
La tecnología cambia a velocidad exponencial. Las personas, las organizaciones, las leyes y los sistemas educativos lo hacen de forma lineal. Esta brecha genera lo que ya en la primera mitad del siglo XX William Ogburn denominó “rezago cultural” -la distancia entre el ritmo del avance tecnológico y la capacidad de adaptación de la sociedad-.
Hoy, la destrucción creativa schumpeteriana avanza a una velocidad inédita. Surgen herramientas nuevas antes de que aprendamos a usar las anteriores. Y mientras tanto, profesiones enteras desaparecen.
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Es algo relativamente común que alguien decida capacitarse en una herramienta disruptiva y que, aún antes de alcanzar los niveles deseados de conocimiento, aparezca una nueva que destruye a la anterior, haciendo retroceder varias casillas en el juego de la formación.
Es algo relativamente común que alguien decida capacitarse en una herramienta disruptiva y que, aún antes de alcanzar los niveles deseados de conocimiento, aparezca una nueva
La dinámica del recambio tecnológico es inalcanzable para el resto de los factores sociales, muchos de los cuales intentan avanzar mientras otros generan resistencia.
Por ejemplo, la aceleración notable con la que se desarrolla el vehículo autónomo debe ir acompañada de normas que regulen su tránsito, de infraestructura vial, de la voluntad de los viajeros de ser llevados por una máquina y de los choferes que opondrán una resistencia férrea ante la innegable pérdida de sus fuentes laborales.
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Las diferentes velocidades entre la creación de nuevas tecnologías y su proceso de adopción generan fuertes brechas:
- Entre personas: quienes no pueden acceder a formación o tecnología quedan fuera del mercado laboral.
- Entre empresas: las flexibles sobreviven; las lentas desaparecen.
- Entre países: los abiertos al cambio crecen; los cerrados retroceden. Una economía cerrada, que impide importar tecnología, restringe pagos al exterior o apuesta a un modelo de sustitución industrial del siglo pasado, profundiza su desconexión del mundo.
Y esa disociación se traduce en pérdida de empleo, merma de competitividad estructural y menor bienestar. Países con normativas obsoletas, sistemas educativos rígidos y estructuras institucionales cerradas pierden competitividad y aumentan la desigualdad.
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Países con normativas obsoletas, sistemas educativos rígidos y estructuras institucionales cerradas pierden competitividad y aumentan la desigualdad
Para Argentina, esto es especialmente relevante. Según el Índice Global de Competitividad 2024, Argentina ocupa el anteúltimo lugar entre 67 países, solo por encima de Venezuela.
El informe de Goldman Sachs estima que el impacto de la inteligencia artificial en el PBI de EE.UU. duplicará al de los países emergentes en los próximos años.
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El proceso de apertura y desregulación que atraviesa hoy Argentina tiene connotaciones y una realidad contextual muy distintas de las de intentos anteriores, y es precisamente la aceleración tecnológica.
La dimensión humana del cambio
Muchas personas sienten que no llegan, que no entienden, que ya no sirven. Y eso erosiona el principal activo de cualquier sociedad: el ser humano. Sin acompañamiento emocional, sin un nuevo liderazgo y sin políticas públicas que protejan durante la transición, el costo será demasiado alto.
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Superar esta crisis de velocidad requiere una mirada integral:
- Diseñar políticas públicas que incluyan reconversión laboral y carreras más cortas y prácticas, fondos de transición para trabajadores desplazados y garantizar el acceso al conocimiento y a tecnologías clave.
- Actualizar marcos normativos para acompañar la innovación.
- Fomentar culturas organizacionales que integren tecnología con humanidad, estructura con flexibilidad. Formar líderes y equipos de trabajo capaces de mirar lo técnico, lo humano y lo organizacional al mismo tiempo.
La verdadera innovación empieza cuando dejamos de correr detrás del cambio y empezamos a liderarlo desde lo humano
- Abrir espacios de escucha y contención emocional en los cuales las personas puedan resignificar su rol, su valor y su futuro.
- La brecha no es solo económica. También es emocional. La incertidumbre, la frustración y el miedo son hoy parte del entorno laboral. Y eso tiene efectos directos en la productividad, el aprendizaje y la cohesión social.
- Innovar ya no es solo crear. Es también sostener, contener, acompañar. Las organizaciones que se animen a integrar tecnología con conciencia, acción con observación, resultados con sentido serán las que marquen la diferencia. La verdadera innovación empieza cuando dejamos de correr detrás del cambio y empezamos a liderarlo desde lo humano.
Los autores son economistas, directores de VDC Consultora
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