
Hace unos días el informe “Formación continua de los maestros de grado”, de Argentinos x la Educación, planteaba que los docentes siguen capacitándose una vez finalizados sus estudios con el fin de mejorar o actualizarse en temas que les interesan.
Según dicho estudio, las temáticas que eligen son la didáctica general, esto es, cómo enseñar mejor, plantearse para qué enseñar lo que se enseña o capacitarse en evaluación, un tópico fundamental que va enraizado con la enseñanza y el aprendizaje en el aula. También a los más jóvenes les interesa la alfabetización, es decir, la enseñanza de la lectoescritura, mientras que los de más antigüedad requieren saberes sobre el uso de las tecnologías en el aula.
Otros de los temas fundamentales, que más del 60% de los docentes está interesado, son las actualizaciones didácticas, esas nuevas miradas que mejoren el aula. En este sentido, en nuestro último libro “Neuropsicoeducación en las infancias”, en coautoría con Sandra I. Vigo, planteamos la necesidad de transformar las prácticas educativas en pos de enseñar mejor. Desde esa perspectiva, planteamos que el niño aprende mejor cuando algo le es novedoso, cuando lo emociona; es por ello que hay que prestar atención al buen uso de las emociones que favorezcan el aprendizaje, que entusiasmen y que den seguridad a los más pequeños.
En este sentido, hay investigaciones que afirman que el miedo o el cansancio impactan directamente en las habilidades del pensamiento (Lars Schwabe and Oliver Wolf, Learning under Stress impairs memory formation, Neurobiology of Learning and Memory 93, 2010) u otras que señalan que la alegría y la satisfacción inhiben el surgimiento de emociones displacenteras como el aburrimiento o la frustración (Trampe, Quoidbach, & Taquet, 2015). Entonces, llevemos al aula experiencias innovadoras que provoquen el cambio que necesitamos.
Por ende, una vez más, planteo la necesidad de deconstruir la escuela, pero no como sinónimo de destruir, sino de transformarla y de desnaturalizar esas prácticas vetustas o prepotencias a las que nos tiene acostumbrados. Necesitamos una escuela que fomente el pensamiento divergente, que forme niños creativos que puedan adaptarse a los cambios bruscos de estos tiempos y, fundamentalmente, que los haga autónomos y capaces de seguir aprendiendo por sí solos.
Hay mucho que aprender desde el paradigma de la neuropsicoeducación, donde la ciencia y la emoción se conjugan para analizar el potencial de la mente infantil, su particular modo de aprender y enfrentar el mundo de manera creativa y feliz, en espacios cerebralmente amigables y saludables, tanto para los niños como para los docentes.
Es un desafío que implica seguir formándonos y mirarnos desde otra perspectiva, más real, más viable y capitalizando las infinitas alternativas que presentan estas infancias ampliamente potenciales.
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