
A mediados del siglo XVIII, pocos entendían lo que era la máquina de vapor, una extraña combinación de válvulas, calderas y movimiento perpetuo que tenía la capacidad de invertir la lógica del mundo: donde antes se necesitaban bueyes, comenzaban a avanzar las locomotoras. La computación cuántica (CC) es la revolución industrial del siglo XXI: una tecnología en apariencia abstracta y lejana, pero destinada a torcer el rumbo del conocimiento, la economía, la guerra, la medicina y el poder.
La CC es un campo emergente que utiliza los principios de la mecánica cuántica para realizar cálculos complejos que están fuera del alcance de las computadoras clásicas. En lugar de usar bits que solo pueden expresarse en 0 o 1 (sistema binario), las computadoras cuánticas utilizan cúbits que pueden ser 0;1 o una superposición de ambos estados al mismo tiempo, permitiendo un procesamiento paralelo masivo. A diferencia de las máquinas tradicionales, las cuánticas exploran un sin número de variables simultáneamente.
La chispa de esta revolución la encendió Google en 2019, cuando anunció que sus investigadores habían logrado realizar, en apenas unos minutos, un cálculo que las supercomputadoras más grandes no podrían completar en menos de 10.000 años. El experimento, desarrollado en su laboratorio de Santa Bárbara, marcó la conquista de la llamada “supremacía cuántica”, un hito que la comunidad científica venía persiguiendo desde los años ochenta.
Desde entonces, para China y Estados Unidos, la CC se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional. Ambos países la consideran una prioridad estratégica y destinan recursos millonarios a su desarrollo. China ha invertido en un laboratorio cuántico y, en los últimos años, ha registrado casi el doble de patentes que Estados Unidos. Presentando como muestra de este avance la supercomputadora cuántica Zuchongzhi 3.0, que, según estimaciones, sería un millón de veces más potente que los modelos más avanzados. En respuesta, el gobierno americano lanzó la iniciativa Cuántica Nacional, orientada a investigación, desarrollo e infraestructura.
Las grandes empresas tecnológicas tampoco se quedan atrás. Microsoft, Intel, IBM y Alibata libran su propia carrera por dominar este nuevo paradigma, apostando por arquitecturas cuánticas cada vez más estables, potentes y escalables.
Aunque lejos de ese enfrentamiento global, América Latina también empieza a moverse. En Argentina, distintos actores del ámbito científico y tecnológico buscan democratizar el acceso a la CC y posicionar al país como un referente regional en este campo emergente.
Pero no todo es geopolítica y espionaje. En la medicina, promete avances impensados. Desde la simulación precisa de moléculas complejas hasta el diseño de nuevos fármacos, estas máquinas podrían permitir comprender interacciones bioquímicas imposibles de modelar hoy. En línea con esto, empresas internacionales de primer nivel y varías startups ya exploran cómo las propiedades cuánticas pueden acelerar la llegada de terapias personalizadas, tratamientos para enfermedades raras y vacunas más eficaces.
No obstante, a medida que la tecnología avanza, también crece la preocupación: ¿qué lugar ocuparán los médicos, los técnicos y los investigadores en un sistema donde cada vez más decisiones quedan en manos de máquinas?
Tal vez dentro de unas décadas miremos hacia atrás y nos parezca un suceso histórico más, como la revolución industrial. Los silbidos de las válvulas cuánticas ya se escuchan en los laboratorios, en las salas de crisis gubernamentales y en los centros médicos. No es solo una nueva computadora, es una nueva forma de pensar. Y como toda gran revolución, no pide permiso. Solo avanza.
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