Argentina atraviesa un momento que se percibe como un punto de inflexión. No es únicamente un rebote coyuntural ni una ilusión estadística: la economía exhibe señales precisas de normalización, algo extraordinario en un país donde la estabilidad suele ser una rareza.
La inflación disminuye, el tipo de cambio se muestra previsible y las cuentas públicas adoptan una gestión más prudente. Esta estabilización, producida apenas días después de una crisis profunda, llega acompañada por transformaciones estructurales capaces de alterar el patrón histórico de estancamiento.
El país suma nuevos impulsores de generación de divisas. La energía y la minería adquieren un protagonismo que, hasta hace poco, parecía inalcanzable. El impulso exportador de Vaca Muerta, el crecimiento de la infraestructura de transporte y los proyectos de litio de gran escala operan como barreras frente a las crisis del balance de pagos, tradicional debilidad de la economía.

Además, se observa un modelo de vinculación externa renovado: mayor alineamiento político y económico con Estados Unidos, acceso a financiamiento excepcional y un esquema flexible de acuerdos comerciales. Para consolidar este proceso, será fundamental dotarlo de acuerdos institucionales firmes y perdurables.
Otro cambio relevante es la reducción parcial del riesgo político. La grave crisis que enfrentó el gobierno encontró un punto de inflexión en las elecciones legislativas de 2026, que funcionaron como plebiscito de continuidad y debilitaron a la oposición más radical. Este nuevo escenario parlamentario facilita una agenda más transformadora y estable.
Reglas del juego en transformación
El país avanza en la reforma de su marco regulatorio. El nuevo esquema para los hidrocarburos comienza a mostrar resultados concretos. El Régimen de Incentivo a Grandes Inversiones (RIGI) estimula proyectos largamente demorados. A corto plazo, están en carpeta reformas laborales, fiscales y previsionales diseñadas para eliminar muchos de los cuellos de botella que históricamente frenaron el crecimiento.
Ahora el crecimiento se origina en el frente externo y en la inversión, mientras el consumo crece más lentamente
El modelo económico emergente se aparta de la tradición argentina: ahora el crecimiento se origina en el frente externo y en la inversión, mientras el consumo crece más lentamente. Si bien parece una anomalía en un país donde la demanda interna es el motor clásico, esta evolución permite pensar, por primera vez en décadas, en un desarrollo sostenido sin generar nuevos desequilibrios.
Las brechas: el tamaño de la oportunidad
El prolongado deterioro económico dejó marcas profundas, pero esas cicatrices definen, a su vez, un potencial inédito para los próximos años.
Competitividad. Argentina ocupa el puesto sesenta y seis de sesenta y siete en el ranking global del IMD. Esta posición casi marginal implica que cualquier mejora institucional, regulatoria o macroeconómica tendrá un impacto mayor en la competitividad de las empresas locales.

Riesgo país. Tras haber superado los dos mil puntos básicos, se aproxima ahora a los seiscientos. Esto abrió el acceso al crédito internacional para empresas y gobiernos, aunque permanece distante de los valores de Brasil (191), Chile (99) y Uruguay (69). Reducir esa diferencia sería un salto transformador.
Crédito. Los préstamos al sector privado representan entre ocho y diez por ciento del PBI, mientras Brasil alcanza el setenta y dos por ciento y Chile el ochenta y tres por ciento. Acortar brechas en este aspecto resultaría clave para estimular la inversión, la productividad y el consumo financiado.

Crecimiento. Entre 2011 y 2025 la economía local acumuló solo 3,5% de crecimiento, frente al 55% global. Esta brecha subraya la urgencia de recuperar protagonismo internacional, para lo cual sería necesario una década de expansión sostenida partiendo de un nivel bajo, que representa también una ventaja potencial.
Consumo. Permanece rezagado; por ejemplo, las ventas en shoppings siguen ocho por ciento por debajo de los valores de hace ocho años. Este consumo reprimido tenderá a recuperarse con la mejora del salario real y el regreso del crédito. El proceso será menos abrupto, pero más saludable.

Presión tributaria real. Ajustada por informalidad, supera el 50% del PIB para los contribuyentes cumplidores, uno de los valores más altos del mundo. La reforma fiscal y la reducción de la evasión resultan centrales no solo para aliviar la carga, sino para reconstruir incentivos a invertir, producir y contratar.
Industria y construcción. Ambos sectores muestran niveles muy inferiores a sus promedios históricos: menos 13% y menos 30%, respectivamente. Mientras que para la industria el futuro luce heterogéneo, la construcción está a la espera de condiciones más estables y financiamiento para iniciar una recuperación fundamental, especialmente en áreas urbanas.
Una oportunidad que exige compromiso
Para que este proceso de cambio se consolide, hace falta algo más que gestión económica: se requiere un sentido de objetivo nacional y esfuerzo compartido, un consenso básico entre política, sociedad y sector productivo que garantice continuidad más allá de los ciclos electorales. Este espíritu emergió en las últimas elecciones, cuando muchos votaron en función de una visión colectiva antes que de beneficios inmediatos.
Se requiere un sentido de objetivo nacional y esfuerzo compartido, un consenso básico entre política, sociedad y sector productivo que garantice continuidad
Argentina podría encontrarse ante un verdadero punto de inflexión. Ningún avance económico se mantiene en el tiempo sin una mejora paralela en el liderazgo y la cohesión social. La clave ya no es solo estimular la inversión o la competitividad, sino mejorar la calidad de la dirigencia, la comunicación y la toma de decisiones. También lo es la madurez social para sostener debates complejos. La economía abre caminos, pero el liderazgo los convierte en realidad.
La historia argentina está marcada por oportunidades desaprovechadas que acabaron desvaneciéndose entre urgencias y conflictos internos. Hoy más que nunca, es indispensable asumir el compromiso de que el esfuerzo y los beneficios serán colectivos.
Un horizonte inédito
La combinación de estabilidad macroeconómica, reformas estructurales y brechas potenciales por cerrar ofrece una perspectiva alentadora: por primera vez en mucho tiempo, Argentina dispone de una oportunidad tangible de iniciar un ciclo sólido, sostenido y sin precedentes recientes. Los fundamentos parecen estar alineados para esa transformación. El verdadero desafío reside en sostener y materializar ese proceso de crecimiento.
Los autores son economistas y directores de VDC Consultora
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