
Donald Trump provoca perplejidad incluso entre aliados por la sucesión, velocidad y alcances de sus movidas en el tablero internacional. No es fácil ni siquiera alinearse con Washington en esta etapa. Lo vive Javier Milei a escala regional, en especial frente al caso de Venezuela, que alteró el discurso inicial sobre una transición democrática. Y lo acaba de registrar en Davos, en el marco de las tensiones globales generadas por el planteo sobre Groenlandia, después remitido a un acuerdo “marco” para negociar sus alcances. En ese terreno y en directo, tal vez pudo observar que otros países y líderes -anotados mecánicamente como un todo de derecha global- no se mueven linealmente, sino en función de criterios nacionales propios.
Algunas de las críticas a la política exterior del Gobierno -las más serias y menos ruidosas- señalan que una cuestión de fondo es el modo -casi podría decirse, la práctica- de alineamiento, expuesta como una especie de ausencia de diplomacia propia, un acompañamiento sencillo. Eso, con un agregado: el interrogante sobre la velocidad de reflejos para moverse al ritmo, por momentos de vértigo, que impone Trump. No es un debate para las redes, en blanco y negro.
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En ese contexto, visto con la distancia de los días -y, claro, con foco en la marcha de la situación venezolana-, valdría como ejemplo el capítulo del Nobel de la Paz a María Corina Machado, a principios de diciembre. Todo fue impactante, porque el premio fue recibido formalmente por su hija, mientras la líder opositora de Venezuela salía del país clandestinamente en un operativo impresionante. Por entonces, Trump anticipaba que Nicolás Maduro tenía los días contados en el poder. En la superficie, parecían dos señales en paralelo.
Milei encaró entonces un viaje fuera de agenda a Oslo, acompañado por Karina Milei y Pablo Quirno. Al parecer, la diplomacia argentina no sopesó debidamente la dimensión del malestar de la Casa Blanca con la entrega del premio a Corina Machado. Es más, ese síntoma era entendido exclusivamente como expresión del enojo de Trump por el hecho de no haber logrado el galardón. Por supuesto, la cuestión personal contaba, y volvió a quedar a la vista en una declaración reciente y áspera del presidente estadounidense como parte de la escalada por Groenlandia. Pero no era lo único.
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La estada de Milei en Oslo fue breve. No esperó la llegada de Corina Machado y además levantó otros compromisos que marcaban su agenda. Resultó extraño. Declaraciones posteriores del Gobierno y del propio Milei expusieron que lo que sucedía y lo que se insinuaba sobre los preparativos de Estados Unidos -ya en formato de versiones en medios internacionales- era interpretado parcialmente.
De hecho, el mensaje violeta debió ser revisado para ajustarlo a la estrategia de Estados Unidos, después del impactante operativo para apresar a Maduro. Un cuadro complejo, cuyos trazos salientes son por el momento la reconfiguración del régimen chavista -para negociar con Washington- y la promesa de una “transición” democrática sin fecha, atada a pasos previos. Eso mismo fue acompañado por declaraciones de Trump que dejaban de lado a Corina Machado como figura para liderar el proceso, a pesar de su recorrido contra la dictadura. Fue el prólogo del plan de “tres etapas”: estabilización, recuperación -con eje económico- y finalmente, transición política.
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Se verá el camino, pero por lo pronto, el régimen sigue encabezado por la primera línea chavista. En su reacción inicial después del arresto de Maduro, el gobierno argentino mantuvo el discurso previo. Reivindicó a Corina Machado y a Edmundo González Urrutia, al que calificó como “verdadero presidente”. Fue expresado por Milei en declaraciones públicas y también en un comunicado oficial. El cambio se produjo después y fue adecuado al plan de las tres fases.
Esa posición fue redondeada en Davos por Milei, en una entrevista posterior a su discurso en el foro económico. El viaje sirvió también para sumarse al Consejo o Junta de la Paz que decidió poner en marcha Trump. El clima venía dominado por las tensiones y las posteriores idas y vueltas -con repetido mecanismo de advertencias arancelarias, dejadas en suspenso- por el caso Groenlandia. Con ese cortinado de fondo, fueron consideradas las presencias y ausencias en la convocatoria del presidente de Estados Unidos.
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Y en ese contexto, quedó a la vista que el ciclo de ascenso de las derechas a escala internacional no puede ser entendido como la expresión de un todo homogéneo. Algo que, naturalmente y sin apostar a las tensiones -en rigor, con esfuerzos en sentido contrario-, asomó en respuestas europeas, abiertas o implícitas, a la ofensiva de Trump.
Quizás, visto en función de las figuras celebradas por Milei, resultó especialmente notorio el movimiento de Giorgia Meloni. Italia, según se explicó por razones jurídicas propias, no participó del Consejo motorizado por Trump. Evitó la confrontación directa por el tema dominante en el temario mundial, pero destacó que se haya elegido el camino de la negociación. En una línea similar se movió el canciller alemán, Friedrich Merz.
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Casi como chicana, en medios opositores locales se destaca ahora la posición de Isabel Díaz Ayuso a favor del freno al acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. La presidente de la Comunidad de Madrid y figura de la derecha española fue recibida hace un par de semanas por Milei. En este caso, privilegió el mensaje a su frente local antes que la convergencia como espacio político internacional.
Ese es un caso más bien menor. El resto, que pudo ser palpado en Davos, expone los riesgos de no advertir matices y hasta contradicciones en la política internacional.
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