Nuestra integración social

Antes de ese aciago 24 de marzo, éramos la sociedad más desarrollada del continente. La devastación está a la vista y lo que nace, hasta el momento, es difícil de imaginar

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Un hombre duerme en la
Un hombre duerme en la calle frente a la estación de trenes Retiro, durante la huelga contra la reforma laboral de Javier Milei (REUTERS/Agustin Marcarian)

La integración social de la Argentina fue fruto de nuestro desarrollo industrial. Hasta el último golpe, fuimos una sociedad carente de una deuda significativa, con baja desocupación y ausencia de inseguridad. A cincuenta años del golpe de 1976, vivimos atravesados por todos los males que han perjudicado históricamente -y siguen haciéndolo- a países hermanos, donde la concentración de la riqueza se contrapone a las miserias de los pobres.

Antes de ese aciago 24 de marzo, éramos la sociedad más desarrollada del continente. Desde aviación hasta energía atómica, todo surgía de nuestro esfuerzo, de nuestro talento y también del liderazgo que conducía al país. Desde el día en que los intereses bancarios se impusieron al esfuerzo productivo, desde ese maldito día en que las riquezas terminarían huyendo y las deudas siendo nacionalizadas, desde ese entonces, todo es decadencia.

Las privatizaciones fueron el nombre científico del saqueo. La realidad es que lo construido por todos pasaba gratuita y perversamente a manos de pocos. De ahí en más, hubo altibajos, pero no creo recordar gobierno alguno que haya recuperado el rumbo perdido.

Ahora, viene Milei a destruir la industria con su retórica de lugares comunes emparentados con los que emplean estafadores y necios. No obstante ello, los industriales se atreven -con suma cautela- a expresar que sin industria es muy difícil construir un país, una sociedad donde exista trabajo para la mayoría de sus habitantes. Los grandes empresarios nucleados en AEA (la Asociación Empresaria Argentina, principal cámara empresaria del país) se animaron recientemente y por vez primera a proponerle al Gobierno una necesidad de diálogo. Las ideologías de ambos grupos coinciden en profundidad con la idea de achicar el Estado, reducir los impuestos y también en el resto de las conocidas exigencias del Liberalismo. Pero, como sufrirlo en carne propia pareciera que comienza a generarles un daño, deben imponer sus necesidades por encima de la mediocridad de su pensamiento. Insisto: sin industria no hay clase media; no hay construcción, porque los salarios dejaron de albergar el sueño de la casa propia. No me canso de reiterar que a mis veinte años fui taxista de clase media y que habito hoy en el dolor de una sociedad en la que abundan los médicos de clase baja.

La inflación, el Riesgo País y el precio de las acciones no reflejan los logros de leyes pergeñadas para una propuesta de inversores que, sin ánimo de llegar, parecen tener más bien la voluntad de alejarse. Un dólar demasiado bajo favorece la intención de sostener esta superficial idea de que todo lo importado es más barato. La moneda norteamericana determina esa realidad y, como nadie se anima a cuestionar al dólar, son muchos los que se llenan la boca hablando de impuestos, empleos públicos y desregulaciones varias. La manida frase de que “somos el país más protegido del mundo” es un clisé que puede expresar limitación mental o corrupción. De ninguna de ambas formas se extirpa la raíz de su falsedad.

El Gobierno y el periodismo oficialista parlotean sobre hidrocarburos y minería, explotación de recursos naturales que necesita escasa mano de obra y genera ganancias, lo cual no derramará beneficios en nuestros necesitados. Este tercer año requiere de la invención de números que reflejen falsos resultados positivos mientras la sociedad vive angustias ciertas y una desesperanza que crece a diario. Sin duda, quienes gobiernan saben que su saqueo es pasajero, conciencia que desnuda su apresuramiento.

Venimos de malos gobiernos, eso no quita que el actual supere con creces las peores atrocidades. El oportunismo político de algunos patéticos gobernadores que ven en la humillación un momento pasajero nos deja la convicción de que es necesario eliminar los restos de kirchnerismo, y construir un frente democrático pluralista e inclusivo de todos aquellos sectores que permiten la recuperación de un sueño nacional. Gobernar es pacificar y dar trabajo. Todo lo opuesto a lo que practican los actuales ocupantes de la Casa Rosada.

Sabido es que, en su última etapa, el capitalismo termina convirtiéndose en dogma, en una convicción irracional donde se impone la idea de que destruir lo colectivo implica una posible mejora. La devastación, con su dolor, con su miseria, está a la vista; lo que nace, hasta el momento, es difícil de imaginar, y lo más doloroso es una realidad, cuyos logros representan una respuesta remota. Por ese motivo, me causa gracia la cantidad de individuos que se preguntan con la inocencia propia de la ignorancia sobre la situación socio-económica si Milei podrá ser reelegido. ¿Estarán pensando, acaso, en que los desocupados y empobrecidos serán tan frívolos, tan necios como para votar a quien los hundió de esta manera? A todos ellos, deseosos de un segundo mandato de Milei, les recuerdo que De la Rúa cayó solo, sin ningún adversario enfrente, y que, comparado con este personaje que hoy gobierna, De la Rúa se acercaba un poco más a la concepción que podemos tener de un estadista.