
En la historia argentina clásica, tuvimos la tendencia a enfrentar al nacionalismo y el liberalismo. Comenzamos con Federales y Unitarios, y no paramos nunca más.
No tiene sentido que describa lo que todos conocemos: 200 años de luchas fratricidas, genialmente sintetizadas por Jorge Lanata y su expresión “la Grieta”.
Pero para que el “Cóndor de la Argentinidad” pueda volar, se requiere que pueda extender las dos alas: la del amor a la Patria y la del amor a la Libertad.
El padre del Liberalismo argentino, Juan Bautista Alberdi, trató de convencer al genial Domingo Faustino Sarmiento, en sus “Cartas Quillotanas” (cuya lectura recomiendo), que “solo la reconciliación entre la Argentina del interior y la porteña permitirá construir una Nación unida y próspera...”.
Hoy revivimos el bicentenario conflicto. Ni los dos tercios del Senado ni la guerra declarada por el Presidente a todos los gobernadores expresa una verdad revelada. Ninguno de los dos tiene razón. Una Nación es una síntesis que tiene que poder resolver, en la medida de lo posible, el conflicto entre la falta de recursos y la dolorosa situación que viven millones de jubilados argentinos.
Pretender instaurar un pugilato entre las matemáticas parlamentarias y una sonriente y soberbia explicitación de la “superioridad de las fuerzas del cielo macabeas” es repetir, una vez más, un esquema maniqueo que nos lleva a la frustración eterna.
“No hay plata”, tiene razón el Presidente, y también es cierto que es insostenible la más que precaria situación de los jubilados. No hay posibilidad de resolver, con justicia, semejante ecuación.
Solo podemos extremar el diálogo y establecer un mecanismo que, sin alterar el ancla fiscal, nos permita defender el interés común (nacionalismo) y la sana responsabilidad de una administración que busca, en libertad, no alterar los equilibrios indispensables que tantas veces hemos violado.
El populismo, emitiendo papel moneda, o la dictadura, recurriendo a la represión, han intentado resolver unilateralmente el problema.
Nuestro desafío, después de haber recurrido a los dos métodos, es encontrar el camino de la sensatez, el más difícil, pero el que han sabido recorrer las naciones más civilizadas del mundo.
El Presidente nos promete, en 30 o 40 años, ser una “potencia” rica y desarrollada. Lo hemos sido, así que no es ridículo su vaticinio. Pero solo lo alcanzaremos en unidad nacional, integrados a nuestros vecinos y abiertos al mundo.
¿Es posible?
Con seguridad, sí.
Vale la pena intentarlo.
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