
La Argentina de hoy no muestra una recuperación homogénea. Mientras algunos sectores ya encontraron condiciones para expandirse, otros siguen atrapados en una recesión que golpea de lleno sobre el empleo y el consumo.
Los ganadores de esta etapa son claros: energía, minería y, en términos generales, el agro. En cambio, industria, comercio y construcción aparecen entre los grandes perdedores desde el inicio del gobierno de Javier Milei. Y no se trata de un detalle: esos sectores concentran una parte sustancial del trabajo argentino. Por eso, cuando la recuperación se vuelve demasiado selectiva, el crecimiento deja de ser una solución general y empieza a parecerse a un proceso fragmentado.
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La discusión de fondo, entonces, no es si hay sectores que pueden crecer. La pregunta verdaderamente importante es si la Argentina puede construir un sendero de crecimiento que incluya a la mayoría, y no solamente a los rubros más competitivos en el nuevo esquema macroeconómico.
También cabe preguntarse cómo transitar este cambio de modelo sin imponer costos excesivos sobre empresas, trabajadores y clases medias.
Cuando la recuperación se vuelve demasiado selectiva, el crecimiento deja de ser una solución general y empieza a parecerse a un proceso fragmentado
No existe una medida mágica capaz de resolver este problema. Lo que hace falta es una combinación consistente de decisiones.
Una de ellas es bajar la tasa de interés. Sin crédito razonable, no hay consumo durable, no hay financiamiento comercial fluido y no hay inversión suficiente. Una tasa de interés más baja podría reactivar compras en cuotas, facilitar operaciones para las empresas y favorecer inversiones en bienes de capital, ampliaciones y nuevas obras. En otras palabras: ayudaría a que la economía vuelva a moverse.
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Pero la tasa de interés no alcanza si familias y empresas llegan quebradas al mostrador del banco. Y ahí aparece uno de los problemas más serios de la coyuntura: la mora.
La morosidad del sistema financiero aumentó en mayo y se mantuvo elevada en junio, impulsada sobre todo por el deterioro de los préstamos a las familias. Según datos oficiales, la irregularidad de los hogares trepó al 12,8% en mayo, el mayor nivel en más de dos décadas. A la vez, el último informe del Banco Central ubicó la irregularidad del crédito al sector privado en 7,7% a nivel agregado.
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Ese dato debería encender una alarma. Si el endeudamiento ya empieza a asfixiar a hogares y empresas, insistir en una lógica financiera restrictiva solo puede profundizar el problema.
Si el endeudamiento ya empieza a asfixiar a hogares y empresas, insistir en una lógica financiera restrictiva solo puede profundizar el problema
El sistema financiero y el Gobierno deberían avanzar en esquemas de refinanciación que permitan cuotas pagables y eviten un deterioro mayor. Sería una forma elemental de dar oxígeno. Más aún si se tiene en cuenta que la fuerte suba de tasas de mediados del año pasado, sostenida durante varios meses, fue una decisión de política económica.
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El orden fiscal, por supuesto, es un componente central del actual programa económico. Pero el equilibrio de las cuentas públicas, por sí solo, no garantiza crecimiento. También importa qué ocurre del lado de la actividad.
En este punto, la presión tributaria argentina sigue siendo un obstáculo evidente. La economía no puede reactivarse con plenitud si empresas y contribuyentes operan bajo una carga impositiva que desalienta producción, inversión y formalidad. La lógica es conocida: cuando la presión supera cierto umbral, la recaudación deja de crecer porque la base imponible se achica. Baja el consumo, se frenan proyectos, cierran firmas o aumentan los incentivos a la evasión.
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Por eso, si el Gobierno quiere sostener ingresos en el tiempo, debería discutir no solo cuánto recauda, sino cómo recauda. Ampliar la base y reducir alícuotas puede ser, en este contexto, una estrategia más inteligente que exprimir aún más a una economía exhausta.
Si el Gobierno quiere sostener ingresos en el tiempo, debería discutir no solo cuánto recauda, sino cómo recauda
También el sector privado tiene su parte en esta historia. El nuevo régimen macroeconómico cambió las reglas de juego de manera drástica. Menor inflación, mayor estabilidad, apertura comercial y menores márgenes obligan a revisar estructuras, costos y modelos de negocio. Ya no alcanza con sobrevivir en una economía cerrada, inflacionaria y llena de distorsiones. La etapa exige eficiencia, velocidad de adaptación y una lectura realista del cambio.
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Algunos empresarios lo entendieron a tiempo. Otros no. Y otros todavía se resisten a aceptar que el contexto cambió de manera estructural. Sin una dirigencia empresaria dispuesta a reconvertirse, tampoco habrá crecimiento sostenido.

Sin embargo, ninguna estrategia de recuperación será sólida si deja afuera al consumo. Cerca del 70% del PBI argentino está vinculado a la demanda de bienes y servicios. Y el consumo depende, ante todo, del ingreso real. Si los salarios no mejoran, la economía difícilmente pueda consolidar un proceso expansivo más amplio.
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La recuperación del salario real será, por lo tanto, una condición decisiva. Para eso, las empresas necesitan recomponer ventas y rentabilidad, de modo de sostener el empleo y mejorar remuneraciones. Y el Estado podría acompañar con una reducción transitoria de contribuciones patronales y de la carga sobre los trabajadores formales. Sería un costo fiscal en el corto plazo, sí, pero también una herramienta para aliviar al sector privado y fortalecer ingresos en una etapa delicada.
Argentina necesita algo más que estabilidad: necesita crecimiento con volumen social, capacidad de empleo y horizonte productivo. Si la recuperación queda limitada a unos pocos sectores, el programa económico podrá mostrar orden, pero no necesariamente desarrollo. Y sin desarrollo, tarde o temprano, también se resiente la estabilidad.
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El autor es Economista y director de Authentica Consulting
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