En política, como en la literatura, los monstruos no solo generan temor, sino que estructuran el relato.
En Brasil, Jair Bolsonaro ejerció durante años ese papel funcional para la izquierda: encarnó el “enemigo” necesario para que el lulismo consolidara su narrativa de democracia contra dictadura. Ahora, con Bolsonaro fuera del tablero, el guion se desarma y la hegemonía discursiva del gobierno también comienza a resquebrajarse.
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La reciente condena al expresidente, impulsada por la Suprema Corte de Justicia (STF) bajo el liderazgo de Alexandre de Moraes y con un respaldo tácito del Ejecutivo, logró neutralizar al adversario electoral más temido por el Partido de los Trabajadores (PT). Sin embargo, el voto disidente de Luiz Fux, ministro de la Corte, mostró un trasfondo más profundo. Fux expuso la falta de tipicidad penal, la cuestión del fuero competente, la falta de pruebas, el respeto al debido proceso y la proporcionalidad de las penas. Así, dejó en evidencia que el fallo fue mucho más político que jurídico.
Michel Foucault, en “Defender la sociedad” basado en su curso en el Collège de France, explicó que las sociedades modernas construyen monstruos políticos no solo para temerles, sino para definirse en oposición a ellos. Bolsonaro tuvo esa función: fue “el fascista”, “el antipatria”. Desde ese personaje, el lulismo tejió el mito del “pueblo democrático” enfrentado a los “enemigos de la democracia”. Pero cuando el monstruo se desvanece, el poder debe gobernar sin relato de guerra. Rápidamente surge la necesidad de construir otro antagonista que legitime el poder.
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Hoy, el presidente de Brasil, Lula da Silva, se enfrenta a ese espejo incómodo. Ya no existe una amenaza fascista con la que justificar alianzas internacionales o discursos excepcionales de censura en redes sociales. Lo que emerge es una economía estancada, una tasa de interés Selic que asfixia el crédito, una presión fiscal insostenible y una clase media que ha dejado de sentir miedo para volver a mirar su bolsillo.
El desgaste político, además, resulta evidente. El gobierno perdió apoyos clave en el Congreso y su base aliada muestra fisuras crecientes
El desgaste político, además, resulta evidente. El gobierno perdió apoyos clave en el Congreso y su base aliada muestra fisuras crecientes. Las reformas estructurales no avanzan, el mercado transmite señales de desconfianza y, en las calles, el “verde y amárelo” que la izquierda intentó recuperar en el último 7 de septiembre, está presente sobre todo en las manifestaciones masivas pro-amnistía, muchas encabezadas por nuevas figuras como Tarsício de Freitas, gobernador de San Pablo.
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Este es el contexto en el que el sistema político brasileño comienza a respirar un aire distinto. La aparición de gobernadores jóvenes como Tarcísio de Freitas o Ratinho Júnior no solo oxigena el escenario, sino que redefine el eje de la discusión pública. No se trata de reeditar el bolsonarismo, sino de construir una derecha moderna, orientada a la gestión, alejada de la polarización y del pasado. Estos nuevos actores no tienen antecedentes de confrontación, ni cargas judiciales ni biografías explosivas. Representan, para muchos, la posibilidad de un Brasil que supere el esquema “ellos o nosotros”.
Entretanto, Lula busca un nuevo monstruo y todo indica que el presidente de Estados Unidos será el elegido rumbo a las elecciones de 2026. Sin Bolsonaro en competencia, Lula necesita un antagonista para restablecer su épica narrativa. En ese vacío, ha dirigido su crítica hacia Donald Trump, señalándolo como símbolo de amenazas externas contra la soberanía económica de Brasil.
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No obstante, el votante brasileño parece haber cambiado el enfoque, y la tenue recuperación de imagen del presidente se percibe como pasajera. Con Bolsonaro fuera de juego, el miedo dejó de ser excusa. Ahora se exigen resultados: ingreso, empleo, seguridad y previsibilidad. Se acabó el margen para discursos heroicos; solo queda espacio para gestiones eficaces.
El votante brasileño parece haber cambiado el enfoque, y la tenue recuperación de imagen del presidente se percibe como pasajera
Este es el verdadero desafío que enfrenta Lula y su entorno. En un escenario donde la amenaza que lo mantenía competitivo ha sido neutralizada -aunque sea a través de un fallo judicial cuestionado-, el oficialismo debe construir su futuro prescindiendo de la épica. Y eso, sin enemigo, sin un “monstruo querido”, se vuelve mucho más complejo.
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Porque, desaparecido el monstruo, el poder queda expuesto.
El autor es director de Abeceb consultores
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