Carl Honoré vino a la Argentina para dar unos talleres y aprovechamos la oportunidad para entrevistarlo.
Carl Honoré vino a la Argentina para dar unos talleres y aprovechamos la oportunidad para entrevistarlo.

A quince años de la primera edición de "Elogio de la lentitud" (su primer best seller internacional publicado por el sello RBA), Carl Honoré (52) nos visita y llega a Buenos Aires para dictar un taller de ocho horas en donde, entre otras cosas, nos brindará las herramientas necesarias para que todos nos animemos a perseguir nuestros sueños sin prisa, pero sin pausa. Siguiendo nuestro propio ritmo.

De mirada relajada y serena, Carl nos recibe en las oficinas de la editorial con una sonrisa y los brazos abiertos. Se lo percibe tranquilo, sereno, como alguien que predica con el ejemplo de todo lo que quiere e intenta transmitir en cada una de sus charlas. "Yo vivía muy acelerado, como todos, pero una noche le estaba leyendo un cuento a mi hijo y me di cuenta de que en lugar de disfrutar, yo sólo quería sacarme ese momento de encima. Darme cuenta de eso fue muy triste. Sentí mucha vergüenza. Esa noche fue mi despertar", confiesa, apenas comenzamos a hablar.

Tu despertar, irónicamente, sucedió una noche cuando le contabas un cuento a tu hijo antes de ir a dormir. En más de una oportunidad dijiste que lo hacías de una manera ligera, apurada, como para sacártelo de encima y fue él quien te hizo reaccionar al decirte: "Papá, el cuento no sigue así". ¿Qué fue lo sentiste exactamente en ese momento?

-Vergüenza. Sentí mucha vergüenza porque me di cuenta de que estaba acelerando uno de los momentos más importantes de mi vida, en lugar de vivirlo. Que estaba sacrificando un momento mágico, único, luminoso, para pasar a hacer otra cosa, cualquier cosa,  y eso es imperdonable. Por suerte mi hijo, que por ser un niño no dudó en preguntarme por qué me apuraba tanto para leerle un cuento, me hizo reaccionar. Los niños, en general, son muy sabios. Escuchar lo que nos dicen es muy importante. Podemos aprender mucho de ellos.-

-Hablando de aprender… ¿Cuáles son las primeras señales de alarma que nos avisan que estamos viviendo a destiempo?

 

-Estamos infectados por el virus de la inmediatez, y una de las principales alarmas siempre es la salud. Cuando la mente, el cuerpo y el alma tiran la toalla, entonces, estamos en problemas. Otra de las señales importantes es la falta de memoria. Parece increíble, pero vivir acelerados nos quita la posibilidad de recordar. Y no hablo sólo de la memoria inmediata, sino de la capacidad de recordar los momentos más fundamentales de nuestra vida: encuentros con amigos, fiestas, aniversarios. A veces me encuentro con gente que me dice: "Yo sé que cené ayer, pero no me acuerdo qué" Y ese es un ejemplo bastante ilustrativo de lo que estamos hablando. Vivimos haciendo cosas, pero no somos capaces de tomar consciencia de lo que hacemos. No nos permitimos disfrutar de nada de lo que hacemos, porque siempre estamos pensando en lo que viene después. Siempre después. Y la tercera señal sería justamente esa: darnos cuenta de que perdimos la capacidad de sentir placer. Que todo lo hacemos por inercia, pero que en realidad no disfrutamos de nada. Que nos importa más la cantidad que la calidad de lo que vivimos.

“Parece increíble, pero vivir acelerados nos quita la posibilidad de recordar. Y no hablo sólo de la memoria inmediata, sino de la capacidad de recordar los momentos más fundamentales de nuestra vida: encuentros con amigos, fiestas, aniversarios”.
“Parece increíble, pero vivir acelerados nos quita la posibilidad de recordar. Y no hablo sólo de la memoria inmediata, sino de la capacidad de recordar los momentos más fundamentales de nuestra vida: encuentros con amigos, fiestas, aniversarios”.

