
¿Quién no se curzó una vez con un perro callejero hambriento? La lógica indica que si nos acercamos alguna vez a darle algo de comida, esa es la única -la mayopr también- recompensa que el can espera. Sin embargo, se cruza otra variable no menor: el afecto.
Los perros callejeros de la India muestran una preferencia inicial por la comida frente al afecto humano, pero la diferencia se desdibuja al cabo de pocos días. Un estudio reciente del Indian Institute of Science Education & Research Kolkata, un instituto científico de referencia en la India, analizó el comportamiento de 45 perros durante diez jornadas consecutivas y reveló que el alimento es una motivación poderosa solo en los primeros encuentros.
Con el tiempo, el valor de la caricia humana se equipara al de la comida, lo que resalta el peso de las relaciones sociales incluso en animales sin dueño.
El trabajo estuvo encabezado por Anindita Bhadra, profesora e investigadora de comportamiento animal.

A primera vista, los perros callejeros de la India eligen la comida cuando interactúan por primera vez con un desconocido; sin embargo, desde el segundo día, la diferencia se desdibuja al cabo de pocos días y los perros responden de modo similar ante quienes les ofrecen afecto con caricias.
El análisis de 45 perros respalda que la comida funciona como incentivo inicial, pero con el tiempo la interacción social cobra una relevancia equiparable.
Durante la decena de jornadas analizadas, el grupo investigador observó que la motivación por la comida se diluía al superar los primeros contactos, mientras la interacción con personas persistía. Este dato matiza la idea común de que el alimento es la principal motivación de los perros sin tutela.
Del alimento al afecto

La investigación se desarrolló en diferentes ciudades de Bengala Occidental: Gayeshpur, Kataganj y Kalyani. Los científicos seleccionaron al azar 99 perros adultos que vivían de manera libre y sin tutela humana directa. Para garantizar que los resultados no estuviesen influidos por la familiaridad previa, solo se incluyó en el estudio a individuos que se mostraron sociables y que se acercaron de manera voluntaria a un experimentador desconocido.
Durante cinco días, dos personas distintas interactuaron con cada perro: una ofrecía comida (trozos de pollo crudo) y la otra lo acariciaba. Ambas repitieron estos roles en forma alterna, minimizando posibles sesgos de orden o apariencia física. Luego, durante diez días, el perro debía elegir con quién interactuar —la fase conocida como prueba de la elección—, sin recibir recompensa de ningún tipo.
Toda la observación fue registrada en video y las grabaciones evaluadas por codificadores independientes para asegurar la fiabilidad de los datos. El 45% de los animales analizados completó todas las pruebas y mostró elecciones claras, lo que proporciona una base sólida para identificar tendencias consistentes.
El papel de la socialización y las diferencias individuales
Para analizar el comportamiento, el equipo científico recurrió a un índice de socialización (SI) que mide conductas como mover la cola, lamer, saltar, vocalizar o buscar contacto físico. Un resultado destacado es que las hembras presentaron sistemáticamente índices de socialización mayores que los machos. Específicamente, las perras multiplican por 1,8 el nivel de sociabilidad respecto a los machos desde el primer día de contacto, una diferencia que se mantiene a lo largo del seguimiento.
En los perros con mayor SI al inicio, la latencia para acercarse a los experimentadores fue menor. La rapidez con la que los perros se acercaban mejoró tras los primeros días y se estabilizó, en paralelo con el incremento de los comportamientos de socialización, sobre todo en los animales con mayor tendencia amistosa.

El análisis estadístico del primer día arrojó que la preferencia por el proveedor de comida fue estadísticamente significativa en comparación con la persona que solo brindaba afecto. Sin embargo, desde el segundo día la preferencia comida-afecto dejó de ser estable y las elecciones se igualaron, poniendo de manifiesto que los incentivos sociales adquieren valor conforme se repite la interacción.
Según el artículo, “las interacciones repetidas—tanto con comida como con caricias—generaron asociaciones sociales igual de positivas en los perros”. La investigación señala que la comida es un refuerzo poderoso, pero su efecto se diluye rápidamente ante la constancia de la relación social. Ni el sexo del animal ni la cantidad de personas presentes influyeron de forma sostenida en la tendencia de los perros a valorar el afecto.
Uno de los datos centrales es que el afecto, incluso suministrado por desconocidos, alcanza el peso motivacional del alimento. El refuerzo social a través de las caricias resulta igualmente importante para consolidar y mantener lazos de afinidad entre perros y humanos a lo largo del tiempo. El equipo liderado por Bhadra, en su rol de especialista en comportamiento animal, destaca que el refuerzo emocional proporciona a los perros urbanos un motivo de acercamiento equivalente, cuando la interacción es sostenida.

La investigación aporta elementos comprobables sobre la convivencia entre perros y personas en entornos urbanos por fuera de la lógica mascota-propietario. En la India, cerca del 80% de los perros viven en libertad y dependen de la interacción espontánea con los humanos para sobrevivir. Los datos muestran que estos animales no solo buscan comida, sino que la interacción social ocupa un lugar central, resultado probablemente modelado a lo largo de milenios de convivencia.
El experimento se centró exclusivamente en perros valientes y sociables; ningún individuo mostró miedo o agresividad ante las caricias, lo que sugiere que la recompensa social tiene un peso destacado especialmente en los ejemplares dispuestos al contacto humano. Por otro lado, el “flujo humano” —la cantidad de personas en los alrededores— no tuvo impacto en la sociabilidad inicial, pero en los días sin recompensa, los perros de zonas menos transitadas mostraron mayor interés social, posiblemente por la escasez de oportunidades de interacción.
La publicación además subraya la necesidad de vacunación previa del personal científico contra la rabia, dada su alta prevalencia en la población canina sin propietario y la importancia de este requisito ético y sanitario para investigaciones de campo en el sur global.
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