
En lo profundo de los Andes peruanos, donde las montañas parecen custodiar un pasado inalterable, un sitio arqueológico comienza a ocupar un lugar destacado en el mapa global. Este espacio, conocido como la “Cuna de Oro” en quechua, estaba sepultado bajo el olvido y el aislamiento hasta que un equipo multidisciplinario, con el respaldo del Ministerio de Cultura de Perú, decidió rescatarlo. Cuatro años de esfuerzo y una inversión de diez millones de soles han permitido que el sitio reviva y se convierta en un referente cultural y turístico.
Su nombre oficial es Choquequirao, y aunque por décadas permaneció eclipsado por Machu Picchu, su complejidad arquitectónica y su avanzada tecnología hidráulica lo posicionan como un testimonio singular de la grandeza inca. Gracias a los recientes trabajos de restauración, este lugar vuelve a brillar con la promesa de redefinir el turismo en la región.
¿Cómo se llevó a cabo el proyecto de restauración?

Durante los últimos cuatro años, un equipo compuesto por arqueólogos, conservadores y técnicos se adentró en el desafiante terreno del sector de Paqchayoq, una de las zonas clave del enclave inca. Este esfuerzo no solo buscó restaurar la estructura arquitectónica del sitio, sino también investigar el entorno natural que lo rodea, con el objetivo de preservar tanto su patrimonio como su ecosistema.
Entre las intervenciones realizadas, destaca la rehabilitación de 187 andenes prehispánicos, diseñados originalmente para maximizar la producción agrícola en terrenos empinados y garantizar la estabilidad del suelo. Estas terrazas, construidas con piedra rústica y un mortero de arcilla, no solo evidencian la destreza constructiva de los incas, sino también su capacidad para adaptarse a las condiciones extremas de la geografía andina.
¿Qué revela la ingeniería hidráulica inca?
Uno de los hallazgos más destacados durante el proyecto fue un sistema hidráulico de alta complejidad que atraviesa el sector de Paqchayoq. Diseñado para optimizar la distribución del agua y prevenir la erosión, este sistema incluye canales subterráneos, desarenadores y drenes que ilustran la visión estratégica de los incas al combinar tecnología y naturaleza.

“Los canales no solo eran funcionales, sino que estaban integrados armoniosamente con las terrazas agrícolas y las vías de acceso”, señaló Carlos Rodríguez Béjar, residente de la obra.
Estos canales, integrados con las vías de acceso y las áreas agrícolas, reflejan cómo la civilización inca logró armonizar sus avances técnicos con el medio ambiente. Según los especialistas a cargo de la obra, este nivel de sofisticación tecnológica sigue siendo un referente para la ingeniería contemporánea.
¿Cómo ha impactado el proyecto a las comunidades cercanas?
El renacer de este enclave no solo ha revitalizado el patrimonio cultural de Perú, sino que también ha tenido un efecto significativo en las comunidades cercanas. Durante el proceso de restauración, el proyecto generó más de 70 empleos directos, involucrando a profesionales, obreros y técnicos de los distritos aledaños.

La participación local no se limitó al ámbito laboral. Los habitantes de la zona también han sido incluidos en programas de capacitación que buscan fortalecer su conocimiento sobre el legado inca y fomentar un sentido de pertenencia hacia el sitio. Esta sinergia entre comunidad y proyecto ha consolidado a la “Cuna de Oro” como un ejemplo de cómo la conservación del patrimonio puede beneficiar tanto a la historia como al desarrollo humano.
¿Qué legado deja este proyecto para futuras investigaciones?
El proyecto culminó con la publicación de un libro titulado Choquequirao: enfoque multidisciplinario para la puesta en valor del sector Paqchayoq. Esta obra, presentada por Jorge Moya, recopila los descubrimientos más relevantes del proceso de restauración y se perfila como una fuente esencial para futuros estudios arqueológicos en la región.
“El libro no solo documenta el trabajo realizado, sino que establece una base para investigaciones futuras en el área”, afirmó Moya durante la presentación.
La obra documenta no solo los aspectos arquitectónicos del sitio, sino también los esfuerzos para mitigar amenazas ambientales, como el crecimiento de raíces que comprometían la estabilidad de los muros. La eliminación de estos elementos y la reconstrucción de las estructuras afectadas son testimonio de la meticulosidad del trabajo realizado.
¿Cómo llegar a Choquequirao?
Si deseas visitar Choquequirao, puedes tomar un transporte particular desde Cusco con dirección a Abancay. En el kilómetro 154 de esta ruta, un desvío conduce a Cachora, lugar al que se llega después de 4 o 5 horas de viaje. Desde Cachora, es posible avanzar ocho kilómetros en auto hasta el mirador de Capuliyoc, un punto estratégico ubicado en la parte media de la montaña, donde inicia la caminata hacia el sitio arqueológico.
El recorrido continúa por serpenteantes quebradas hasta llegar a la Playa Rosalina, en el margen izquierdo del río Apurímac. Allí, un puente peatonal permite cruzar hacia el margen derecho, desde donde comienza la última etapa de la caminata hacia Choquequirao.
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