
A menos de un mes de que la invasión rusa a Ucrania cumpla cuatro años, en una guerra que ha dejado una serie de crímenes horrendos contra la población civil local, la salida de este conflicto parece remota a pesar de las reuniones trilaterales en Abu Dhabi. La postura de Vladímir Putin sigue siendo maximalista, ya que su objetivo final sigue siendo la sumisión de Ucrania y la entrega de más del 20% de su territorio. Es una nación de la que pretende desconocer su singularidad histórica, cultural y lingüística, consecuente con el desdén de siglos de apodar a los ucranianos como “pequeños rusos”. Más allá de las tergiversaciones históricas, lo cierto es que hubo una manifestación clara y evidente de la población de Ucrania de proclamar su independencia en 1991, y que en las regiones hoy ocupadas militarmente por el ejército ruso se votó favorablemente por la emancipación con cifras superiores al 80%. En la estratégica Península de Crimea, el resultado fue de 54% a favor de la independencia de Ucrania respecto a la Unión Soviética, en pleno proceso de descomposición en ese año.
“Hubo una manifestación clara y evidente de la población de Ucrania de proclamar su independencia en 1991”. La cantidad de soldados rusos muertos supera en 16 veces los que tuvo en Afganistán entre 1979 y 1989 y las expectativas de vida de los reclutas enviados al frente es de apenas cuatro semanas. Putin ya envió a combatir en suelo ucraniano a presos, a los mercenarios del desaparecido Grupo Wagner (que sigue operando en áfrica, ahora bajo la dirección del Ministerio de Defensa, con el nombre de Afrika Korps, nombre que recuerda a las tropas de la Alemania nazi en el Magreb) y hasta soldados norcoreanos en la región de Kursk. Nada de ello fue suficiente, además de los drones de fabricación iraní y el apoyo logístico de la República Popular China. Los días de conflicto de Rusia contra Ucrania ya han superado los que combatió la URSS contra la Alemania nazi, y sus avances son magros en comparación con la cantidad de muertos, heridos, arsenal utilizado y destrucción sistemática de pueblos y ciudades.
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Tal como lo aprendieron los países que intervinieron en la Gran Guerra de 1914 a 1918, una conflagración extensa supone una sociedad totalmente comprometida con el esfuerzo bélico y que los recursos se dedican cada vez más a las fuerzas armadas, en detrimento de la población civil. “Putin sigue apostando a una victoria militar que no sólo cercene el territorio ucraniano, sino que además someta al país restante a su esfera de influencia como un satélite obediente”. Como el régimen de Vladímir Putin no contempló un conflicto de cuatro años, y a pesar de sus intentos de disimular el impacto que tiene en la economía rusa, es evidente que no puede sostener durante tanto tiempo esta confrontación que lo terminará debilitando, interna y externamente. Aun así, Putin sigue apostando a una victoria militar que no solo cercene el territorio ucraniano, sino que además someta al país restante a su esfera de influencia como un satélite obediente, como ocurre con Bielorrusia.
Resultados no buscados ni deseados por Putin, fueron la incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN, así como el creciente rearme europeo frente a la amenaza rusa. A pesar de la mirada desdeñosa que tiene el liderazgo del Kremlin, y que comparten varios personajes del entorno del presidente Donald Trump respecto al viejo continente y sus instituciones, Europa está sumamente integrada y tiene líderes políticos y cuerpos académicos plenamente conscientes de sus debilidades, y que por ello están actuando para revertir las falencias. Tal y como ha acontecido en varias oportunidades en el siglo XX, “las democracias liberales son criticadas como ‘débiles’, ‘cómodas’ y ‘cobardes’, porque los regímenes autoritarios saben cómo ocultar sus fracturas, corrupciones y mentiras”. Pero han sido “las sociedades abiertas las que han tenido el dinamismo y la capacidad de superarse ante las adversidades en los grandes conflictos del pasado”.
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Lo que resulta urgente es lograr un cese de fuego, para que la población civil de Ucrania pueda retornar a su vida normal y comenzar la reconstrucción. Esto es inmediatamente posible cuando “el agresor termine con sus ataques constantes y devuelva a los niños ucranianos secuestrados y sometidos a la rusificación, como primeras señales de una verdadera voluntad de negociar una paz duradera y estable”. Las heridas profundas que ahora separan a ambas naciones tomarán varios decenios en cicatrizar, y es un proceso que no puede apresurarse ni ser forzado. Cerca de allí está la península balcánica para recordarnos esa terrible lección del pasado reciente de la humanidad.
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