también, una carrera por la competitividad nacional.
Este escenario se complica aún más con la entrada de nuevos actores. DeepSeek, una firma respaldada por capital chino, ha comenzado a desafiar a OpenAI y Meta con modelos de código abierto de rendimiento comparable. Según los analistas, su propuesta cambia las reglas del juego: es potente, económica y, sobre todo, accesible. Pero, al mismo tiempo, plantea una tensión fundamental: ¿de quién es el conocimiento?
La competencia por el liderazgo en IA no es solo comercial, sino estratégica. Think tanks como RAND, Goldman Sachs, SCSP y otros coinciden en un punto crucial: quien domine la IA, dominará el futuro del poder tecnológico, económico y militar. Este panorama ha llevado a China, Estados Unidos y Europa a considerar la IA como una infraestructura crítica, con implicancias directas en soberanía, defensa y gobernanza. Algunos analistas incluso comparan esta rivalidad con una nueva Cortina de Hierro tecnológica.
Para los inversores, esto implica una reevaluación profunda. Ya no basta con proyectar flujos futuros; es necesario entender el mapa de poder. Un modelo con un mejor benchmark puede no ser el más rentable si carece de integración con los ecosistemas empresariales. Y una startup brillante puede resultar irrelevante si no cuenta con respaldo estatal o la capacidad de escalar rápidamente.
Mistral, por ejemplo, ha decidido no salir a bolsa, apostando por su independencia. Sin embargo, su capacidad para competir con gigantes como OpenAI o Google dependerá de si Europa logra sostener un ecosistema abierto, seguro y comercialmente viable. Lo mismo aplica para DeepSeek: su modelo R1 ha sorprendido por su rendimiento, pero el verdadero desafío está en su adopción empresarial. La competencia no radica en el modelo en sí, sino en su integración.
Además, esta nueva ola de IA no solo está cambiando industrias; está redefiniendo la relación entre empresas y personas. En el ámbito de la gestión de beneficios y compensaciones, informes de Marsh, IBM y Vorecol revelan cómo la IA está transformando los sistemas de salud ocupacional, los seguros corporativos e incluso las políticas de compensación en tiempo real. Esto implica que el retorno de estas inversiones no será únicamente financiero, sino también organizacional, humano y cultural. Las empresas que no integren la IA en sus sistemas de recursos humanos —de manera ética, segura y transparente— podrían quedarse atrás en la guerra por el talento.
Paralelamente, surgen desafíos éticos y regulatorios sobre cómo evaluar modelos que, por su escala y opacidad, son difíciles de auditar. La controversia sobre FrontierMath y el acceso anticipado de OpenAI a ciertos benchmarks ha revelado una grieta en la confianza dentro del ecosistema. ¿Qué mide realmente el liderazgo en IA? ¿El rendimiento en evaluaciones? ¿La capacidad de integración? ¿La soberanía de los datos?
Lo que estamos presenciando no es simplemente una inversión. Es una apuesta. Y como toda apuesta, puede salir muy bien. O no.

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