El Mundial de Fútbol de 1978 ocupa un lugar singular en la historia argentina porque reúne dos dimensiones de un mismo momento: el contento popular y el dolor de lo que acontecía.
Para quienes éramos niños y adolescentes en aquel entonces fue una alegría auténtica debido al primer campeonato mundial y lo que implicaba: goles, calles llenas de gente, abrazos y la sensación que el país celebraba algo en común.
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Pero mientras el país festejaba, la dictadura más sangrienta de nuestra historia desplegaba un sistema de terrorismo de Estado que había convertido a la desaparición de personas, la tortura y el miedo en una política pública. La paradoja es estremecedora: a pocos kilómetros de los estadios donde el mundo observaba una fiesta deportiva, funcionaban centros clandestinos de detención y muerte. Mientras las cámaras transmitían imágenes de júbilo, miles de familias buscaban desesperadamente a sus hijos, hermanos o padres desaparecidos.
La Junta Militar comprendió rápidamente el enorme potencial simbólico del campeonato. El Mundial era mucho más que fútbol, era una oportunidad para construir hacia adentro y hacia afuera la imagen de un país ordenado, unido y exitoso. Precisamente cuando crecían las denuncias internacionales por violaciones a los derechos humanos, la dictadura utilizó la televisión, la prensa y la propaganda para fortalecer esa narrativa.
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Este nacionalismo exacerbado tuvo un solo soporte: el discurso oficial. Hacia adentro, publicidades replicaban la idea de un “nosotros”, con frases como: en el Mundial usted juega de argentino o 25 millones de argentinos jugaremos el mundial. A su vez, los medios recibieron comunicados que los instaban a mantener una actitud crítica y mesurada de apoyo a las instituciones y autoridades y “que serían intransigentes si fomentaban descontentos o rompían la paz social”.
Dicho patriotismo se ve explicitado también en la película "La fiesta de todos“, dirigida por S. Renán, que compila y exhibe todo el festejo deportivo y finaliza con la voz del historiador Félix Luna diciendo: "Estas multitudes delirantes, limpias, unánimes es lo más parecido que he visto en mi vida a un pueblo maduro, realizado, vibrando con un sentimiento común, sin que nadie se sienta derrotado o marginado. Y tal vez por primera vez en este país, sin que la alegría de algunos signifique la pena de otros”. A lo que el locutor del film agrega: “esta fue nuestra mejor fiesta porque fue la fiesta de todos”.
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Tal vez la pregunta más incómoda no sea qué hizo la dictadura con el Mundial, la historia lo cuenta por sí sola; sino que aprendimos de aquella experiencia.
Y, si bien las sociedades necesitan momentos de encuentro, símbolos compartidos y celebraciones colectivas, el problema aparece cuando la emoción sustituye al pensamiento crítico, cuando la euforia colectiva impide formular preguntas y cuando el espectáculo ocupa todo el espacio.
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Por eso –a mi parecer– el Mundial del 78 puede ser un tema profundamente educativo. Nos demuestra -y también podemos enseñarlo- que una sociedad puede emocionarse genuinamente, pero, al mismo tiempo, puede estar siendo manipulada; que los grandes acontecimientos deportivos pueden generar identidad y pertenencia, pero también pueden ser utilizados con fines políticos. Y que la memoria no consiste en cancelar los recuerdos felices, sino en complejizarlos.
La tarea de las nuevas generaciones es advertir y comprender que la alegría convivió con el horror y debe servir para reflexionar qué sucede mientras se celebra el Mundial, el de aquel entonces y el que sucede cada 4 años.
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Casi medio siglo después, el desafío sigue siendo el mismo: aprender a celebrar sin dejar de pensar porque una democracia sólida necesita ciudadanos capaces de emocionarse, pero también de preguntarse qué ocurre detrás de aquello que todos estamos mirando.
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