El trabajo sucio

Los ciclos de auge y escasez han marcado la economía argentina, alternando períodos de gasto desmedido con fases de duros recortes y conflictividad social

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Javier Milei
Javier Milei

El politólogo Andrés Malamud, residente en Lisboa, Portugal, estuvo recientemente en Buenos Aires para la presentación del libro Operación Argentina, coescrito con Astrid Pikielny. En una de las entrevistas de su raid mediático, expresó que el peronismo prefiere que Javier Milei finalice su mandato para terminar con el “trabajo sucio”. La expresión pareciera tosca, pero en realidad no es ajena a los ciclos de la política argentina en las últimas décadas donde las épocas de dispendio económico fueron seguidas por difíciles períodos de escasez.

Las etapas del auge eran compatibles con un exceso del gasto para satisfacer las demandas de la sociedad, siempre infinitas, financiadas con endeudamiento, emisión monetaria y aumento de impuestos que terminaban por profundizar a la larga los desequilibrios macroeconómicos. La escasez, como ya lo indica su denominación, se corresponde con la necesidad de reducir los egresos para recomponer las cuentas públicas.

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En varias oportunidades, las dificultades para cumplir con los compromisos impulsaban la renegociación de la deuda según el orden de prioridades determinado no por condiciones objetivas sino por la agenda política.

La escasez siempre es una etapa de acentuada conflictividad ante la disconformidad de las partes para aceptar niveles inferiores de ingresos en los cuales es necesario reducir o postergar consumos considerados inalienables.

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La reflexión sobre “trabajo sucio” se refiere a la época de escasez cuando se hace necesario reajustar las cuentas públicas para evitar catástrofes mayores como el renombrado “rodrigazo” de 1975, el endeudamiento de 1982, las hiperinflaciones de 1989 y 1990, la gran depresión de 1998/2002, la estanflación de 2016, la crisis de endeudamiento de 2018/19 y el descontrol monetario de 2023. Las sucesivas debacles condujeron al estancamiento relativo de la Argentina aún en América Latina que fue la región de menor crecimiento en el concierto mundial.

La obsesión por incumplir los compromisos, convertido en slogan de gobierno y todavía bendecido a altos niveles de la política, fue minando la posibilidad de recurrir a mayores endeudamientos en el mercado internacional para solventar el nivel de gastos por la desconfianza sobre la voluntad y la capacidad de respetar las obligaciones después de un largo historial de renegociaciones y quitas en las obligaciones externas.

Los padrinos del consumo público se sienten muy cómodos en la tarea de jueces. No hay nada más fácil que señalar con el dedo a los responsables de los cortes presupuestarios reclamando por la falta de “sensibilidad y crueldad” ante las penurias causadas por la falta de medio como si esas decisiones fueran producto de la voluntad y no de las circunstancias. Esta conclusión conlleva una falacia porque en sistemas democráticos los gobiernos siempre son proclives a responder afirmativamente a las demandas sociales; la “generosidad” ayuda a sumar el favor del electorado y brinda mayores posibilidades de éxito para imponerse en las contiendas electorales siempre y cuando existieran medios genuinos para poder hacerlo. Nada más fácil que erogar, distribuir prebendas y evitar los cambios para evitar las críticas y recibir elogios.

El politólogo Malamud señaló correctamente las expectativas de la oposición sobre el “trabajo sucio”. El ordenamiento de las cuentas públicas y la consolidación de nuevos sectores productivos que permitirán incrementar substancialmente el superávit comercial aun asumiendo un aumento de las importaciones podrán propulsar en un corto lapso un proceso de desarrollo continuo en un contexto geopolítico favorable para el país. Las transformaciones requieren de paciencia para plasmarse, pero también de consenso para persistir y eso es lo que sus observaciones no pueden todavía asegurar.