La numerosa familia que la adquirió decidió seguir escribiendo la historia de esta centenaria casa sobre la rambla de La Pedrera. Su reciclaje supuso un desafío para el estudio pap.vodo Arquitectura, que recibió el encargo de ampliarla sin traicionar su esencia ni modificar la imagen costera. Para lograrlo trabajaron en la segunda línea de la casa, asomándose por detrás del frente original, y así lograron increíbles vistas al mar, como la de este living en altura. Un sofá retapizado en lino con un aguayo y almohadones, la alfombra de lana (Elementos Argentinos) bajo la mesa de pino Brasil y un par de sillones de cuero de los '50, de un anticuario de San José, se anticipan al gran ventanal enmarcado por dos líneas de bibliotecas laterales.

Del otro lado del living se armó una cálida cocina-comedor con una barra realizada en madera de lapacho recuperado, al igual que la mesada y la mesa confeccionada con tablones de tres pulgadas de espesor, que se destacó con par de lámparas colgantes de mimbre (compradas en San Carlos) y se acompañó con sillas de madera pintadas de rojo. Detrás, tres banquetas antiguas de hierro y madera; delante, dos pufs en patchwork (Punto y Gamulán, La Paloma). La carpintería de pino Oregón (El Ayer, de San Carlos) son de demolición.
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Un rincón de la cocina original de la casa del 1900, con sus muebles de madera intactos y la mesada pintada de blanco. El arquitecto revistió las paredes con azulejos de 20 x 20 cm al tono que se extienden hasta el estante en el cual se exhiben frascos y jarros enlosados. Sobre la mesada, unos canastos de mimbre, un molinillo de pimienta de madera y un recipiente de acero con utensilios de cocina.

En el baño, las paredes y el piso están estucados en color gris. Pablo Vodopivec encontró en Pinares una antigua pileta con mesada azul y le encargó a un carpintero el mueble de lapacho. El espejo de madera pintado a mano aporta color, mientras que unos frascos de vidrio se cubrieron con crochet para crear estos fanales con agarraderas de alambre.
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El cuarto principal, que forma parte de las zonas nuevas, es ecléctico. Con las paredes y el piso revestidos con tablas de pino pintadas de blanco, la cama (diseñada por el arquitecto) cobra protagonismo gracias al respaldo, que al igual que la mesa de luz, fue realizado a partir de viejas puertas y tablas de pino Oregón recuperado. La manta antigua de brocato amarillo y la pintura de un desnudo de mujer contrastan con los almohadones texturados de algodón y los estampados en blanco y negro (Marimekko) que descansan sobre la colchoneta de loneta del bow window.

En la planta baja, el dormitorio de las chicas ubica dos camas de pino Oregón recuperado a los lados de un escritorio encontrado en un anticuario de San José y patinado por la dueña de casa. Una acuarela y lámparas pinza intervenidas con pantallas de género para conseguir la apariencia de flores ponen color, mientras las mantas en damasco de algodón con flecos y los almohadones bordados colaboran en el mismo sentido.
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En un par de estantes de la biblioteca del living principal, se exhiben una máscara artesanal de pájaro comprada en el norte argentino y fotos impresas en ojotas de madera de la artista Ioana Menéndez.

El estar de la casita original, que mira a la rambla, conserva su techo machimbrado a dos aguas y las baldosas de terracota de época en el piso. Una colorida obra de Alicia Goñi domina el espacio, mientras la lámpara Maskros (Ikea) le hace compañía. La alfombra circular de yute, comprada en un mercado artesanal, se planta debajo de la mesa baja de lapacho y entre los dos sofás, uno, un cubo enfundado en algodón blanco y el otro, con cuerpo de madera patinada. Almohadones de terciopelo y una manta de crochet aportan calidez.
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Esta galería semicerrada se armó en la parte nueva de la casa. El mesón y los bancos están hechos con tablones de lapacho de tres pulgadas por quince (también encontrados en Pinares), mientras que las sillas azules se compraron en puestos ruteros de San José. Una lámpara tejida pintada de blanco (Martín Arteaga, en La Pedrera) ilumina la mesa de arrime que exhibe una colección de fanales tailandeses. Detrás, en la parte que balconea sobre el jardín con ibiscus y palmeras, un sofá de mampostería se acondicionó con una colchoneta y una manta al crochet.

En esta toma se puede ver la transición entre la parte antigua, con la puerta y los postigos de madera pintados de color lavanda, y la nueva, con sus galerías sacando partido del contrarreste.
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Frente a la cocina original, la mesa –también aquí, de madera recuperada– se equipó para desayunos al aire libre con sillas de chapa antiguas, encontradas en diferentes pueblos del Uruguay. El piso calcáreo destaca el conjunto, que se completa con candelabros de hierro provenientes de un anticuario de San José. Detrás, la ventana con un postigo que se eleva verticalmente.

El reciclaje de esta casa de 1902 fue un verdadero desafío, pues la ampliación debía coexistir en armonía con la construcción original. En esta perspectiva del segundo piso, asoman dos de los módulos agregados. En el primero se ubicó el gran ambiente tipo loft donde conviven living, comedor y cocina; y en el segundo, la suite principal. Todos tienen vistas panorámicas al mar. Una baranda de varillas de madera recorre los diferentes pasadizos para disfrutar de los atardeceres en los techos y patios intercalados a diferentes alturas.
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La empinada escalera que se eleva entre los módulos remite intencionalmente a Grecia, con sus postales de casas blancas y el cielo muy azul.

Producción: ANDREA SANGUINETTI
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