
Hubo una época en la que Argentina aspiraba a convertirse en potencia industrial. En los años 70, un tercio de la economía tenía origen fabril, el trabajo en la industria implicaba progreso y el futuro parecía estar ligado a máquinas y líneas de montaje. Medio siglo después, el país produce menos manufacturas por habitante que en ese entonces.
Mientras la industria sigue asociándose al poder en todo el mundo -basta ver cómo Estados Unidos, China y Europa destinan grandes recursos a sus políticas industriales-, Argentina permanece entre la nostalgia y la parálisis actual.
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Algunos datos de Argendata, el proyecto de datos abiertos de Fundar, permiten dimensionar el dilema. Hoy la industria explica el 18% del PBI y mantiene a 2,5 millones de personas ocupadas. Constituye uno de los sectores más productivos de la economía argentina, genera empleos con salarios por encima de la media y origina la mitad de la inversión empresarial en investigación y desarrollo. Pero, durante las últimas décadas, atravesó un proceso de persistente declive.
Desde 1970, el PBI industrial por habitante retrocedió un 8%. En ese lapso, Corea del Sur lo multiplicó por 56 y China por 94. Son pocos los países que exhiben hoy menos industria por habitante que en 1970, y Argentina es uno de ellos.
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Desde 1970, el PBI industrial por habitante retrocedió un 8%. En ese lapso, Corea del Sur lo multiplicó por 56 y China por 94
Este fenómeno redujo el peso del país en la producción mundial: en 1970, representaba el 1,6% de la manufactura global; hoy, apenas el 0,6%. Si bien el auge chino intensificó la competencia, el retroceso argentino se vincula a la falta de consensos políticos acerca del rol industrial en el desarrollo nacional y a la inestabilidad macroeconómica, que bloqueó la posibilidad de planificar a largo plazo.
No obstante, Argentina sigue siendo un país más industrializado que sus vecinos. El PBI fabril por habitante supera al de Brasil, Chile o Colombia.
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Comparado con potencias como Alemania o Estados Unidos, la brecha resulta abismal: actualmente, se producen bienes industriales por USD 2.751 por persona al año, contra más de USD 10.000 en Alemania. La diferencia no responde únicamente a cuestiones productivas, sino también a factores institucionales, políticos y estratégicos.
Mientras las potencias y países cercanos como Brasil aplican políticas industriales, Argentina todavía discute si debe tener una.
A nivel salarial, la industria argentina paga, en promedio, un 17% más alto que el resto del sector privado. Sin embargo, hablar de “la industria” en singular conduce a confusión: existen múltiples ramas, con enormes disparidades. Refinerías, laboratorios farmacéuticos y automotrices ofrecen sueldos muy superiores al promedio y bajísimos niveles de pobreza entre sus trabajadores.
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La industria argentina paga salarios, en promedio, un 17% más alto que el resto del sector privado. Sin embargo, hablar de “la industria” en singular conduce a confusión: existen múltiples ramas, con enormes disparidades
En cambio, sectores como aserraderos, confección o calzado muestran precariedad y salarios bajos. Las causas son claras: los rubros mejor pagos son más productivos, incorporan más tecnología, emplean personal calificado y cuentan con sindicatos fuertes, además de estar dominados por grandes empresas capaces de sostener mejores condiciones laborales.
Existe también una fuerte concentración geográfica de la actividad. Casi la mitad del PBI manufacturero nacional se genera en la provincia de Buenos Aires. Al agregar CABA, Santa Fe y Córdoba, el 80% de la industria se concentra en cuatro distritos.
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Este patrón resulta del modelo agroexportador y la industrialización por sustitución de importaciones, que instalaron fábricas cerca del puerto y de los consumidores. A lo largo de los años, la industria migró desde la Ciudad de Buenos Aires hacia su periferia. Los pocos cambios en el mapa industrial argentino provinieron de regímenes de promoción desde los 70, que impulsaron polos fabriles en San Luis, La Rioja, Catamarca y Tierra del Fuego.
El comercio exterior constituye otro desafío persistente. Argentina importa más productos industriales de los que exporta, lo que evidencia dificultades para construir ventajas competitivas sostenibles. No obstante, casi la mitad de las exportaciones nacionales son manufacturas: aceites, lácteos, carnes, pickups, tubos sin costura, aluminio o medicamentos integran un repertorio de producción eficiente, aunque en retroceso. Desde 2011, las ventas externas industriales se reducen, afectadas por la macroeconomía local y la competencia asiática apabullante.
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Los pocos cambios en el mapa industrial argentino provinieron de regímenes de promoción desde los 70, que impulsaron polos fabriles en San Luis, La Rioja, Catamarca y Tierra del Fuego
El escenario global también se transformó. Las grandes potencias buscan una nueva oleada industrial para preservar su poder tecnológico y responder al ascenso chino, que llevó la manufactura a una escala inédita.
En la región, países como Brasil, Chile o México intentan aprovechar las oportunidades que surgen de la doble transición tecnológica, energética y digital. Mientras tanto, en Argentina se discute la conveniencia y viabilidad de mantener actividad industrial.
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A pesar de estas dificultades, la industria argentina sigue activa: sostiene el empleo formal, articula cadenas de proveedores e innova más que otros sectores. La cuestión no radica en decidir si se quiere industria, sino en definir su perfil futuro.

El reto consiste en evitar fabricar aquello que otros países producen mejor y prescindir de sectores que sobreviven solo tras extensas redes de subsidios y protecciones.
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En su lugar, es fundamental promover una industria argentina nueva, basada en las capacidades existentes y en la exploración de oportunidades vinculadas a los recursos naturales y las demandas que surgen con la transición verde y digital. Reindustrializar mirando el pasado no es la respuesta; avanzar hacia una neoindustrialización con visión de futuro sí lo es.
Argentina fue una fábrica adormecida por sus crisis sucesivas. El gran desafío del siglo XXI consiste en arrancar otra vez, sin repetir errores previos. En un mundo que recupera la apuesta productiva, quedarse al margen implica resignar el futuro industrial del país.
El autor es Director de Desarrollo Productivo y Curador de Argendata en Fundar
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