
El sábado 7 de octubre de 2023, el mundo se vio sacudido por noticias aterradoras que llegaban desde nuestra querida Israel. En horas de la madrugada, terroristas del grupo Hamas se infiltraron en el país, sorteando distintos pasos fronterizos de la franja de Gaza, y atacaron despiadadamente a los pobladores de los kibbutzim vecinos y a una multitud de jóvenes que participaban de una fiesta electrónica que celebraba la paz y la convivencia. Dieron rienda suelta a una barbarie repleta de odio y muerte. Los actos cometidos por estos terroristas mostraron una crueldad y un sadismo pocas veces vistos en la historia. Al ensañamiento contra niños, adolescentes y ancianos, y a la violencia sexual contra las mujeres, se sumó la mutilación de los cadáveres y la destrucción de las viviendas, atacadas con lanzallamas y explosivos.
Lo que vivimos hace un año fue una acción criminal sangrienta contra ciudadanos israelíes y de otras nacionalidades, como pocas veces se ha visto desde la Shoah. Al igual que los nazis en sus campos de exterminio, los terroristas de Hamas eligieron como blanco a civiles indefensos, que se disponían a celebrar una festividad tradicional junto a sus seres queridos. Estos actos de salvajismo demostraron que la destrucción del Estado de Israel no es una consigna meramente declamativa del régimen iraní y sus asociados en Medio Oriente y en otras latitudes. Todos ellos están decididos a cumplir su amenaza.
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La masacre perpetrada por Hamas no fue solo un ataque al pueblo de Israel. Fue un atentado contra la humanidad en su conjunto, como lo expresé públicamente a los pocos días de estos trágicos sucesos.
No caben medias palabras ni justificaciones de ningún tipo contra esta barbarie inhumana. Los gobiernos del mundo civilizado deben expresar –como en su abrumadora mayoría lo hicieron– una unánime condena.
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Lamentablemente, algunos intentaron transformar a las víctimas en victimarios, pretendiendo influenciar a la opinión pública global y a algunos organismos internacionales con un claro discurso anti-Israel, que no es más que una de las nuevas formas de antisemitismo, apenas disimulada.
Como argentino, me siento orgulloso de que nuestra nación mantuviera su firme posición de repudio al accionar de Hamas, organización que fue incluida por el gobierno del presidente Javier Milei en el Registro Público de Personas y Entidades Vinculadas a Actos de Terrorismo y su Financiamiento (RePET), donde ya se encontraba Hezbollah.
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Todavía hay 101 personas secuestradas en poder de los terroristas de Hamas. Entre ellos, hay nueve ciudadanos argentinos, dos de ellos menores de edad. Conmueve especialmente el caso del pequeño Kfir Bibas, quien tenía apenas ocho meses al momento de su secuestro y que ya ha pasado más tiempo de vida en cautiverio que en libertad. No podemos permanecer en silencio ante la sinrazón. No podemos naturalizar esta situación atroz, violatoria de los derechos humanos más esenciales.
Ante la vulneración de su soberanía por fuerzas que representan una amenaza a la seguridad de su población, el Estado de Israel ha ejercido, y continúa haciéndolo, su derecho a la legítima defensa. Las Fuerzas de Defensa de Israel deben hacer frente no solo a los terroristas de Hamas, sino también al accionar de Hezbollah, desde el Líbano, y a los Hutíes, desde Yemén, actuando todos ellos con el innegable apoyo político, militar, logístico y financiero del régimen iraní.
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La comunidad internacional tiene que alzar la voz y condenar de manera unánime el accionar de la República Islámica de Irán y sus secuaces. Argentina sufrió en carne propia sus embates en el pasado y, al día de hoy, los máximos responsables de los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA siguen gozando de impunidad y paseando en libertad por las calles de Teherán y participando de actos oficiales en algunos países aliados.
Nada bueno surge de acciones como las que llevó a cabo Hamás. Al respecto, recuerdo las palabras que me dijera en persona el presidente Shimon Peres relacionadas a lo que Israel había aportado en materia de ciencia, tecnología e innovación para un mayor bienestar de la humanidad, en contraste con lo único que ha dejado el terrorismo internacional en todos estos años: tan solo muerte y destrucción.
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Que este primer aniversario del ataque del 7 de octubre no quede como una página triste y dolorosa más. Recordemos a las víctimas, reclamemos justicia por sus familias y por todos nosotros, y exijamos el pronto regreso a casa de quienes aún permanecen cautivos. Pero, por sobre todo, entendamos que lo que está en juego son los principios y valores de la humanidad, y eso es lo que debemos defender sin medias tintas.
Sé que el pueblo israelí, como en otras trágicas oportunidades, saldrá adelante con la energía, el compromiso y la fe que lo caracteriza. Desde acá, reiteramos nuestro pedido de justicia y expresamos nuestra solidaridad con todas las víctimas y sus familias.
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