
Cada vez que se plantea la dolarización en Argentina, la respuesta automática de buena parte de la profesión económica es la misma: “es subóptimo”. Y tienen razón. En el vacío, en un manual de macroeconomía, ceder la política monetaria propia es resignar un instrumento de ajuste frente a shocks asimétricos. Ningún libro de texto recomienda dolarizar como primera opción. El problema es que Argentina no vive en el vacío de un manual. Vive en un país con un historial específico, medible y reiterado de mal uso de ese instrumento.
Ahí es donde el argumento cambia de naturaleza: deja de ser una discusión de teoría monetaria para convertirse en una discusión de path dependency — de qué hace, en la práctica, una y otra vez, el país que tendría que operar ese instrumento.
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La independencia monetaria que nunca fue independiente
El argumento más común a favor de sostener la moneda propia es que preserva un “grado de libertad”: la posibilidad de emitir para amortiguar un shock cuando no hay acceso a financiamiento externo. Es cierto que ese grado de libertad existe en el diseño institucional. También es cierto que Argentina, en la práctica, nunca lo usó como estabilizador. Cada vez que el país enfrentó un shock sin poder recurrir a crédito internacional, la disyuntiva real nunca fue “ajustar gasto versus emitir”: fue “emitir versus default inmediato y total”. No hubo margen para elegir la opción prolija. Y usar la emisión bajo esa restricción —de manera reiterada, en 2001, en 2018-19, en gran parte de 2020-23— no estabilizó nada. Licuó deuda, sí. Pero también destruyó cada vez un poco más el valor de la moneda que se suponía debía proteger.
Con inflación anual de dos dígitos, el crédito de largo plazo no es difícil de desarrollar, es directamente imposible
Dicho de otro modo: el grado de libertad que preserva la moneda propia solo es valioso si se lo puede usar sin destruir la variable que se está tratando de proteger — el valor de esa misma moneda. Argentina no tiene ese margen. Cada vez que lo usó, quemó la poca credibilidad que quedaba, lo cual encareció el próximo shock. No es una válvula de escape. Es una válvula que empeora el problema que dice resolver.
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Por qué la inflación de dos dígitos hace metodológicamente imposible el crédito
Hay un punto que suele perderse en la discusión ideológica y que es, en rigor, el más determinante: con inflación anual de dos dígitos, el crédito de largo plazo no es difícil de desarrollar, es directamente imposible. No hay curva de rendimientos que se pueda pricear a 20 o 30 años cuando nadie puede proyectar qué va a valer la moneda en la que se denomina ese crédito. No es casualidad que ningún país con inflación crónica de dos dígitos haya desarrollado nunca un mercado hipotecario largo, esté dolarizado o no. Y tampoco es casualidad que los países de la región que sí lo lograron —Chile, Uruguay, Perú— compartan una sola condición común: inflación de un dígito sostenida en el tiempo, más allá del régimen cambiario que hayan elegido.
Esto matiza la discusión: la inflación baja es condición necesaria para el crédito, pero no suficiente. Ecuador lleva 25 años dolarizado con inflación de un dígito y su crédito privado sobre PBI sigue siendo bajo, muy por debajo de Chile o Uruguay. El régimen monetario asegura el numerador — precios estables — pero el desarrollo pleno de un mercado de crédito depende también de ahorro doméstico de largo plazo y marco legal de garantías. La dolarización no es una condición suficiente. Es la que, dado el historial argentino, parece ser la única condición necesaria alcanzable en un plazo políticamente viable.
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La restricción real: Argentina nunca tuvo margen fiscal propio
Separar política fiscal de política monetaria es correcto en el plano analítico. Pero dolarizar es, precisamente, el punto donde ambas dejan de poder gestionarse por separado: al eliminar la emisión como salida, cualquier desequilibrio fiscal se transmite directamente a necesidad de financiamiento en dólares o a ajuste de gasto. No se trata de un efecto colateral no deseado del esquema. Es el mecanismo central.
Argentina nunca tuvo, ni tiene hoy, capacidad de acceso autónomo y sostenido a crédito internacional
Y acá aparece el dato empírico que sostiene la tesis: Argentina nunca tuvo, ni tiene hoy, capacidad de acceso autónomo y sostenido a crédito internacional. Siempre dependió —con el FMI, blindajes, REPOs— de financiamiento externo condicionado. La “independencia monetaria” no funcionó nunca como un colchón propio genuino. Funcionó como una fuente adicional de licuación cuando ese financiamiento externo se cortaba. El riesgo de dolarizar y perder margen de maniobra doméstico frente al próximo shock es real. Pero ese margen de maniobra, en la práctica, nunca existió como estabilizador, existió como mecanismo de erosión.
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Second best, no ideología
Nada de esto convierte a la dolarización en una solución óptima en términos absolutos. Sigue siendo, en el vacío teórico, una opción subóptima frente a tener una moneda propia bien administrada con disciplina fiscal sostenida durante una década o más. El punto no es ese. El punto es que esa alternativa —la de un ancla fiscal consistente y sostenida en el tiempo, sin sobresaltos, con una autoridad monetaria que resista la tentación de emitir en cada shock— no tiene, en la Argentina real, ningún antecedente de haberse sostenido el tiempo suficiente como para anclar expectativas de forma duradera.
Dado ese historial específico, medible, repetido, la decisión de eliminar el instrumento monetario discrecional no es una posición ideológica. Es una decisión de segundo mejor: subóptima frente al ideal teórico, pero superior frente al comportamiento real y reiterado del país que tendría que operar ese instrumento. Es la misma lógica, en el fondo, que sostiene cualquier reforma institucional seria del Banco Central: la institución no falla porque su diseño legal sea incorrecto. Falla porque el historial de uso discrecional ya contaminó las expectativas de cualquier actor económico, sin importar cuán prolijo sea el próximo equipo de gobierno que la administre.
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Querer dolarizar no es porfía ni resignación ideológica frente a la ortodoxia monetaria. Es leer el historial con la misma frialdad con la que se lee cualquier otro activo: no por lo que debería hacer en teoría, sino por lo que hizo, sistemáticamente, cada vez que tuvo la oportunidad de hacerlo distinto.
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