
En el apacible valle de Chincha, tierra de campesinos laboriosos y tradiciones arraigadas, nació Melchora Saravia Tasayco el 6 de enero de 1895. Conocida cariñosamente como “La Melchorita”, creció en el distrito de Grocio Prado, rodeada de campos de algodón y cultivos que sostenían la economía local tras la devastadora Guerra del Pacífico.
Su infancia transcurrió en un hogar modesto, donde la labor artesanal complementaba los ingresos obtenidos en las haciendas.
Desde pequeña, Melchora aprendió a confeccionar canastas y sombreros de junco, artículos que vendía en mercados cercanos. Con lo poco que ganaba, no tardó en demostrar su espíritu generoso, preparando comidas para vecinos que enfrentaban hambre y abandono. La fe católica también marcó sus primeros años. Guiada por sus padres, asistía a misa cada domingo, forjando una devoción que definiría su vida.
Caridad en tiempos difíciles

El inicio del siglo XX trajo consigo cambios en la agricultura de Chincha. El auge del algodón desplazó a otros cultivos, provocando largas jornadas laborales y bajos salarios para los campesinos.
La situación laboral se tornó aún más precaria tras la crisis algodonera de 1920. Las leyes de Conscripción Vial y Vagancia empujaron a muchos trabajadores hacia condiciones de semiesclavitud en la construcción de carreteras. Melchora no se quedó de brazos cruzados. Abrió un pequeño negocio de frutas y usó las ganancias para continuar ayudando a los enfermos y desamparados.
Su carácter afable y sonriente la hacía cercana a todos. Siempre vestida con sencillez, llevaba un vestido claro y un lazo en la cintura. Su cabello recogido en trenzas resaltaba su rostro sereno. Más allá de su apariencia, su verdadera belleza residía en su capacidad para aliviar el dolor ajeno.
Una vida consagrada a la fe y el servicio

Melchorita encontró en la religión un camino para profundizar su vocación de servicio. Ingresó a la Tercera Orden de San Francisco, haciendo votos de castidad y adoptando una vida austera. Su compromiso espiritual la llevó a practicar ayunos durante festividades religiosas y a dedicar tiempo a la enseñanza del catecismo.
Durante su vida, Melchora también impulsó la restauración de la iglesia local. A pesar de no tener recursos, gestionó apoyos y motivó a la población para reconstruir el templo, símbolo de la identidad religiosa del pueblo.
Un legado que trasciende generaciones

A los 57 años, Melchora enfrentó su última prueba. El cáncer de mama deterioró rápidamente su salud, pero no su espíritu. Fue internada en el Hospital San José de Chincha, donde mantuvo su carácter alegre y esperanzador. Falleció el 4 de diciembre de 1951, dejando una huella imborrable en la memoria colectiva.
Hoy, miles de fieles visitan la casa donde vivió, especialmente en enero, durante las festividades en su honor. Su cuarto se conserva intacto, con la cama y los objetos personales que usó. La historia de Melchorita inspira a quienes buscan fe y esperanza en tiempos difíciles.
En Grocio Prado, la memoria de Melchora Saravia Tasayco continúa viva. Su humildad, entrega y fe inquebrantable siguen siendo un faro de luz para las generaciones que llegan al lugar atraídas por su ejemplo de vida.
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