
La reciente escalada entre Venezuela y Estados Unidos no es solo un episodio diplomático más. Es el espejo en el que deberíamos mirarnos con honestidad. Ambos países comparten algo inquietante: sociedades rotas, permeables, atravesadas por una dirigencia política vetusta que razona y acciona con métodos desuetos, incapaces de presentar alternativas superadoras a los problemas propios de cada pueblo.
Esta famosa grieta que nos divide no es sólo ideológica. Es una miopía sistémica que nos condena a tomar postura “de un lado o del otro” anulando la posibilidad de pensar en las verdaderas necesidades de nuestro pueblo. Y cuando la política interna se muestra impotente, la historia nos enseña que las intervenciones foráneas encuentran su oportunidad.
¿Estaremos volviendo a la década del 30 o 40 del siglo pasado? ¿A los años 70 de nuestra región, con todo lo que eso ocasionó? ¿O debemos analizar esto como algo novedoso? Claramente estamos frente a una disputa de tres potencias mundiales, y América Latina vuelve a ser terreno de juego.
La historia de las intervenciones estadounidenses ofrece lecciones contradictorias. Después de la Guerra de Corea (1950-1953), Estados Unidos impuso un gobierno con injerencia que persiste hasta la actualidad y que la política local intenta separar. No obstante ello, Corea del Sur se convirtió en una potencia tecnológica, económica y cultural.
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¿Será un fenómeno asiático? Claramente no. Filipinas sigue sumida en el caos tras décadas de intervención. Y la lista de fracasos es abrumadora: Afganistán, Irak, Libia, Somalia, Yemen, Pakistán. En nuestra región: Nicaragua, Panamá, Haití, Guatemala, Cuba, Honduras. Todos cargan con las cicatrices de intervenciones que prometieron democracia y trajeron inestabilidad.
Entonces, ¿qué diferencia a Corea del Sur de Haití? La respuesta está en una palabra: materia gris. Corea del Sur no tiene petróleo, no es el granero de nadie. Lo que tiene es capital humano, inversión en educación, desarrollo tecnológico y una estrategia de país que trasciende gobiernos y colores políticos.
Y aquí llegamos al corazón del dilema argentino. Siempre se dijo que Argentina era el granero del mundo. Agregamos Vaca Muerta, la promesa de la independencia energética.
Pero, ¿qué pasa si Estados Unidos controla el petróleo venezolano? Venezuela tiene un PIB de apenas 82 mil millones de dólares, 78% por debajo de su máximo histórico de 372 mil millones en 2012, y un PIB per cápita de solo 3.867 dólares. Su economía está destruida. Si EE.UU. controla ese petróleo, nuestro proyecto energético quedaría obsoleto de la noche a la mañana. Con una economía que cayó 1,7% en 2024, no podemos seguir apostando únicamente a los commodities.
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No podemos analizar la geopolítica desde la lógica binaria de la grieta. Esa mirada empobrece el debate, profundiza la fragmentación social y nos acerca a una peligrosa anomia, por una dirigencia que, de una lado y del otro, insiste en ideas agotadas e incapaces de ofrecer respuestas reales a los problemas de nuestro país. El mundo está cambiando a una velocidad que nuestra política no logra comprender.
El desafío argentino es doble: primero, visualizar nuestra salida como sociedad y como país, construyendo un proyecto nacional que trascienda la coyuntura. Segundo, entender el nuevo orden mundial y posicionarnos inteligentemente en él.
¿Seremos el granero del mundo en un planeta que valora cada vez más la tecnología? ¿Seremos la estación de servicio regional en un mundo que acelera la transición energética? ¿O apostaremos, como Corea del Sur, a lo único que ninguna potencia puede comprarnos ni quitarnos: el talento y la creatividad de nuestra gente?
Venezuela nos muestra lo que ocurre cuando un país se fragmenta tanto que pierde soberanía sobre su propio destino. Argentina está en una encrucijada. Podemos seguir prisioneros de nuestra grieta, o podemos despertar antes de que sea demasiado tarde.
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La solución es pensar una estrategia integral basada en explotar inteligentemente nuestros recursos energéticos, mantener fuerzas armadas capaces de defender nuestra soberanía, pero sobre todo, invertir masivamente en lo único que nos puede diferenciar en el siglo XXI: la materia gris. Y eso requiere una dirigencia política a la altura de las circunstancias, capaz de construir consensos y una visión de país que trascienda los cuatro años de mandato. ¿Estaremos a la altura del desafío? La respuesta la escribiremos nosotros, pero el tiempo se agota.
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