
Durante más de tres años el conocido psicólogo Walter Riso (67) se puso "en modo avión" y trazó las líneas de un viaje pendiente: sumergirse en los secretos de su infancia. Escribiendo y cocinando (casi siempre con una copa de delicioso vino en la mano y música inspiradora de fondo), buceó en su identidad forjada entre Italia y Buenos Aires. Sus padres trasladaron de Nápoles a Argentina el arte y el orgullo de combinar la mozzarella y amasar cariño.
Lloró, se rio y, más de una vez, tuvo que frenar porque no soportaba toparse con ciertos recuerdos. El resultado de esa búsqueda sobre sus orígenes quedó plasmado en Pizzería Vesubio (Planeta), el primer libro de ficción de este especialista en Terapia Cognitiva y magister en Bioética, experto en temas que perturban el corazón humano: el amor, el desencuentro y el perdón.
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Padre de dos hijas –de 33 y 30–, en pareja hace catorce años con una psiquiatra colombiana –Iris–, Riso vive actualmente entre Barcelona y Bogotá, pero nació en Nápoles y hasta 1978 vivió en Buenos Aires (en el barrio porteño de Balvanera), y aunque suele venir varias veces por año al país para dar charlas y conferencias, esta vez su arribo estuvo teñido de una nostalgia diferente por la presentación de esta historia casi ciento por ciento autobiográfica.
"Casi" porque, aclara el autor, en el proceso se tomó algunas licencias literarias. "Andrea, el protagonista, no es un avatar mío aunque, como suele pasar con el pasado, los personajes se confunden y uno termina por no saber exactamente cuál es el relato real. Creo que necesito un psicólogo", bromea.
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-De hecho, ese trabajo de reconstrucción es parte de cualquier terapia: reparar a partir de contarse otra vez la propia historia, ¿no?
-Sí, el poder de la palabra es muy importante porque se reconstruye el pasado para pensar el presente y se hace a partir de la narrativa personal. Uno está lleno de creencias irracionales y ciertos conflictos que arrastramos: somos producto de su legado y sus ancestros. Y yo igual. Soy hijo de inmigrantes y mis hijas también. Mis padres, al igual que muchos otros, vinieron en barcos a Buenos Aires a pelearla. Eran guerreros, personas que lucharon por lo que quisieron. Y ese guerrero es el que uno quiere sacar en la terapia.
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-Debe haber sido muy catártico…
-Sí, y lo más interesante de todo es que mientras escribía me convertí en paciente y la historia ofició de terapeuta. Andrea, en la novela, se avergüenza de su familia y cuando la conoce hay un cambio en él, una reconciliación. Porque encuentra su porqué: no es sólo el qué y el cómo lo que te da la referencia interior sino el hecho de comprender profundamente que todo tiene una dinámica y una causa. Somos historia presente, la punta del iceberg. Todo lo que hicieron tus ancestros es para que vos estés aquí ahora.
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-Y en tu caso, ¿con qué tuvieron que ver esas ganas de conectar con el pasado?
-Con un hecho muy concreto. La verdad es que yo ya venía rastreando algunos indicios, pero hace ocho años encontré la dirección exacta en la que vivía en Nápoles. Porque en el acta de nacimiento no estaba legible. Una tía de 90 años me reveló ese dato clave, la pieza que faltaba. Me emocioné muchísimo, me fui un mes a recorrer esos lugares de los que tanto me hablaba mi mamá y cuando volví y se lo conté a mi agente, él me dijo: "Si sos capaz de transmitir esos sentimientos de reencuentro con tu infancia como me lo estás contando a mí, tenemos un libro". Y me mandó a escribir.
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-¿Te preocuparon las críticas? Como psicólogo tenés un nombre de mucho prestigio.
-No, porque estaba haciéndole honor a aquellas raíces. Siempre he sido una persona valiente, además escribiendo me sentí irresponsablemente feliz. Pude decir lo que quería porque no es el psicólogo el que habla, son los personajes. Yo siempre escribí para otros y esta vez quise hacerlo para mí, desde mi impulso creativo. Y estoy contento con el resultado porque lo aproveché muchísimo y lo hice desde el disfrute total. Me armaba un microcosmos, me preparaba una parmesana de berenjenas como me enseñó mi viejo y me sentaba a jugar con el pasado. Escribí sobre el amor y el perdón, que son temas muy complejos, pero desde otro lugar. Perdonar no es olvidar, es recordar sin rencor. Y no es fácil hacerlo. Escribir ayudó.
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Textos: Mara Derni (mderni@atlantida.com.ar)
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