El clima político nos tiene un tanto aturdidos debido a la combinación de altisonantes expresiones, entre burdas e insustanciales, y las derivadas de la persistente fragmentación de las agrupaciones políticas. Sin embargo, si ampliamos la mirada, notaremos que la Argentina está lejos de que la grieta pase de las palabras imprudentes a la violencia física en algún grado. En consecuencia, salvo algunos países “muy aburridos”, no sobresalimos sobre cómo hoy se ejerce la política en tiempos de las redes sociales.
Ahora bien, aquí el conflicto se desarrolla sobre un tejido económico y social que continúa erosionándose a medida que transcurren los meses. La incipiente reactivación económica en algunos sectores todavía no impacta en el poder adquisitivo de las mayorías. A esto deben sumarse algunos desaciertos de gestión en el plano legislativo que alimentan la pérdida del ya escaso volumen político del oficialismo y, con ello, su capacidad de incidir en las políticas públicas que se necesitan.
En este marco, es lógico que el Gobierno tome nota del cambio de clima social de las últimas semanas. Se pudo ver en la mayor participación del presidente de la Nación en asuntos políticos clave, incluso con legisladores de la oposición, y en los streaming del equipo económico en los que explica su política en tono de mesa redonda.
A pesar de que parecen cosas menores, son importantes en cuanto señales. Ahora bien, no bastan puestas en escena sino acciones concretas que, por ejemplo, alejen la recurrencia de decisiones ejecutivas como los vetos presidenciales a leyes sancionadas por el Congreso Nacional.
En lo que refiere a la ejecución de la política económica, el Gobierno ha ganado reputación sobre el manejo de algunas variables como las monetarias, financieras y cambiarias. Esto es así aun cuando algunos analistas plantean serias dudas sobre la sostenibilidad de la política cambiaria, los activos externos del BCRA y el pago de los servicios de la deuda en dólares.
Al respecto, sus fundamentos, al menos públicos, no parecen suficientemente sólidos. Esta afirmación surge cuando se toma en cuenta que la política ha estado en permanente reformulación, según las circunstancias y herramientas disponibles en cada momento. El tiempo determinará el resultado de la trepidante controversia profesional que desvela a unos y otros.
Políticas activas
En cuanto a la economía real, las áreas del gobierno estrictamente relacionadas a la producción no se notan muy proactivas. Parecen descansar en el derrame de la efectividad del ajuste macroeconómico y los efectos de la reforma estructural de la economía.
Sin duda que éstos son factores clave, pero, aun así, huele a poco, dadas las urgencias. Por ejemplo, la gestión de precios de mercados no competitivos o que tienden a la colusión, ha estado plagadas de errores desde diciembre pasado; sin embargo, nada parece alterar su enfoque. Esto último es preocupante porque tiene impacto en el “metro cuadrado” de las familias como al empresariado que realmente está sujeto a la libre competencia.

Entonces, más allá de los posibles problemas sobre la deuda, las reservas del Banco Central, el tipo de cambio y la tasa de interés, lo que comienza a terciar cada día más en el ánimo social es la cuestión de las ventas, el empleo y el poder adquisitivo; es decir, tal como lo entiende el comerciante de la esquina, el adulto mayor que no puede comprar sus medicamentos, o el productor de porcinos qué no le puede encontrar la vuelta en estas condiciones.
En conclusión, el Gobierno está atravesando un período en el que algunos éxitos ya están quedando atrás, hay cuestiones relevantes para la población que no se están encarando como se espera y se necesita, y todo esto en un entorno político demasiado frenético y hasta inconducente.
Esto plantea algunos interrogantes: ¿Cuál es el costo que está dispuesto a pagar el gobierno por no brindar claridad sobre su propuesta productiva a corto plazo? ¿Cuál por la falta de gobernabilidad del equipo oficialista? ¿Cuánto tiempo puede el presidente sostener altos niveles de aprobación si no se abordan estas cuestiones con rapidez y eficiencia? Desde otra perspectiva, ¿Cuánto ajuste adicional está dispuesto su electorado a soportar sin cambiar su opinión?
Estas preguntas son relevantes porque estamos al inicio de la última parte de su primer año de gestión. Ha sido más que exitoso en resolver la mayoría de los desafíos que encontró, como los que auguraban una hiperinflación, la ruptura de contratos y el default.
Sin embargo, hay algunos vacíos, errores y rezagos de gestión que empiezan a tener fecha de caducidad. Son aquellos que, si no se resuelven con razonable eficiencia, son capaces de dañar las expectativas, tanto económicas como políticas, con las consecuencias que estos escenarios acarrean.
El autor es Director del Instituto de Investigación en Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad del Salvador (USAL)
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