
En nuestra nota del domingo pasado nos referimos a dos de los cuatro principios hermenéuticos de Bergoglio: “El todo es superior a la parte y a la suma de las partes” y “La unidad es superior al conflicto”, en referencia a la realidad de América Latina. Advertimos luego que su lectura requería una breve introducción que mencionara la filosofía hermenéutica que le sirve de fundamento desde la óptica de la polaridad, a través de la cual Bergoglio observa la realidad social. El autor de los cuatro principios que hemos señalado traslada la lógica evangélica al terreno de lo social a partir de las enseñanzas bíblicas.
Por ello, resulta pertinente recordar que Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, el ganado, sobre todos los animales salvajes y todos los reptiles que se mueven por la tierra” (Gn 1, 26).
“Y los bendijo Dios, y les dijo: ‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que reptan por la tierra’” (Gn 1, 28).
“El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara” (Gn 2, 15).
El dominio de la tierra y de todos los recursos creados por Dios fue otorgado a todos los hombres y pueblos, y para el bien de todos ellos. La propiedad absoluta de la tierra, según el Génesis, solo pertenece a Dios: “De Yahvé es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes” (Sal 24, 1). El ser humano —hombres y mujeres— fue creado a imagen y semejanza de Dios, y este es el fundamento de haber recibido la misión de someter, dominar y compartir la tierra, sus criaturas y sus frutos.
En su semejanza con Dios, el hombre debe cumplir la misión dada por el Señor, sin poder hacer cualquier cosa. La tarea es “dominar” las demás criaturas, “cultivar el jardín” y hacerlo en el marco de la obediencia a la ley divina y, por consiguiente, en el respeto de la imagen recibida.
La naturaleza no es res nullius. Es patrimonio de la humanidad; por tanto, su uso debe redundar en beneficio de todos. El hombre debe acercarse a la tierra con la misma actitud del Creador, que es providencia amorosa. En consecuencia, debe actuar en la tierra “con santidad y justicia (...), con rectitud de ánimo” (Sb 9, 3), con sabiduría y amor, como “dueño” y “custodio” inteligente y noble, y no como “explotador” sin reparo alguno. Ha recibido el mundo para perfeccionarlo, no para destruirlo. Según la Biblia, las personas “deben considerar las cosas externas que poseen legítimamente no solo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de aprovechar no solo a él, sino también a los demás”.
La tensión entre la verdad y la realidad a la luz de los evangelios en el continente sudamericano
América Latina también es obra de Dios; sus habitantes, ancestrales o migrantes, también lo son. Sin embargo, los pueblos originarios —mayas, aztecas, incas, guaraníes, tobas, mapuches y otras comunidades— ocuparon esta tierra hace miles de años. Lucharon entre sí y recibieron corrientes inmigratorias. Al inicio de la conquista por parte de las naciones europeas, la verdad y la realidad entraron en tensión cuando la conquista irrumpió con violencia a partir de 1492.
Fueron los misioneros, que acompañaban a los colonos, quienes denunciaron públicamente los crímenes contra los pueblos originarios y marcaron el contraste con ese modelo, que traicionaba el plan de Dios, sustentado en el egocentrismo, el extractivismo, la esclavitud y el despojo.
“La fe es un proyecto de historia” (Lucio Gera)
Como señala el teólogo José Camaño, “el proyecto de Dios para la historia es ir realizando en ella su Reino, que se expresa como misericordia con los pobres y los pecadores”. Por eso, el papa Francisco nos invita en el N° 190 de Evangelii Gaudium a “escuchar el clamor” de los pobres y afirma que “los que hacen oídos sordos a ese clamor (…) los sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre ‘clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado’ (Dt 15,9)” (Verdad y tensión en la propuesta de Francisco, UCA, Revista Teología, tomo LI N° 114, agosto de 2014, p. 100).
El contraste de dos modelos lleva más de 500 años en América Latina
Los sermones de fray Antón Montesino, fraile dominico, denunciaron en 1511 las atrocidades, la crueldad y la explotación hasta la muerte de los indígenas en las encomiendas, minas de metales preciosos y otras actividades. A los primeros hermanos misioneros les siguieron franciscanos y jesuitas, y su obra fundada en la verdad y el amor evangélicos quedó grabada en la historia como testimonio de resistencia a la opresión y defensa de Cristo.
Las palabras de Montesino, ratificadas por los superiores de la Orden, fueron recogidas por fray Bartolomé de las Casas en su “Historia de las Indias” y fueron tan contundentes que provocaron un proceso y un cambio radical en materia de derechos divinos y humanos de los indígenas por parte de los Reyes Católicos.
Más de 500 años después, en las minas de litio, cobre, oro, plata y otros minerales de América Latina, se intensifica el extractivismo con grave deterioro del paisaje a causa de la explotación a cielo abierto, persiguiendo y asesinando a “defensores” de los pueblos y del medio ambiente, como denuncia la Iglesia católica, privando de agua potable a los habitantes por agotamiento y contaminación (véase CELAM).

