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La política argentina está dejando de competir por el centro

Mientras oficialismo y oposición profundizan sus identidades y concentran sus estrategias en fidelizar a los propios, una parte del electorado parece quedar sin representación. La paradoja: la política abandona el centro justo cuando allí podría estar creciendo un territorio electoral sin dueño

Ilustración de tablero rectangular con bloques azul y rojo llenos de figuras humanas agrupadas. Franja central gris clara con figuras dispersas.
(Imagen Ilustrativa Infobae)
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Durante décadas hubo una máxima que parecía ordenar las estrategias electorales: las elecciones se ganaban en el centro. Había que consolidar a los propios, pero después ampliar, moderarse y conquistar al independiente, a ese ciudadano que podía votar a uno u otro espacio.

Esa lógica parece estar cambiando.

La política argentina está dejando de competir por el centro y comienza a organizarse alrededor de otra pregunta: ¿cómo hago para que los míos sean cada vez más míos?

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No es solamente un cambio discursivo. Es una transformación en la manera de construir poder.

Anthony Downs desarrolló en la década del cincuenta una de las teorías clásicas sobre la competencia electoral. Simplificando su planteo, cuando dos grandes fuerzas compiten tienen incentivos para acercarse hacia el votante mediano: si los extremos están relativamente asegurados, la elección se define entre quienes están en el medio.

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Durante mucho tiempo, esa teoría tuvo una traducción sencilla en la política: primero consolidar la base y después ampliar.

Pero para que esa lógica funcione debe cumplirse una condición: los actores tienen que considerar que moderarse ofrece más beneficios que costos.

Y eso es precisamente lo que hoy parece estar cambiando.

Cuando diferenciarse vale más que moderarse

Argentina atraviesa un proceso de fragmentación de sus identidades políticas. Las pertenencias son menos estables, los liderazgos más personalistas y buena parte del electorado combina identificación con rechazo.

En ese escenario, diferenciarse puede resultar más rentable que moderarse.

Javier Milei probablemente sea el ejemplo más evidente. Una parte importante de su fortaleza política no surgió de parecerse al centro del sistema, sino exactamente de lo contrario: de construir una identidad en oposición a él.

La palabra “casta” fue eficaz porque estableció una frontera muy sencilla: de un lado nosotros, del otro ellos.

Pero sería un error pensar que esta lógica pertenece exclusivamente a La Libertad Avanza. También aparece en el peronismo, donde una parte importante de la discusión parece concentrarse en quién representa con mayor legitimidad la identidad propia antes que en quién tiene mayor capacidad para conquistar nuevos sectores.

Cuando todos compiten por representar mejor a los propios, cada vez menos actores compiten por representar a quienes no pertenecen a ningún espacio.

Del adversario al enemigo

Giovanni Sartori advertía que para comprender un sistema político no alcanzaba con contar cuántos partidos existían: también había que observar la distancia ideológica entre ellos.

Las democracias contemporáneas agregaron otro fenómeno: la llamada polarización afectiva. Ya no se trata únicamente de pensar diferente, sino de construir una valoración negativa sobre el adversario.

Esto modifica la comunicación política.

Si una fuerza logra convencer a su electorado de que enfrente existe una amenaza, muchas veces no necesita entusiasmarlo permanentemente. Alcanza con recordarle qué ocurriría si ganara el otro.

La elección empieza entonces a organizarse alrededor de identidades negativas: no necesariamente voto porque me entusiasma mi candidato; voto porque rechazo al que está enfrente.

Las redes sociales potencian esta dinámica. El conflicto, la indignación y las posiciones contundentes circulan mejor que los matices. Una posición moderada necesita explicación; una posición extrema muchas veces necesita apenas una frase.

La política queda así atrapada entre dos incentivos: para ampliar necesita moderarse; para diferenciarse necesita confrontar. Cada vez más, parece elegir lo segundo.

El centro puede existir aunque nadie lo represente

Aquí aparece quizás la paradoja más interesante.

Que la política deje de competir por el centro no significa que el centro haya desaparecido de la sociedad.

Puede existir una enorme cantidad de ciudadanos que no se reconozcan completamente ni en el oficialismo ni en la oposición; que valoren algunas políticas y rechacen otras; que hayan cambiado su voto durante los últimos años o que simplemente observen la discusión política desde una distancia creciente.

Un electorado puede existir sociológicamente y, al mismo tiempo, carecer de representación política.

Mientras los dirigentes profundizan sus identidades, muchos ciudadanos debilitan las propias. La política se vuelve más intensa mientras una parte de la sociedad se vuelve más distante.

Los dirigentes hablan cada vez más para quienes ya están convencidos.

La pregunta hacia 2027

Por eso, quizás una de las grandes preguntas hacia 2027 no sea solamente quién representará mejor a la derecha o quién logrará conducir al peronismo.

La pregunta puede ser mucho más sencilla: ¿quién va a hablarles a los que quedaron en el medio?

No necesariamente se trata de construir un nuevo partido centrista. El centro electoral no es una posición ideológica perfectamente definida. Es también el territorio de los independientes, los desencantados, los que cambiaron su voto y aquellos que no tienen una pertenencia política rígida.

Durante años, la política diseñó estrategias obsesionadas con conquistarlos. Hoy parece mucho más preocupada por no perder a los propios.

Puede ser una estrategia racional. La polarización permite ordenar, movilizar y fidelizar electorados. Pero tiene un límite.

Un núcleo duro puede alcanzar para sobrevivir. No siempre alcanza para construir una mayoría.

Y allí puede estar una de las claves de la Argentina que viene. Mientras oficialismo y oposición profundizan sus identidades, puede estar creciendo silenciosamente un territorio político sin dueño.

No necesariamente porque los argentinos se hayan vuelto centristas.

Sino porque una parte de ellos dejó de sentirse representada por una conversación política que habla cada vez más fuerte, pero cada vez más hacia adentro.

Tal vez la gran oportunidad hacia 2027 no esté en correr todavía más los límites.

Tal vez esté en descubrir quién vuelve a mirar hacia el medio.