
Apurímac, la tierra del “dios que habla”, es ahora la región que ocupa dolorosamente el primer lugar del ranking del Índice Global de Hambre en el Perú. Huancavelica y Ucayali son la segunda y tercera región que también se encuentran en este ranking que mide la inseguridad alimentaria de las regiones. Esta medición resulta coherente con el retroceso que ha tenido el Perú respecto al mismo ranking en comparación con otros países de la región. En el 2021, el país registró el índice más alto de hambre desde el año 2014.
La inseguridad alimentaria, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), es la incertidumbre acerca de la capacidad de obtener alimentos suficientes, inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo normales y llevar una vida activa y saludable. Es decir, puede que las personas aún puedan tener acceso a alimentos para satisfacer sus necesidades energéticas, pero no es seguro que esta situación permanezca en el tiempo o, por el contrario, pueden verse obligados a reducir la calidad y/o cantidad de alimentos que consumen para poder sobrevivir. Ese nivel moderado de inseguridad alimentaria podría contribuir a diversas formas de malnutrición y tener graves consecuencias para la salud y el bienestar de las personas.
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Una de las razones por las cuales el tema del hambre se encuentra en las portadas es el gran riesgo que corre la campaña agrícola del 2022 al 2023, en parte por el déficit de fertilizantes en el mercado internacional, producto de la guerra entre Rusia y Ucrania. El retroceso de la oferta en un 84% respecto al año anterior ha generado que 13 de las 24 regiones de producción agrícola hayan reducido sus áreas de cultivo por la falta de fertilizantes. Si bien es cierto que se han explorado, por parte del ministerio, ofertas de Bolivia y Venezuela, aún queda en la incertidumbre si estos podrán suplir la enorme demanda que tiene el país.
Si la situación de escasez de fertilizantes se agrava, podría poner en riesgo hasta a 15.5 millones de peruanos, según la FAO, ya que el 50% de los alimentos que se producen en el Perú son producto de la agricultura familiar, y esta se encuentra fuertemente golpeada por la situación. El Perú es el segundo país en América Latina que cuenta con mayor dependencia del fertilizante ruso, lo que afecta a 13 de las 24 zonas agrícolas del país.
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El riesgo de padecer hambre en el Perú revela, a su vez, problemas estructurales de fondo que no hemos podido resolver en años. Los bajos niveles de producción y crecimiento económico son generados por el alto costo y la falta de acceso al financiamiento, y por los bajos retornos de la actividad económica; esos retornos se observan en un bajo nivel de capital humano, una mala infraestructura y una geografía adversa. Financieramente, el bajo ahorro y la baja intermediación resultan, a su vez, en una baja competencia y un alto costo producto de un alto riesgo financiero.
Y así como en el Perú, también en América Latina, el hambre viene acompañado de la pobreza. Según el Instituto de Política Agrícola y Comercial, uno de los grandes problemas de América Latina y la generación del riesgo de inseguridad alimentaria es la extrema dependencia que tienen nuestras costumbres culinarias respecto del trigo.
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Finalmente, como una tormenta perfecta, el cambio climático altera los ecosistemas del mundo y agrega aún mayor fragilidad a la seguridad de que mañana podremos tener alimento en el mundo.
Las soluciones a estos profundos problemas no son únicas ni rotundas. Pasan por una profunda transformación desde los sistemas económicos que generan sistemas alimentarios que incluyan una gestión de riesgos adecuada, mejoren las capacidades de las personas, incluyan generación de financiamiento y generación alternativa de alimentos y un giro en la matriz alimentaria respecto de lo que principalmente produce el país.
El apoyo del estado a la innovación en ese sentido resulta fundamental, considerando la capacidad para consolidar las compras y hacer una mejor redistribución de los insumos para la agricultura, sumado a la reducción en la cadena de abastecimiento, generaría que la situación actual, producto de la crisis internacional (conflicto Rusia y Ucrania), se convierta en una oportunidad de pasar de un potencial “hambre” a mitigar la falta de programación y gestión que se evidencia hace varios años.
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