
¿Sabías que, según la ONU, cada año se tiran más de mil millones de kilos de comida en el mundo? Es decir, mientras 783 millones de personas padecían hambre, se está desechando esa cantidad de comida. Mientras tanto, seguimos operando en un sistema donde lo descartable pesa más que lo recuperable. En Argentina, se desperdician 16 millones de toneladas de comida por año. Al mismo tiempo, aproximadamente un millón de niños y adolescentes se enfrentan a la falta de alimento antes de dormir, y se estima que tres millones de adultos también padecen esta situación por falta de recursos.
Estas estadísticas reflejan una deficiencia en la gestión del sistema de distribución de alimentos donde coexisten sectores que desechan grandes cantidades de comida con otros que enfrentan necesidades esenciales. ¿Cómo puede ser que en pleno siglo 21 desechar alimentos sea más fácil que evitarlo?
Esto no es una tragedia inevitable. Es un sistema roto que decide, todos los días, que es más fácil tirar comida que redistribuirla. Que desperdiciar es más barato que regular. Que el hambre es una estadística y no un escándalo. Y mientras discutimos, se sigue tirando comida. Se tira agua, energía, tierra, trabajo humano.
Según la ONU, cada año se tiran más de mil millones de kilos de comida en el mundo
En este sistema, incluso las leyes actuales tienen límites. La Ley Donal, vigente desde 2004, permite donar alimentos aptos sin responsabilidad civil para quien dona. Fue un paso importante, pero no logró escalar como se esperaba: no establece mecanismos obligatorios, ni incentivos claros, y muchas veces las donaciones quedan frenadas por barreras logísticas o burocráticas.
Regular el desperdicio de alimentos no debería ser una idea radical. Debería ser sentido común. Creemos que necesitamos regulaciones que premien a quienes rescatan, que sancionen a quienes descartan y que obliguen a todos los eslabones de la cadena alimenticia a rendir cuentas.
Sí, hay campañas de concientización. Sí, hay avances. Y son importantes. Pero también hay excusas. La transformación no es solo un cambio de hábitos: es dejar de mirar para otro lado. Necesitamos una conciencia social más profunda, un cambio cultural que acompañe al estructural. Debemos reconocer que el sistema actual arrastra a todos: quienes compran, quienes venden, quienes legislan. Nadie queda fuera de una cultura que normaliza lo inaceptable.
¿Qué nos falta exactamente para impulsar un verdadero cambio como sociedad? ¿Qué otras motivaciones necesitamos para crear un marco que acompañe mejor a quienes quieren donar, rescatar o redistribuir? Debemos premiar a los comercios que se suman al cambio, debemos facilitar alianzas con organizaciones de triple impacto, que todos los días conectan comida en perfecto estado con personas que quieren aprovecharla.
Regular el desperdicio de alimentos no debería ser una idea radical. Debería ser sentido común
Sabemos que no es imposible. El Banco de Alimentos de Buenos Aires, por ejemplo, rescata más de 7 millones de kilos de comida por año y los redistribuye entre más de 1.200 organizaciones sociales. ¿Y si ese esfuerzo no dependiera solo de la voluntad?
El alimento no vendido no es basura, es oportunidad. Pero necesita un marco que lo proteja, que premie su rescate, y que no se pierda entre papeles, permisos o buena voluntad. El sistema actual no está preparado para eso. La pregunta es: ¿vamos a esperarlo?
Regular el desperdicio no es una utopía, es una deuda. Y cada día sin acción es otra tonelada pérdida. Imaginemos un país donde descartar alimentos sea tan inaceptable como mentir en la góndola. Donde rescatar valga más que desechar. Si regular es el primer paso, actuar es urgente.
El autor es CEO de Cheaf
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