Gracias a Francisco puedo ejercer mi fe

Con solo haber recordado amablemente lo que el Catecismo indica, el Santo Padre argentino abrió una puerta que muchos sentían cerrada

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Francisco dejó asuntos pendientes tras 12 años de pontificado
“Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?“, se preguntó Francisco (Foto: AP/Andrew Medichini,)

Tenía doce años cuando Francisco dijo esa frase. La pronunció volviendo en avión de Río de Janeiro, a fines de julio de 2013, contestando una pregunta de un periodista sobre un sacerdote al que investigaban por una presunta relación homosexual. La oración entera era más larga y más precisa que la que circuló después. Dijo: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?“. La cláusula condicional (si busca al Señor, si tiene buena voluntad) se perdió casi en el acto. Quedó solo la pregunta final, con la música de una concesión. Durante los doce años siguientes, la escuché repetida por todas partes, casi siempre mal.

Esa frase y su malentendido dibujaron, para alguien como yo, el paisaje entero. Tengo veinticinco años, soy argentino, soy católico y soy gay. En la conversación pública sobre lo que eso significa, hay dos caminos bien habilitados. El primero pide que me divida por dentro: seguir, callar, pedir perdón en silencio, aceptar que lo que soy es, en el fondo, incompatible con lo que creo. El segundo, propone que salga: convertir la identidad en militancia, quedarme en la Iglesia en disidencia permanente o irme a buscar una espiritualidad más tolerante. Los dos caminos comparten algo. Los dos dan por sentado que no se puede ser las dos cosas sin pagar el precio de partirse.

Francisco, cuando dijo lo que dijo, no abrió ningún camino nuevo. Lo que dijo expresa la doctrina ensayada durante siglos, codificada en el Catecismo de la Iglesia Católica en los números 2357 a 2359: los actos homosexuales son, en la formulación del texto, intrínsecamente desordenados; la inclinación misma, objetivamente desordenada; y las personas que la experimentan deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza, y están llamadas, como todos los bautizados, a la castidad que corresponde a su estado. La doctrina es durísima. Es la que la Iglesia enseña sin ambigüedad desde hace mucho tiempo y es la que Francisco recibió, conservó y transmitió sin modificar una coma. Lo que hizo, y fue enorme, fue decirla en un idioma en el que se pudiera escuchar. Durante siglos, la Iglesia había sabido eso pero lo había comunicado con una dureza que, sin proponérselo, empujaba a muchos afuera antes de que alcanzaran a escuchar el resto.

Francisco cambió el tono y dejó la doctrina intacta. Los progresistas festejaron lo que no había dicho (nunca movió una coma del Catecismo) y los conservadores lamentaron lo que no había hecho (tampoco confirmó la reforma que le atribuían). Yo, que escuchaba desde el lugar preciso al que la frase efectivamente llegaba, escuché otra cosa. Escuché que el camino del catolicismo sigue siendo el mismo.

Eso fue lo que, sin que yo lo supiera entonces, Francisco me dio. Me habló como un padre le habla a cualquier hijo: llamándome a la santidad sin asignarme una categoría especial, sin una doctrina fabricada a medida para mi caso. Me dejó parado en el mismo sitio donde están parados todos los bautizados: frente al altar, frente al confesionario, frente a la cruz. La misma misa, la misma eucaristía, la misma confesión.

Esa igualdad es mucho más radical que cualquier inclusión excepcional. En los Evangelios, los que reciben atención particular de Jesús nunca son tratados como casos especiales: son devueltos al lugar de hijos que habían olvidado ocupar.

Zaqueo, jefe de publicanos de Jericó, subido a un sicómoro para verlo pasar, no recibe un discurso comprensivo sobre la recaudación de impuestos bajo ocupación romana; recibe un Jesús que se invita a comer en su casa y lo llama por el nombre. Mateo, sentado en el puesto de recaudación, no recibe una justificación ideológica de su oficio impopular; recibe un “seguime” y se levanta. La samaritana junto al pozo, que había tenido cinco maridos y el hombre con el que vivía no lo era, no obtiene una teología del matrimonio reformada a su medida; obtiene una conversación larga al mediodía en la que Cristo la conoce entera, le nombra lo que es, y le promete agua viva. La mujer sorprendida en adulterio, a la que las piedras ya la rozaban, no escucha una relativización del sexto mandamiento; escucha “tampoco yo te condeno; andá, y de ahora en más no peques más”.

El patrón se repite. La condición queda en su sitio (a veces herida, a veces cruz, a veces puerta), pero nunca ocupa el centro. En el centro hay un Padre, y el encuentro con ese Padre reorganiza todo lo demás. La lógica del Evangelio reconoce a las personas por su filiación antes que por su condición. La lógica identitaria contemporánea hace lo contrario: pone la condición en el centro y le pide al Padre que se acomode. Una tira para arriba; la otra, para abajo.

