
Marina Maiztegui (44) tenía 19 años cuando quedó embarazada de Sofía, su hija mayor. Hacía unos meses que estaba de novia con Fernando Sarni, compañero suyo de la carrera de Publicidad, y la decisión de los dos fue casarse. "Nuestras familias nos querían matar, ¡lógico! Hasta yo me daba cuenta de que era una locura", cuenta.
Veinticuatro años más tarde, la locura salió bien y a Sofi (23) la siguieron Jerónimo (17) y Simón (13) y una pareja que después de pasar por mil pruebas sigue eligiéndose. "Ahora me doy cuenta de que cuando nos casamos no nos conocíamos. Empezamos a salir en marzo y en octubre dijimos 'sí, quiero'", confiesa.
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Hoy recuerda esos primeros tiempos juntos, con veinte años y una bebita, como un momento difícil, pero feliz. "No teníamos un mango: Fer trabajaba en una agencia de Publicidad y eso nos alcanzaba justo para pagar el alquiler y las expensas y mi trabajo tenía que cubrir el resto. Comíamos fideos cuatro días a la semana, literal", asegura.
De ese departamentito mini y los viajes a la facultad en el 29 con la beba a cuestas a las 7 de la mañana se mudaron a la casa en la que hoy nos recibe. Hace ya trece años que Marina vive acá. Entre medio se instalaron temporariamente en México, ella estudió diseño de Interiores, tuvo a sus otros dos hijos y empezó con una marca que después la convirtió en influencer en las redes sociales.
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Toda la garra que se adivina en su decisión de terminar la facultad con una hija y trabajando en paralelo es la misma que transmite en la cuenta de Instagram que siguen más de 96 mil personas (@soloparami).
Alegre, descontracturada y acogedora, la casa (ese espacio que jamás sale en Solo para mí) también habla mucho de Marina. Murales, plantas, textiles y bordados de México y Perú son parte de este espacio tan especial como vivido.
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TODO TERRENO. Marina es la hija menor de Susana Luna y Pedro Maiztegui, dos contadores de San Isidro. No hay muchos puntos en común entre la historia de sus padres, que estuvieron casados 15 años y se separaron cuando ella tenía dos, y la suya. Sólo una particularidad: la diferencia de edades entre los hermanos.
"Yo tengo una sola hermana de madre y padre que me lleva 10 años, y uno por parte de papá al que le llevo 12", cuenta. Esa situación particular y el hecho de que su hermana se fuera a estudiar a Nueva York cuando terminó el colegio, le dio una condición de hija única que terminó drásticamente cuando se encontró a cargo de una casa y una hija a los 20 años.
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"Era gracioso porque yo estaba acostumbrada a otra cosa: venía de no hacer nada en mi casa y de repente tenía que lidiar con todo esto desconocido y sin un peso. Creo que también por eso nos la pasábamos a fideos: porque se puede comer mucho mejor por dos mangos con un poco de idea, ¡no era mi caso!", se ríe.
Trabajando bastante los dos, él en agencias de Publicidad y ella como vestuarista y haciendo cosas independientes, de a poco la situación se estabilizó y, en ese momento de calma, Fernando recibió una propuesta para ir a trabajar a Ciudad de México (entonces México DF).
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"Fue una oportunidad espectacular: yo me acuerdo de esa experiencia como algo increíble. El DF era una ciudad en la que había arte, diseño, cultura, jardines únicos, ¡de todo! Yo tenía 27 años y estaba fascinada", cuenta.
Con la tranquilidad de estar expatriados y con un buen trabajo, Marina se animó a pensar en un segundo hijo que llegó allá. "Como familia nos unió muchísimo: yo siempre digo que la experiencia de irnos solos fue difícil y, a la vez, espectacular", se acuerda.
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En su caso, la decisión de volver estuvo marcada por la muerte de su mamá que tuvo un accidente de tránsito. "Fue tremendo, el peor miedo que tenés cuando te vas se hizo realidad: que suene el teléfono a la madrugada y te digan que murió alguien cercano".

Marina tenía 28 años, una hija de 8 y un hijo de menos de dos, tuvo que subirse a un avión para enterrar a una mamá que había dejado en perfecto estado de salud. "Mamá era muy divertida, llena de energía, re sana, fue totalmente inesperado. Encima, pensá que yo me había criado con ella prácticamente sola, fue tristísimo", recuerda emocionada.
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"Esas cosas son las que te cambian todo: cuando una es chica cree que la vida y la gente que queremos van a durar para siempre. Ahí entendí que, en serio, lo único seguro es el ahora: la vida se pasa en un minuto y los planes pueden cambiar de un segundo al otro", reflexiona.

En esa situación le pidió a su marido que empezaran a planear el regreso, algo que él consiguió rápido aunque resignando posición y trabajo. "Me acuerdo de Fer diciéndome: tenemos que hacer algo, no te puedo ver tan triste. Cuando le dije que quería volverme, enseguida se puso en campaña y no le importó si era menos plata o resignar un cargo, pero para mí eso es más importante en la pareja: buscar que el otro sea lo más feliz posible", reflexiona.
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Poco después los cuatro volvían al país y compraban su primer PH.
LOS CAMINOS SE UNEN. De esa etapa de regreso y búsqueda por reacomodarse y salir adelante data la segunda carrera después de Publicidad, la que más se evidencia en el trabajo de Marina, pero que está profundamente vinculada con la primera.
"Viendo qué hacer, un día fui a un instituto en el que daban las carreras de diseño de Indumentaria y de Interiores, no tenía muy claro cuál hacer, así que me metí en una clase de cada una a tantear", se acuerda.

La suerte de que le tocara un buen profesor definió que fuera decoración y así empezó con lo que la llevó a tener su marca que luego la convirtió en influencer.
Poco después de haber empezado a diseñar y producir sus primeros objetos para la casa, Marina pensó que un buen modo de venderlos era mostrándolos a la gente en un blog de decoración y lifestyle.
Mesas únicas y recetas fueron parte del gancho que empezó a acercar a la gente a su marca. La llegada de Simón (13) y su mudanza a Tigre son parte de esa etapa que hoy la tiene al frente de un showroom y asentada como una de las más influyentes en decoración en Instagram.

"Es gracioso porque al final terminé usando las dos carreras casi por igual, tanto Publicidad como Diseño", asegura. Convencida de que las redes fueron la base de su crecimiento, empezó a dar cursos de fotografía y manejo de redes junto a la fotógrafa Rosario Lanusse.
"Las redes sociales fueron clave en mi emprendimiento y son una herramienta enorme para todas las emprendedoras", asegura. Generosa y dispuesta a compartir todo lo que aprendió, Marina es una de esas personas que saben poner todas las situaciones y recursos a su favor.
textos LUCÍA BENEGAS (lbenegas@atlantida.com.ar)
fotos AXEL INDIK
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