
En el Día de la Industria celebramos una tradición que construyó empleo, tecnología y movilidad social en todo el país. En el mundo, la política industrial volvió a la cancha y juega de titular. La industria, hoy, está de moda.
Argentina no puede quedarse en la tribuna: debe salir a jugar con una estrategia propia, moderna y federal.
En nuestro país, la industria nació de valores simples: trabajo, aprendizaje en el taller, inversión paciente y orgullo por el producto bien hecho. Con esos ladrillos se levantaron pymes, clústeres y cadenas de valor que sostienen comunidades enteras.
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Esa memoria no es nostalgia: es la base del próximo salto.
Ese salto ocurre en un contexto global nítido. Las principales economías usan política industrial para recomponer capacidades, acelerar la transición energética, fortalecer cadenas estratégicas y proteger su seguridad económica.
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No partimos de cero: tenemos historia, talento y un tejido empresario que sostiene comunidades
Solo en 2023, según el FMI, se registraron más de 2.500 acciones de política industrial a escala global. Y de este total, casi la mitad en China, la Unión Europea y Estados Unidos.
Ya no se discute si habrá política industrial, sino cómo hacerla bien. Si el mundo corre, nuestra tarea es ordenar la casa para correr a su ritmo, con identidad productiva propia.
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La industria no busca privilegios ni atajos. Aspira a que la cancha esté nivelada, con previsibilidad, simetría de condiciones competitivas y herramientas modernas para competir e invertir.
El sector privado invierte, genera empleo, innova y exporta.
También hay que hablar con franqueza de las asimetrías. La agresividad de ciertas manufacturas importadas —apalancadas por subsidios — no se resuelve con discursos.
Se enfrenta con defensa comercial ágil, normas técnicas exigentes, certificación de calidad y un programa activo para elevar productividad y escala en casa.
No se trata de cerrarnos; se trata de competir con reglas justas. Abrir sí, pero con arquero.
Las principales economías usan política industrial para recomponer capacidades, acelerar la transición energética, fortalecer cadenas estratégicas y proteger su seguridad económica
La apertura indiscriminada suele ser un espejismo: promete precios bajos hoy, pero sale caro mañana.
Un ejemplo claro es la habilitación, sin criterios técnicos, de maquinaria usada: se bajan los estándares, se erosiona la competitividad y se pierde empleo local.
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Recordemos lo esencial: cada compra nace en un salario. Sin trabajo, el consumo se apaga en la mesa de cada familia.
Una política industrial moderna integra estabilidad macroeconómica, financiamiento e incentivos; compras públicas innovadoras; defensa comercial con trazabilidad; transformación tecnológica sostenible; y un compromiso con la educación y la formación profesional, el desarrollo del talento y un federalismo productivo.
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La industria metalúrgica, corazón tecnológico de muchas cadenas, está lista. Hay empresas que ya exportan a decenas de países, innovan y pueden escalar si hay demanda. Ese potencial se despliega plenamente cuando se sostiene en un marco previsible acompañado de políticas activas.
Ya no se discute si habrá política industrial, sino cómo hacerla bien
En el Día de la Industria, celebremos lo que somos y, sobre todo, lo que podemos ser.
No partimos de cero: tenemos historia, talento y un tejido empresario que sostiene comunidades.
La industria no necesita discursos heroicos, sino políticas que trasciendan gobiernos y perduren en el tiempo.
El mundo volvió a jugar fuerte en la política industrial; nosotros queremos estar en la cancha. Porque la industria no es parte del problema: es parte de la solución.
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Ahí nos van a encontrar: invirtiendo, produciendo y creando futuro.
El autor es presidente de ADIMRA
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