En tu libro "Bajo Presión" hablás mucho de la exigencia y el perfeccionismo. Del rol de los padres y de cómo y de qué manera algunos, sin querer,  les roban a sus hijos la capacidad de soñar creyendo que eso será lo mejor para ellos. ¿Qué podemos hacer para dejar de cometer esos errores en el nombre del amor?

-Yo creo que el primer paso es aprender a escuchar. Y no sólo a nuestros hijos, a todos los que nos rodean: colegas, amantes, amigos. Si no los escuchamos, nunca vamos a saber qué es lo que les está pasando realmente. Estamos tan ocupados en nosotros mismos que prestarle atención al otro se transforma en una pérdida de tiempo, en una molestia. Pero  cuando eso nos sucede con nuestros hijos es momento de reaccionar. Y respecto a este tema quiero aclarar algo que me parece importante: a nuestros hijos no sólo hay que escucharlos, hay que prestarles atención. Debemos estar atentos a su conducta, sus posturas, sus movimientos, sus gestos. Porque todo lo que hacen y no dicen también nos habla de ellos, pero para eso debemos estar dispuestos a tomarnos el trabajo de mirarlos con amor, con tiempo y con serenidad. Hacerles saber que cuentan con nosotros  sintiéndose contenidos, pero libres. Para mí el rol de padre se parece bastante a la danza: una especie de baile que entablamos con nuestros hijos en donde a veces estamos pegados, y otras veces estamos un poco más lejos. El verdadero secreto, claro,  está en ser capaces de reconocer cuál es el momento indicado para acercarnos o tomar un poco de distancia, pero eso siempre es lo más complicado para todos.

-¿Por qué crees que nos resistimos tanto al cambio? ¿Qué cosas tememos perder si nos animamos a ir un poco más despacio que el resto del mundo?-Porque nos enseñaron que la lentitud es una mala palabra. Que ir más lento es un sinónimo de inoperancia, aburrimiento, tristeza, vagancia, desgano, estupidez… Y entonces, aunque lo necesitemos, no nos permitimos frenar. Y no lo hacemos justamente por todo esto que te digo, porque hacerlo nos genera culpa y vergüenza. Y eso nos limita. Nos paraliza y nos deja siempre en el mismo lugar. Una de las cosas más importantes para comenzar cualquier cambio es deshacerse de la mirada ajena y comenzar a respetar nuestros deseos. Confiar más en nosotros. Escuchar nuestra propia voz.

-En tu libro "Elogio de la lentitud" afirmás que una vida apresurada se transforma en una vida superficial. Sin emociones, sin profundidad. ¿Somos capaces de vivir sin sentir y no darnos cuenta de que nos estamos volviendo robots que simulan ser humanos?

-Yo creo que siempre nos damos cuenta, pero lo tapamos. Sabemos que nos estamos volviendo cada vez más insensibles, lo sentimos en el cuerpo,  en los huesos,  pero no queremos reconocerlo. Y no queremos reconocerlo porque hacerlo nos obligaría a frenar. A tener que pararnos frente a nuestro propio espejo y animarnos a mirar todo eso que nos pasa por dentro y hacer algo para cambiarlo; pero como eso nos provoca tanto miedo comenzamos a emparchar.  A rellenar y tapar todo eso que nos pasa o, mejor dicho, todo eso que no nos pasa, con comida, pastillas, alcohol, drogas o lo que sea, con tal de seguir corriendo una carrera que no nos lleva a ningún lado. Con tal de no enfrentarnos a nuestro propio abismo y hacernos cargo de la realidad.

También hablás mucho de la relaciones de pareja. De esa inmediatez que se mete entre las sábanas y nos roba la posibilidad de disfrutar de nuestra intimidad con el otro ¿Cuál sería la mejor manera de comenzar a recuperar el tiempo perdido?

