
Han pasado más de 15 años desde la última vez que una rana dorada panameña fue vista en estado silvestre. Para miles de panameños, este anfibio de intenso color amarillo —ícono cultural y símbolo ecológico nacional— solo existe en fotografías, videos o detrás del vidrio de centros de conservación.
Hoy, sin embargo, un nuevo esfuerzo científico busca revertir esa ausencia y abrir la posibilidad de que la especie vuelva a habitar los arroyos montañosos donde durante décadas fue parte del paisaje natural.
La iniciativa está liderada por el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) y el Instituto Nacional de Biología de la Conservación y Zoológico Smithsonian, junto al Proyecto de Rescate y Conservación de Anfibios de Panamá (PARC) y aliados internacionales, en un programa que marca una nueva etapa en la conservación de la rana dorada (Atelopus zeteki).
El objetivo es avanzar desde la cría en cautiverio hacia la reintroducción controlada en el medio natural, tras años de investigación sobre la enfermedad que provocó su desaparición.
La rana dorada fue declarada símbolo ecológico y cultural de Panamá mediante la Ley 37 de 2010, un reconocimiento que reflejó su valor biológico y su arraigo en la identidad nacional.
La desaparición de la especie en la naturaleza se remonta a la expansión de la quitridiomicosis, una enfermedad fúngica que devastó poblaciones de anfibios en Centroamérica y que llegó a Panamá a principios de los años 2000.

El hongo Batrachochytrium dendrobatidis infecta la piel de las ranas, altera su equilibrio fisiológico y provoca la muerte, lo que llevó a que la rana dorada quedara prácticamente confinada a programas de conservación bajo cuidado humano.
Durante los últimos años, la cría en cautiverio se convirtió en la principal estrategia de supervivencia para la especie, con centros especializados en Gamboa y El Valle de Antón dedicados a la reproducción y estudio del anfibio. Estos esfuerzos permitieron mantener poblaciones viables mientras los investigadores desarrollaban métodos para comprender mejor la enfermedad y evaluar la posibilidad de reintroducción en ambientes naturales controlados.
El reciente ensayo incluyó la liberación de 100 ranas doradas en mesocosmos, recintos de liberación gradual diseñados para facilitar la transición del cuidado humano a la vida silvestre. Las ranas permanecieron inicialmente 12 semanas en estos espacios, donde los científicos monitorearon su adaptación, comportamiento y respuesta a la presencia del hongo.

Aunque cerca del 70% de los individuos murió por la enfermedad, los datos obtenidos son considerados clave para el diseño de futuras estrategias de conservación.
Investigadores destacan que la fase experimental busca comprender cómo las ranas recuperan sus defensas naturales, especialmente la toxicidad de su piel, tras alimentarse de presas silvestres. Este aspecto resulta determinante para la supervivencia en su entorno natural y para el éxito de nuevos ensayos en zonas con condiciones climáticas más favorables o con menor presencia del patógeno.
La reintroducción de la rana dorada no ocurre en aislamiento. En 2025, el programa liberó otras especies de anfibios como la rana coronada, la rana cohete de Pratt y la rana hoja lémur, con resultados positivos que evidencian el potencial de las estrategias de liberación gradual. El monitoreo acústico y visual sugiere que estas especies han logrado mantenerse en los sitios de liberación, lo que ha aportado confianza a los investigadores para avanzar con la rana dorada.

Sin embargo, el proceso de recuperación enfrenta desafíos persistentes. Recientemente, un incidente vinculado al hurto de cables en instalaciones de conservación en El Valle de Antón, provocó la muerte de 150 renacuajos, considerado por especialistas como un golpe significativo a los esfuerzos de protección de la especie. Este hecho evidenció la vulnerabilidad de los programas de cría y la necesidad de reforzar la seguridad y el respaldo institucional a iniciativas de conservación.
Roberto Ibáñez, científico del STRI y director del Proyecto de Rescate y Conservación de Anfibios de Panamá comentó que están que están entrando en una nueva fase de trabajo para estudiar la ciencia de la reintroducción en el medio natural.
Con la quitridiomicosis aún presente en distintas zonas de Panamá, el ensayo de liberación se plantea como una prueba clave para entender cómo las ranas se adaptan al paso del cuidado humano al entorno natural. En esta fase participó el investigador Oliver Granucci, financiado por la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENACYT), quien acompañó al científico Roberto Ibáñez, al gerente del programa del PARC, Jorge Guerrel, y al técnico de investigación Orlando Garcés durante la liberación.
Aunque el retorno definitivo de la especie a la naturaleza sigue siendo incierto, la liberación experimental abre una posibilidad que durante años parecía lejana. En un país donde la rana dorada fue parte del patrimonio natural y cultural, el intento de devolverla a su hábitat no solo es un desafío científico, sino también un esfuerzo por restaurar una conexión perdida entre la biodiversidad y la memoria colectiva.
Si los próximos ensayos logran consolidarse, la rana dorada podría dejar de ser un recuerdo en la pantalla o una postal de museo para recuperar su lugar entre el agua fría de los arroyos y la piedra húmeda del bosque. La apuesta es sencilla y enorme a la vez: que el amarillo intenso que durante años solo sobrevivió en cautiverio vuelva a brillar donde siempre perteneció, y que las nuevas generaciones no tengan que imaginarla, sino verla.
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