
¿Cuántas veces habrá que repetir que hace apenas cincuenta años teníamos el 5% de desocupación, la miseria en las calles era desconocida, no había deuda externa ni inseguridad, el consumo crecía y, al agro, se le había sumado la industria? ¿Hasta cuándo duró esa situación? Hasta que la última dictadura cívico-militar decidió sustituir esos logros socioeconómicos en favor de los bancos y la renta financiera. Esa degradación continuó con las privatizaciones de Carlos Saúl Menem, cuyas deformaciones —entre ellas, la insostenible convertibilidad y la incontrolada importación que destruyó tantas pequeñas y medianas industrias— terminaron estallando en la Alianza de De La Rúa. Varios de sus miembros —paradójicamente o no tanto— militan fervorosamente en favor de Milei, votándole todas las leyes sin sonrojarse, incluso en contra de sus propios argumentos, o son conspicuos funcionarios del gobierno.
Privatizar lo que da pérdida es una forma de legalizar la corrupción. Recuerdo el caso de “Belgrano Cargas”, cuyo responsable me comentó que la propuesta incluía el envío mensual de dólares y la exigencia de un retorno desmesurado —en rigor, no debería haber retorno alguno, ni grande ni pequeño—, tema que fue el único punto de debate entre el privado y el privatizador. La destrucción de los ferrocarriles, esa atrocidad, es el fruto de la demencia que sigue como enfermedad vigente en un sector dominante de nuestra sociedad y en quienes se identifican con él sin conocer lo que está en juego, repitiendo solo los lugares comunes que les inoculó el menemismo y que continúa machacando Milei desde las redes sociales.
Fuimos un país que fabricaba locomotoras y vagones, y terminamos, bajo un gobierno supuestamente popular, importando durmientes. Cuando algún personaje formula su latiguillo: “Somos distintos porque ellos roban y nosotros no”, está negando que las principales corrupciones del Estado son hereditarias. Valga como simple ejemplo la del juego, una estructura que no existe sin retorno y que nunca fue cuestionada por ningún gobierno, ni radical, ni menemista, ni kirchnerista, ni macrista. Por lo demás, sabemos que en la mayor parte de los países desarrollados los ferrocarriles son del Estado y que Gran Bretaña está en su proceso de estatización. Las privatizaciones no mejoraron la vida de los argentinos, mientras creaban nuevos ricos. La luz, el gas, la telefonía, los trenes, y los aeropuertos, que eran estatales, fueron privatizados por Menem para reducir gastos y ampliar desmesuradamente las ganancias de los grandes grupos económicos, empobreciendo a la sociedad y dejando un saldo de desocupación inusitado.

El ejemplo más lamentable es el de Aerolíneas Argentinas, privatizada, desmantelada y devuelta en las peores condiciones por los españoles. Lo absurdo es que en medio de críticas feroces e insultantes al Estado, se lo sigue tomando como espacio para acomodar a parientes y seguidores, cargando de este modo la burocracia sobre las espaldas de la sociedad.
Estado y privado no tienen ni deben tener connotación ideológica alguna; son formas disponibles de ejercer el gobierno para su mejor ejecución. Antes del Golpe del 76, la industria era nacional —envidiada por otros países latinoamericanos, como Venezuela—, al igual que los bancos, y ambos generaban trabajo y riqueza. Después de Martínez de Hoz, vinieron tiempos en los que un argentino ya no pudo invertir su dinero para hacerlo rentable ni solicitar un crédito para ampliar su empresa en ninguna institución. Mientras tanto, los monopolios se expandieron desde la farmacia hasta la carnicería, desde los bares hasta los kioscos, negándole al ciudadano medio el derecho a producir su propia riqueza sin necesidad de convertirse en empleado de un capital concentrado. Asimismo, es penoso que la Sociedad Rural no haya tenido ni tenga conciencia de que la venta de tierras al extranjero debe respetar un límite legal. Semejante liberalismo no existe en los países serios del mundo —esos admirados desconocidos— y corre el riesgo de que sus descendientes terminen siendo empleados de algún inversor imperial extranjero. Cuando alguien dice que el proteccionismo consiste en cazar en el zoológico, olvida agregar que semejante metáfora resulta ridícula en el presente. La humanidad tiene patrias, estados, y todos esos países, desde Francia hasta Alemania, desde Italia hasta Estados Unidos, son proteccionistas adaptando dicho requerimiento a cada coyuntura.
La política debe pensar la economía a partir de las necesidades de su población y no de la imaginación febril del economista de turno, al estilo de Caputo y Sturzenegger. El actual gobierno no está inventando nada, solamente retrocediendo a uno de los peores momentos de nuestra historia, tiempos en los que éramos colonia. En verdad, algo inventa su Ministra de Capital Humano: un descenso histórico de la pobreza. Admitamos que cinismo no les falta. Por lo demás, Milei y Cristina transitan dos versiones del fracaso, del sectarismo y, casualmente, en ambas, cada una a su modo, se ha pretendido y se pretende acallar a los medios de comunicación.
Para cerrar, quiero insistir en que el actual Presidente es el último eslabón de nuestra decadencia. Claro está que lo que muere es visible, en cambio, aquello que logre devolvernos la esperanza de recuperación de nuestro país como nación todavía no logra asomar. Se está negando lo esencial: que la pobreza no proviene de la inflación, no es esa su causa, sino la exorbitante concentración económica, eje y risible soporte aplaudidor del gobierno de Milei y su equipo y su modelo destructivo. Me remito al Coloquio de IDEA, entre otras presentaciones discursivas presidenciales ante empresarios y gerentes.
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