-No resignarse. Porque lo peor que nos puede pasar es resignarnos y pensar que todo está perdido. Pero cuidado, que no resignarse no significa generar falsas expectativas ni prometerle al otro cosas que sabemos que no vamos a poder cumplir. Yo creo que un buen ejercicio es ir de a poco, tomados de la mano, pero recomenzando este camino sin pretender recuperar todo ese tiempo perdido de golpe porque es imposible. Por eso, me parece que lo más importante es empezar a disfrutar  de las pequeñas cosas sin presionarse demasiado. Disfrutar de una charla, una cena, una copa de vino.  Y animarnos a hablar.  Prestarle atención al otro para saber cómo se va sintiendo y qué es lo que necesita durante todo este proceso es muy importante. La cultura del apuro siempre nos vuelve individualistas, y debemos estar atentos a eso. Es imposible pensar en el otro si uno sólo está pendiente de sí mismo. Darnos cuenta de que el amor tiene y merece otros tiempos es urgente.

Si estamos siempre apurados no podemos pensar. Y si no podemos pensar, hacer foco en todo eso que nos pasa y no podemos (o no queremos reconocer) resulta imposible ¿Vivir corriendo no será la mejor excusa que encontramos para escaparnos de nosotros mismos?

-Sí, claro. Ese el verdadero temor. Y sobre todo si nunca en tu vida te animaste a mirarte.  Porque si nunca te animaste a mirarte tu mayor miedo es no saber con qué te vas a encontrar o, mejor dicho, con quién te vas a encontrar. Entonces preferimos huir. Huir de todo, de todos y del miedo que nos provoca preguntarnos y contestarnos quiénes somos realmente.

“Mis hijos ahora ya son grandes, pero sin embargo seguimos leyendo juntos. Y eso no me lo pierdo por nada del mundo”.
“Mis hijos ahora ya son grandes, pero sin embargo seguimos leyendo juntos. Y eso no me lo pierdo por nada del mundo”.

El método slow ha cambiado la vida de mucha gente… ¿Qué cambios generó en tu vida?

-Muchísimos. Yo vivía contra reloj y mi vida cambió completamente. Tengo una vida interesante, claro. Una vida llena de sueños, de proyectos y de obligaciones, pero que decidí transitar a mi manera : disfrutando de lo que hago, en lugar de padecerlo. Siguiendo mi propio ritmo. La gente muchas veces se confunde y cree que una vida "slow" es sinónimo de una vida en "pausa", y nada más alejado de eso. Se puede vivir plenamente sin sentirse enloquecido o cegado por eso.

¿Sos un hombre feliz?

-Sí, muy feliz. Porque logré vivir en armonía, pero sobre todo porque esa armonía que encontré para mi vida es la que me permite ayudar a los demás. Poder ayudar me hace feliz. Recibir mensajes de diferentes partes del mundo en donde personas que yo no conozco me cuentan que están recuperando la calidad de vida que habían perdido, es algo muy emocionante. Es encontrarle el sentido a mi propia vida.

Si tuvieras que decirme tres cosas que jamás negociarías con el tiempo, cuáles serían.

-Yo decidí no negociar nada más con el tiempo. Y tomé esa decisión porque ahora tengo una relación más amigable, más fluida, más relajada. Dejé de usar reloj, por ejemplo, algo que antes me hubiese parecido imposible. Y también me liberé del celular… Lo usó, como todos, pero ya no vivo pendiente de él. Pero si tengo que decirte algo que no negociaría, o no volvería a perder jamás, es la posibilidad de pasar todo el tiempo que pueda con mi familia, mis amigos y mis hijos. Mis hijos ahora ya son grandes, pero sin embargo seguimos leyendo juntos. Y eso no me lo pierdo por nada del mundo. Cuando nos vamos de vacaciones es una de las cosas que más disfrutamos. Leer y leernos entre todos, mirarnos a los ojos, contarnos qué sentimos.

Texto: Luciana Prodan.

Fotos: Madeleine Alldis.

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