Cuando observamos las imágenes del Holocausto perpetrado contra el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial, emergen inevitablemente sentimientos de pena, congoja e impotencia. Son imágenes que desgarran, que interpelan desde el dolor más profundo y que dejan una marca difícil de borrar.
Sin embargo, esas emociones, por sí solas, no alcanzan para construir un aprendizaje ni una ética de memoria. Por ello, en la tradición judía no solo se recuerda el Holocausto, sino también el heroísmo. No es casual que se conmemore el Día del Holocausto y del Heroísmo Judío en el aniversario del Levantamiento del Gueto de Varsovia. Allí, un puñado de jóvenes judíos decidió enfrentar al ejército nazi y resistir durante varios días, aun sabiendo que el desenlace sería fatal. Sus acciones, sus relatos y sus imágenes no solo conmueven: también inspiran e interpelan desde la dignidad y el coraje.
Los números del Gueto de Varsovia son elocuentes y, a la vez, estremecedores. Llegaron a vivir allí cerca de 500.000 judíos, hacinados en apenas unas pocas manzanas cerradas de la ciudad. Al momento del levantamiento, quedaban aproximadamente 50.000. De ellos, solo unos 500 jóvenes participaron activamente de la rebelión. Desafiaron a los nazis y a un destino que parecía sellado, conscientes de que lo único que podían alcanzar era una muerte digna, luchando por aquello en lo que creían. La inmensa mayoría no participó de la resistencia armada.
Si hoy nos preguntáramos qué papel nos hubiese tocado ocupar si hubiéramos vivido en la Polonia de aquellos años, es probable que muchos eligiéramos identificarnos con figuras como Mordejai Anielewicz, Tzivia Lubetkin o con quienes se alzaron en Varsovia y en otros guetos, campos de concentración o de exterminio. Difícilmente nos pensemos a nosotros mismos entre quienes murieron pasivamente en una cámara de gas.
Pero esa pregunta, formulada desde la comodidad del presente, resulta injusta y anacrónica. Más de ochenta años después, conocemos el funcionamiento de los campos de exterminio y las verdaderas intenciones del régimen nazi. Ellos no. Por eso, más allá de la legítima admiración por el heroísmo, la pregunta correcta no es qué habríamos hecho en la Polonia de 1940.
La pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿qué hacemos hoy?¿Qué hacemos cuando nos toca vivir en 2026, y somos testigos del resurgimiento del antisemitismo en el mundo? ¿Qué hacemos cuando crecen los discursos de odio en nuestra sociedad y en las redes sociales, que no son más que su reflejo amplificado?
¿Qué hacemos cuando vemos un grafiti que incita al odio?¿Qué hacemos cuando se ataca un templo o un lugar de culto?¿Qué hacemos cuando se profanan cementerios en nombre del mismo odio que hace ochenta años condujo al exterminio?
Esa es la pregunta que importa. Y es una pregunta que exige respuesta.
Podemos elegir la pasividad, observar cómo el odio avanza y se normaliza. O podemos elegir el heroísmo cívico: levantar la voz, unirnos a las causas justas, expresar solidaridad con las víctimas, rechazar sin ambigüedades toda forma de odio y discriminación.
Algún día, cada uno de nosotros se hará esta pregunta frente a su propia conciencia. Para no decepcionarnos entonces, para estar del lado de quienes lucharon por lo que creían, debemos actuar hoy: rechazar cada manifestación de odio, denunciar cada expresión violenta, acompañar y abrazar a las víctimas.
Esa será, sin dudas, nuestra mejor respuesta cuando nos preguntemos qué hicimos.
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