La relación con Dios en los otros
Jesucristo es la verdad. “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” es una declaración fundamental, encontrada en el Evangelio de Juan 14:6, que significa que Él es la única vía para conocer a Dios y a los demás en Dios, la verdad revelada sobre Él y la fuente de la vida eterna, indispensable para la salvación y la relación con el Padre. Él es la verdad, la vida del hombre, Dios uno y trino y el camino para llegar a Dios y a los demás en Dios. Este punto de partida nos lleva a preguntarnos: ¿Cuándo dice “yo soy la verdad” lo acepto como una premisa lógica? ¿Lo creo realmente? ¿Lo repito porque soy un repetidor del catecismo? ¿Lo digo porque le agrada oírlo a los demás? ¿Me hace sentir más importante, más cristiano? ¿Apaciguo mi ego y me digo que tengo la verdad, el camino y la vida? ¿No estoy reduciendo mi fe a un mero enunciado? ¿O me quedo absorto en el misterio? ¿Sigo, reconozco de ese modo a Dios?
Dios, dice el teólogo, nos llama a comulgar con Él y con nuestros hermanos… y agrega: “hay un criterio empírico para validar esta verdad”. Prosigue: “Validamos esa verdad según lo que hayamos hecho con nuestros hermanos más pequeños, ya que eso será lo que hemos hecho con Él” (San Mateo 25:40).
“Si hay una experiencia de esta verdad, es aquella que está movida por la salida de sí, dada por su razón formal, que es la caridad”.
Esto nos revela que la verdad no está en la formulación de la fe, sino en la vida (R. Guardini). En la relación con Dios en los otros.
¿La verdad es absoluta o relativa?
El diario italiano La Repubblica publicó en septiembre de 2013 una extensa carta escrita por el papa Francisco, en la que responde a algunas dudas sobre la fe planteadas durante ese verano por Eugenio Scalfari, un conocido periodista italiano y anticlerical.
En dos artículos publicados el 7 de julio y el 7 de agosto pasados, el citado fundador de La Repubblica planteaba preguntas al Pontífice sobre la Encíclica Lumen Fidei (“La luz de la fe”). A continuación, un fragmento del texto de la carta del papa Francisco:
13 de septiembre de 2013
“Apreciado doctor Scalfari:
‘… usted me pregunta si el pensamiento según el cual no existe ningún absoluto, y por lo tanto ninguna verdad absoluta, sino solo una serie de verdades relativas y subjetivas, se trata de un error o de un pecado. Para empezar, yo no hablaría, ni siquiera para quien cree, de una verdad “absoluta”, en el sentido de que absoluto es aquello que está desatado, es decir, sin ningún tipo de relación. Ahora, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Cristo Jesús (esto es lo absoluto en relación). Por lo tanto, ¡la verdad es una relación! A tal punto que cada uno de nosotros la toma, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc.
Esto no quiere decir que la verdad sea subjetiva y variable (puede ser objetiva), ni mucho menos. Pero sí significa que se nos da siempre y únicamente como un camino y una vida. ¿No lo dijo acaso el mismo Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”? En otras palabras, la verdad es en definitiva todo uno con el amor, requiere la humildad y la apertura para ser encontrada, acogida y expresada (descubierta, en sentido griego). Por lo tanto, hay que entender bien las condiciones y, quizás, para salir de los confines de una contraposición... absoluta, replantear en profundidad el tema. Creo que esto es hoy una necesidad imperiosa para entablar aquel diálogo pacífico y constructivo que deseaba desde el comienzo de esta mi opinión (…).’
Con fraternal cercanía,
Francisco
Enseña el papa Francisco bajo el subtítulo “Fidelidad al Evangelio para no correr en vano” lo siguiente:
“193. El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Releamos algunas enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la misericordia, para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia. El Evangelio proclama: ‘Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia’ (Mt 5,7). El apóstol Santiago enseña que la misericordia con los demás nos permite salir triunfantes en el juicio divino: ‘Hablad y obrad como corresponde a quienes serán juzgados por una ley de libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia triunfa en el juicio’ (2,12-13). En este texto, Santiago se muestra como heredero de lo más rico de la espiritualidad judía del postexilio, que atribuía a la misericordia un especial valor salvífico: ‘Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga’ (Dn 4,24). En esta misma línea, la literatura sapiencial habla de la limosna como ejercicio concreto de la misericordia con los necesitados: ‘La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado’ (Tb 12,9). Más gráficamente aún lo expresa el Eclesiástico: ‘Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados’ (3,30). La misma síntesis aparece recogida en el Nuevo Testamento: ‘Tened ardiente caridad unos por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados’ (1 Pe 4,8). Esta verdad penetró profundamente la mentalidad de los Padres de la Iglesia y ejerció una resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista pagano. Recordemos solo un ejemplo: ‘Así como, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, una vez que se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio’ [160: San Agustín, De Catechizandis Rudibus, I, XIV, 22: PL 40, 327.]
194. Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos. ¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos solo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría. Porque ‘a los defensores de la ortodoxia se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injusticia intolerables y a los regímenes políticos que las mantienen’ [161: Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis nuntius (6 agosto 1984), XI, 18: AAS 76 (1984), 907-908.].”
Con la claridad que lo caracteriza, el papa Francisco no duda en afirmar que los evangelios señalan que Dios, uno y trino, el camino, la verdad y la vida, es el ser supremo en relación con el pueblo y con cada uno de nosotros.
Últimas Noticias
UE–Mercosur: un acuerdo que abre una verdadera reinserción internacional de la Argentina
En tiempos de repliegue, proteccionismo selectivo y tensiones sistémicas, ambos bloques apostaron sabiamente por las reglas, por la institucionalidad y por una asociación estratégica birregional única
Milei, entre la agenda internacional y las urgencias locales
El Presidente busca mostrar capacidad de gestión y liderazgo frente a mercados desconfiados y una sociedad que demanda resultados concretos
Cien años
El relato libertario sobre el inicio de la decadencia argentina refleja los intereses de las clases acomodadas y deja fuera la experiencia de los trabajadores y los excluidos

Mr. Trump y sus dos mujeres
La viralización de relatos digitales permite a los dirigentes instalar versiones y construir poder a partir de narrativas emocionalmente eficaces

El camino es el de Irlanda
El análisis del modelo irlandés revela cómo la liberalización económica, la reducción del tamaño estatal y la baja presión fiscal pueden marcar la diferencia en el desarrollo de un país