Francisco, sin proponérselo explícitamente, me dejó parado en el lugar evangélico. Nunca me convirtió en caso testigo. No me usó de ejemplo de apertura. No me puso ningún afiche que me distinga. Me dejó ser hijo en silencio entre otros hijos. A los progresistas que esperaban de él un cambio doctrinal que me habilitara a pasar por encima del Catecismo, los desilusiona descubrir que no lo hubo y que, entendiéndolo así, puedo seguir fiel. A los conservadores que preferirían que un católico gay fuera un oxímoron resuelto con alguna forma de disciplina discreta, los desilusiona descubrir que existo, que puedo rezar, que voy a misa, que me confieso, que cargo la cruz específica que me tocó y que lo hago dentro. La posición no gusta a ningún bando. Nunca me interesó gustarles. Me interesa ser hijo.

Lo que sostiene esa posición, cuando ninguno de los dos bandos la entiende, es el misterio. Misterio, en el vocabulario teológico, no nombra un problema sin resolver ni un acertijo todavía no descifrado. Nombra una verdad tan grande que cuanto más se entra en ella más se abre, y nunca se termina de tocar el fondo.

La fe entera funciona así. La Trinidad se llama misterio porque tres no es uno y uno no es tres y la fe igual sostiene que Dios es las dos cosas. La Encarnación se llama misterio porque Dios eterno no cabe en un cuerpo y la fe igual sostiene que cupo en uno. La Eucaristía se llama misterio porque un trozo de pan no es un cuerpo y la fe igual sostiene que es exactamente ese cuerpo. El amor se llama misterio porque no se explica del todo nunca y nadie que haya amado lo niega. La gracia se llama misterio porque entra donde no debería entrar y queda donde no tendría motivo de quedarse. La Iglesia entera está hecha de cosas que la cabeza sola no termina de cerrar y que el alma reconoce igual cuando las recibe. Por eso, en el centro de la misa, justo después de la consagración, el sacerdote levanta el cáliz y dice mysterium fidei, misterio de la fe.

Mi posición vive ahí. No tengo una teoría que reconcilie del todo lo que la Iglesia me enseña sobre lo que soy y lo que efectivamente soy. No tengo un sistema cerrado donde encajen sin sobrante la doctrina, mi cuerpo, mi historia, mi deseo y mi fe. Tengo, en cambio, una verdad que se me abre cada vez que vuelvo. Cada misa, cada confesión, cada comunión, esa verdad se hace un poco más grande, y yo, adentro, un poco más hijo. El misterio no me explica por qué Dios eligió que la cosa fuera así para mí. Me deja, en cambio, recibirla como se recibe un don que no se entiende y que igual te cambia.

Francisco entendía esa lógica desde adentro. Era un jesuita viejo, hijo de la oración paciente y del discernimiento que no apura las cosas, formado en una espiritualidad que sabe convivir con preguntas que no se cierran. Cuando habló de “acoger con respeto, compasión y delicadeza”, estaba pidiéndole a la Iglesia que ofreciera lo único que efectivamente puede ofrecer: el espacio para que el misterio haga su trabajo lento en cada vida concreta, sin acelerarlo con concesiones falsas y sin clausurarlo con dureza estéril. A mí me ofreció ese espacio.

Por eso hoy, a un año, le agradezco cosas concretas. Le agradezco haber dicho en un idioma que un pibe de doce años pudo oír lo que la Iglesia había creído siempre. Le agradezco no haberme inventado una doctrina paralela ni haberme cerrado la puerta de la doctrina común. Le agradezco haberme dejado vivir adentro del misterio sin pedirme que lo resolviera primero. Y le agradezco, sobre todo, haber partido el día en que partió. Murió un lunes de Pascua, el 21 de abril de 2025, el día siguiente a la Resurrección, en plena octava pascual (los ocho días que van del Domingo de Resurrección al segundo Domingo, que la liturgia trata como un solo día largo extendido, el corazón encendido del año, cuando la Iglesia canta el aleluya sin parar).

El Domingo apareció en el balcón de San Pedro a dar la bendición Urbi et Orbi, casi sin voz, agotado hasta los huesos, y a la mañana siguiente estaba muerto. Morirse ahí dice algo. Es morirse donde todo cristiano pide morirse: en la Pascua, en el sitio exacto donde el Hijo venció a la muerte y donde la filiación (esa que él me enseñó a no abandonar) quedó para siempre más fuerte que cualquier otra cosa. Francisco se murió siendo hijo. Y al morirse ahí, nos dejó a todos siendo hijos.