
Desde que sufrió un asalto a mano armada hace tres años, Carol (25) evita transitar por calles oscuras, salir a altas horas de la noche o incluso abordar taxis. A Carmen (35) su padre, su enamorado o hermanos siempre la recogen cuando llega del trabajo para acompañarla a casa, pues teme recorrer sola las cuatro cuadras que separan su domicilio desde el paradero. A Juan José (20), que vive en un asentamiento humano y se obligado a llegar muy tarde a casa por los horarios laborales, su madre siempre lo espera en la puerta de su casa y deja a sus dos perritas aguardando como una especie de guardianas.
El temor que sienten los padres por la seguridad de sus hijas e hijos, y el miedo que muchas mujeres jóvenes y adolescentes sienten al recorrer los caminos por los que siempre transitaron no es infudado. El miedo de la ciudadanía en general tiene sustento, pero este temor constante ante la ola de delincuencia está terminando de quebrar las relaciones entre miembros de la comunidad y agrietando más los vínculos sociales, explican especialistas en salud mental consultadas por Infobae Perú.
En los últimos años, las cifras oficiales de la Policía Nacional del Perú, recogidas por un informe de Ojo Público, revelan que hay un incremento en las denuncias por extorsión desde el inicio de la pandemia por la COVID-19.
Por ejemplo, en el 2018 se registraron 3038 denuncias, 3631 al año siguiente, ya en el 2020 hubo un descenso a 2668. Sin embargo, la situación se hizo crítica desde el 2021 ya que la estadística revela que las denuncias crecieron a 4311 reportes y en el 2022 una cifra récord de 5283 casos.

No solo eso, en lo que va del 2023, la extorsión ha registrado un gran aumento en nuestro país, con un repunte de hasta un 50% en comparación con el año 2022, según la información de la PNP señalada ante los medios.
Además, entre el 2012 y 2021 hubo un aumento del 28,1% en el empleo de pistolas o revólveres en los asaltos, según las víctimas entrevistadas en la Encuesta Nacional de Programas Presupuestales (Enapres) del Instituto Nacional de Estadística e Informática.
La delincuencia y la percepción de inseguridad mellan el estado de ánimo de la ciudadanía y el bombardeo constante de imágenes en redes sociales de violentos hechos criminales afectan la psique de la población. Y si alguien ha sido directamente afectado por un hecho criminal puede terminar con secuelas psicológicas, por lo que se requieren acciones concretas de todos los sectores del gobierno para frenar el avance de los grupos delictivos.
La especialista explica que estos niveles de seguridad fuerzan a las personas a romper sus rutinas y a restringirse de participar en ciertas actividades o movilizarse durante determinados horarios, por lo que esto también afecta su estado mental, confluyendo así una causa y efecto.
“Este miedo genera cambios en la conducta, cambios en las actitudes y cambios en los hábitos y rutinas es decir, la gente ya no camina sola, la gente ya no quiere salir de sus casas, la gente ya no quiere tomar un taxi, sino es con algún medio de aplicación, es decir, se cambian un conjunto de conductas rutinas y hábitos por la desconfianza. Y esos cambios generan una afectación. Hemos escuchado especialmente en los grupos que tienen un mayor riesgo como los adultos mayores o mujeres decir ‘no voy para acá, mejor ya no salgo, no hay que ir estos lugares’ o sea, aceptas tu vivir en sociedad. O sea, te limitas de muchas cosas por el riesgo y comienzas a restringir tu vivir en sociedad, tu vivir en comunidad justamente por esta situación”, añadió la psicóloga especializada.
Por su parte, Vanessa Herrera, psicóloga clínica del Instituto Nacional de Salud Mental (INSM) “Honorio Delgado-Hideyo Noguchi” explica que estos niveles de estrés constantes pueden desencadenar trastornos de salud mental como ansiedad o depresión, así como el incremento de la hormona del cortisol, que a su vez afecta el funcionamiento físico del cuerpo.
“También hace que, como un mecanismo de protección, nos aislemos de las otras personas, no confiamos en el barrio si lo sentimos inseguro, entonces al hacer todo ello perdemos el tejido social, emocional y de apoyo. Todo ello nos coloca en mayor riesgo de estados de ansiedad, incluso de síntomas depresivos, de sueño y hay ciertos grupos que son más vulnerables a esta situación, como por ejemplo, los niños y adolescentes porque al incrementarse esa sensación de inseguridad pierden espacios de integración y de juego libre que son esenciales para su desarrollo integral y bienestar emocional”, agregó en su advertencia Herrera.

Mirar a los victimarios
La decana de la carrera de Psicología de la Universidad Científica del Sur, Liseth Paulett Fernández, explica que como sociedad ―y sobre todo desde las políticas del Estado― es importante tener una mirada integral a la salud mental de la población y también a los criminales, ya que muchos de ellos (no todos) son ciudadanos con patologías mentales no diagnosticadas y no tratadas.
“Los altos índices de criminalidad también tienen que ver (no exclusivamente) con diagnósticos de salud mental que no son tratados y se vuelven patologías más graves que desencadenan que puedan cometer actos o delitos antisociales (...) y estas personas por algún acto de impulsividad o problemas de ira generan conductas criminales”, manifiesta la psicóloga clínica.

Cómo regular las emociones ante la criminalidad
Las tres especialistas coinciden en que es importante que la ciudadanía desarrolle mecanismos de bienestar emocional para hacer frente a la percepción de incremento del crimen.
Tesania Velásquez aconseja verificar los datos y diferenciar entre los índices de criminalidad y la percepción de inseguridad, ya que esta última siempre es más elevada que la primera.
“Se han hecho muchas investigaciones que dicen que la percepción es mayor que la realidad, entonces trabajemos con la realidad y no con las percepciones. Veamos realmente dónde están las situaciones de riesgo y qué podemos hacer. Sabemos también que tenemos que pensar que los espacios de riesgo no solamente es la calle en la noche, los espacios de riesgo también pueden ser la escuela donde están aumentando las situaciones de violencia, también puede ser la casa donde se dan situaciones de delito como la violencia contra la mujer. Entonces creo que también tenemos que comenzar a mirarlo, no solamente la calle. Es mucho más compleja la situación de los altos índices violencia que estamos viviendo en nuestro país en las últimas en los últimos años”, explicó.
Asimismo, Vanessa Herrera señala que es importante que como individuos establezcamos mecanismos de autocuidado y a nivel colectivo activar las redes de protección comunitaria.
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