
Hoy conmemoramos 34 años del atentado asesino contra la embajada de Israel en Buenos Aires, que dejó un saldo de 29 muertos -israelíes, argentinos y personas de diversas nacionalidades- decenas de heridos y familias dolientes, que hasta la actualidad llevan las cicatrices de ese día negro. Dos años y medio después, la capital de Argentina sufrió otro atentado, otro ataque terrorista, esta vez, contra el centro comunitario judío AMIA, que dejó un nuevo saldo de víctimas: 85 muertos y más de 300 heridos.
Dos atentados similares: la misma ciudad, el mismo método -un coche bomba- y las mismas manos: la dirección iraní, la ejecución de Hezbollah. Las investigaciones llevadas a cabo desde entonces, principalmente por parte de las autoridades israelíes bajo la conducción del Mossad, establecieron más allá de toda duda, la sospecha de que Irán -por resolución de sus niveles más altos- “encargó” los actos terroristas, los financió, los instruyó y colaboró; y Hezbollah, su proxy, actuó como el brazo ejecutor. Una asociación clásica entre un Estado patrocinador del terrorismo y sus proxys, borrando de manera deliberada sus huellas dactilares.
Uno fue el atentado más grande contra un objetivo israelí fuera de Israel, y el segundo, el más importante contra un objetivo judío fuera de los límites de Israel. Esos ataques terroristas fueron un duro golpe para Israel, para los sistemas de inteligencia y custodia en las representaciones diplomáticas y para el servicio exterior israelí. Abrieron profundas heridas que también sacudieron a la sociedad Argentina, un país del cual el conflicto sangriento del Medio Oriente estaba tan distante como la distancia física que los separa, unos 12.000 kilómetros entre Jerusalén y Buenos Aires.
El día en el que todo cambió
Para mí, como diplomático en la embajada, no se trató solamente de una demostración del concepto de la “línea de avanzada en la batalla diplomática”, sino un encuentro personal con el dolor de la pérdida. En 1989 llegamos a Argentina mi esposa Eli (Eliora), nuestros cuatro hijos y yopara prestar servicio en la embajada en Buenos Aires. Poco tiempo después, nació allí nuestra quinta hija. La ciudad se transformó en un hogar cálido. Fueron años buenos y lindos, desde lo personal y profesional.
Un momento en el mediodía del 17 de marzo de 1992, lo truncó todo. Una jornada otoñal soleada y agradable en Buenos Aires se convirtió en un instante en un día oscuro de fuego, humo y pérdida. En lugar de ser los anfitriones en nuestra casa, en el marco de una cena en honor a un invitado de Israel, como estaba programado, mi esposa yacía bajo las ruinas de la embajada y yo, en estado inconsciente, fui internado en un hospital.
Pocas horas después de la explosión, los equipos de rescate determinaron la muerte de mi esposa. Tengo un recuerdo borroso del momento en que recibí la triste noticia en el hospital, del momento en el cual se lo compartí a mis hijos -de 2 a 12 años- del largo y penoso vuelo a Israel, del sepelio militar y del mes de luto en el seno de la familia en Jerusalén. Al final de ese mes, elegí, para mí y para mis hijos, un futuro de recuperación, realización y esperanza. Regresamos a Argentina para recuperar a la familia, estabilizar la nueva rutina y también para reconstruir la embajada. Esos fueron desafíos nada simples.
El pasado que no cesa
A lo largo de los años, me focalicé en la familia y en mi labor diplomática y me abstuve de ocuparme públicamente del atentado y del dolor. No busqué, ni busco venganza. En lugar de sumirme en la maldad del enemigo, preferí contribuir a la construcción y al accionar positivo. No obstante, en distintos momentos claves de mi tarea me encontré, en más de una ocasión, como absorbido y arrastrado por aquel día negro. Así, por ejemplo, cuando me desempeñé como vicedirector de la comitiva israelí ante la ONU en Nueva York, y nos sentábamos al lado del sitio destinado para la delegación iraní, ya que las ubicaciones eran otorgadas por orden alfabético.
Más de una vez me pregunté si entre esos “diplomáticos” había también hombres de la Guardia Revolucionaria. Dos veces -en Nueva York, y luego durante mi gestión como embajador de Israel en la India- me encontré compartiendo el ascensor de un hotel con el ministro de Relaciones Exteriores iraní y sus hombres. Cada “encuentro” de esos era como un pinchazo en el corazón y recordaba cuánto le cuesta al mundo mirar de frente al peligro que implica un régimen revolucionario religioso que apoya el terrorismo.
En una ocasión no me pude contener. En un evento masivo en la Asamblea General de la ONU que trató sobre las “víctimas del terrorismo”, el representante libanés declaró que Hezbollah era lo mejor que le había pasado a su país. Para mí fue la señal para sacar el discurso elaborado silenciosamente en mi cabeza durante mucho tiempo y presentar “información personal” sobre Hezbollah. Afortunadamente, las palabras resonaron en el recinto y más allá.
La investigación que condujo a Irán
A lo largo de los años, seguí el avance de la investigación de los dos atentados, en Israel y en Argentina. A medida que se revelaban datos adicionales, el cuadro se aclaró. El denodado esfuerzo en la investigación del atentado contra la comunidad judía por parte del fiscal argentino Alberto Nisman, de Bendita Memoria, llevó a la emisión de 22 órdenes de arresto internacionales contra altos referentes iraníes. La conclusión de la investigación en Israel permitió el acceso a información fidedigna que ayudó a los esfuerzos politicos, comunicacionales y de inteligencia a fin de movilizar a socios internacionales en la lucha contra el terrorismo mundial, poniendo el énfasis en el iraní. Los hallazgos de la investigación de las autoridades en Israel frustraron también otros atentados planificados por Irán y Hezbollah.
A la sombra de la guerra, de los 34 años, éste será el primero en el cual nuestra familia no se reunirá el 17 de marzo en el “Har haMenujot”, el Monte del Descanso, en Jerusalén, en la tumba de nuestra Eli. Un recuerdo doloroso de que la contienda aún no ha finalizado. Pero también es la manifestación de una férrea voluntad de mirar con esperanza hacia el futuro.
* El autor es diplomático israelí.
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