Aprender a mirar por detrás del mundial

El Mundial del 78 deja una enseñanza sobre memoria y democracia: una sociedad puede emocionarse de forma genuina y a la vez ser manipulada con fines políticos

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El Mundial de Fútbol de 1978 ocupa un lugar singular en la historia argentina porque combinó el festejo popular con el dolor de la dictadura. REUTERS/Agustin Marcarian
El Mundial de Fútbol de 1978 ocupa un lugar singular en la historia argentina porque combinó el festejo popular con el dolor de la dictadura. REUTERS/Agustin Marcarian

El Mundial de Fútbol de 1978 ocupa un lugar singular en la historia argentina porque reúne dos dimensiones de un mismo momento: el contento popular y el dolor de lo que acontecía.

Para quienes éramos niños y adolescentes en aquel entonces fue una alegría auténtica debido al primer campeonato mundial y lo que implicaba: goles, calles llenas de gente, abrazos y la sensación que el país celebraba algo en común.

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Pero mientras el país festejaba, la dictadura más sangrienta de nuestra historia desplegaba un sistema de terrorismo de Estado que había convertido a la desaparición de personas, la tortura y el miedo en una política pública. La paradoja es estremecedora: a pocos kilómetros de los estadios donde el mundo observaba una fiesta deportiva, funcionaban centros clandestinos de detención y muerte. Mientras las cámaras transmitían imágenes de júbilo, miles de familias buscaban desesperadamente a sus hijos, hermanos o padres desaparecidos.

La Junta Militar comprendió rápidamente el enorme potencial simbólico del campeonato. El Mundial era mucho más que fútbol, era una oportunidad para construir hacia adentro y hacia afuera la imagen de un país ordenado, unido y exitoso. Precisamente cuando crecían las denuncias internacionales por violaciones a los derechos humanos, la dictadura utilizó la televisión, la prensa y la propaganda para fortalecer esa narrativa.

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Este nacionalismo exacerbado tuvo un solo soporte: el discurso oficial. Hacia adentro, publicidades replicaban la idea de un “nosotros”, con frases como: en el Mundial usted juega de argentino o 25 millones de argentinos jugaremos el mundial. A su vez, los medios recibieron comunicados que los instaban a mantener una actitud crítica y mesurada de apoyo a las instituciones y autoridades y “que serían intransigentes si fomentaban descontentos o rompían la paz social”.

Dicho patriotismo se ve explicitado también en la película "La fiesta de todos“, dirigida por S. Renán, que compila y exhibe todo el festejo deportivo y finaliza con la voz del historiador Félix Luna diciendo: "Estas multitudes delirantes, limpias, unánimes es lo más parecido que he visto en mi vida a un pueblo maduro, realizado, vibrando con un sentimiento común, sin que nadie se sienta derrotado o marginado. Y tal vez por primera vez en este país, sin que la alegría de algunos signifique la pena de otros”. A lo que el locutor del film agrega: “esta fue nuestra mejor fiesta porque fue la fiesta de todos”.

Tal vez la pregunta más incómoda no sea qué hizo la dictadura con el Mundial, la historia lo cuenta por sí sola; sino que aprendimos de aquella experiencia.

Y, si bien las sociedades necesitan momentos de encuentro, símbolos compartidos y celebraciones colectivas, el problema aparece cuando la emoción sustituye al pensamiento crítico, cuando la euforia colectiva impide formular preguntas y cuando el espectáculo ocupa todo el espacio.

Por eso –a mi parecer– el Mundial del 78 puede ser un tema profundamente educativo. Nos demuestra -y también podemos enseñarlo- que una sociedad puede emocionarse genuinamente, pero, al mismo tiempo, puede estar siendo manipulada; que los grandes acontecimientos deportivos pueden generar identidad y pertenencia, pero también pueden ser utilizados con fines políticos. Y que la memoria no consiste en cancelar los recuerdos felices, sino en complejizarlos.

La tarea de las nuevas generaciones es advertir y comprender que la alegría convivió con el horror y debe servir para reflexionar qué sucede mientras se celebra el Mundial, el de aquel entonces y el que sucede cada 4 años.

Casi medio siglo después, el desafío sigue siendo el mismo: aprender a celebrar sin dejar de pensar porque una democracia sólida necesita ciudadanos capaces de emocionarse, pero también de preguntarse qué ocurre detrás de aquello que todos estamos mirando.