
Se cumplen 22 años de la asunción de Néstor Kirchner. Fue el comienzo de un ciclo político que tuvo como norte principal el fortalecimiento del empleo, los salarios y las organizaciones sindicales. A más de dos décadas de ese comienzo, y luego de una década pérdida para el bolsillo y el bienestar de los trabajadores (2016-2025), se torna necesario repasar los principales resultados y políticas públicas laborales de esos doce años y medio. Para tenerlos como antecedentes y, sobre todo, de cara a un programa que vuelva a poner al trabajo en el centro de la política económica nacional.
Kirchner asumió con un porcentaje más alto de desempleados que de votos. Luego de una crisis económica de enorme envergadura, hija de un proceso donde la macro ordenada convivía con un hiper-desempleo. El ciclo inaugurado ese 25 de mayo de 2003 llevó a una caída del índice de desempleo de alrededor del 20% a 6%; a que creciera la participación del empleo en relación de dependencia en la ocupación total; y que, consecuentemente, aumentara la base de representación de las organizaciones sindicales (nominal y relativamente). Eso se dio gracias a decisiones de política generales, al regreso de la independencia económica (con el pago al FMI como punto culmine) y con políticas activas del mercado de trabajo como el Seguro de Capacitación y Empleo, el Programa Jóvenes con Más y Mejor Trabajo y el Programa de Recuperación Productivo, entre tantos otras.
Esto se logró con la decisión política, primero de Néstor y luego de Cristina Fernández de Kirchner, de su ministro de Trabajo Carlos Tomada y de una potente burocracia estatal la cual contaba con grandes técnicos y militantes. Un Estado que gestionaba y funcionarios que funcionaban. En paralelo a esto se propició la formación continua de los trabajadores; se avanzó sobre el trabajo no registrado, aumentando fuertemente la fiscalización a través del sistema de inspección del trabajo; y se promovió la herramienta de la negociación colectiva elevando, en relación al empleo asalariado, su cobertura del 43% al 55% entre 2003 y 2012. Mientras a lo largo de la década del 90 había habido 200 convenios homologados por año, en 2010 se alcanzó la cifra de 1600. Esta batería de medidas llevó al regreso del famoso fifty-fifty entre capital y trabajo; a una redistribución virtuosa de la renta producida en nuestro pais. Un objetivo medible, deseable y, como demuestra la historia argentina, realizable.
Hoy la situación es la opuesta. En el altar de una supuesta macroeconomía ordenada (en realidad, una paz de los cementerios construida a partir de ajuste irracional e insostenible, deuda ilegítima y cepos varios) hoy se sacrifica el bienestar y las certidumbres de una clase trabajadora que lleva demasiados años sin poder acceder a una paga justa y a condiciones de trabajo dignas. El empleo cae mes a mes; se cierran más empresas que las que se abren y el salario luego del ajuste fenomenal de comienzos de gobierno de Milei, y luego de un repunte tímido, volvió a caer en este comienzo de año. Por eso se da un aumento de la conflictividad y el malestar, con un consumo que no repunta y con la posibilidad de proyectar una vida popular cómoda aún más lejos; por eso la supuesta macro ordenada necesita un cepo al empleo, al salario, a la huelga y a la organización sindical. No hay ni orden ni progreso.
Volver al norte que fijó Néstor Kirchner, de un país normal con más y mejores trabajadores, no puede ser planteado como una utopía irresponsable. Más aún con todos los recursos naturales y humanos con los que cuenta Argentina. Volver a ese 2003 no significa usar una y cada una de esas herramientas. Sí volver a una decisión política central: estar del lado de los que trabajan. Simple. A partir de ahí es que se construye un orden que genere bienestar, paz y felicidad para todos los que habitan nuestra querida patria.
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