
Está documentado desde tiempos antiguos: los hombres aman el poder, se muestran fuertemente atraídos hacia él.
¿Qué es el poder? Genéricamente se puede decir que es la capacidad humana para hacer. Esa capacidad supone dominio sobre las cosas: se las puede crear, transformar, conservar o destruir. También puede extenderse sobre las personas. Nos acercamos al ámbito del poder político. Aquí es donde aparece la erótica del poder, el embrujo que genera entre quienes lo han ejercido o degustado.
Podemos identificar dos grandes formas en las que el poder ejerce su fuerza de atracción. Una de ellas es el dominio en sí mismo. La capacidad de decidir sobre otros y disponer de ellos. Esto a su vez puede deberse a dos motivos. El primero es la tendencia básica a la dominación, propia de los animales sociales. Prevalecer sobre otros asegura el control de las variables de las que depende la propia supervivencia, facilita la respuesta ante riesgos y amenazas. Otro es la vocación de servicio, que entiende el poder como la forma o instrumento para contribuir al bien y el crecimiento de los demás. Esto puede verse en las relaciones familiares.
Tanto para una como para otra forma de poder es imprescindible una condición: el dominio de sí, el gobierno sobre sí mismo, sobre las propias pasiones e impulsos. Si un hombre o una mujer no es capaz de ejercer poder sobre sí mismo, mal puede ejercerlo sobre otros. En caso de no tenerlo, el poder se convierte en destructivo.
La otra forma de atracción no proviene del dominio en sí sino de sus atributos, ventajas o facilidades que proporciona. El acceso a una variedad de bienes y privilegios que difícilmente se pueden disfrutar si no se tiene el poder suficiente. Son accesorios del poder.
También aquí hay que hacer una clasificación.
Dentro de los atributos del poder encontramos tres tipos. El primero está en una zona común con el dominio en sí mismo. Todo poder legítimo demanda carácter público, reconocimiento. Si se mantiene oculto no funciona, no es eficaz. El poderoso debe ser identificado y tratado como tal, con el respeto y la reverencia del caso. Pero a la vez quien detenta el poder es objeto de una progresiva edificación de su imagen. Se lo recrea asignándole excepcionales dotes intelectuales, morales, políticas, físicas, estéticas. Es inevitable que el poderoso se sienta halagado, se complazca con esa construcción.
En segundo lugar, el poder ofrece una serie de relaciones, contactos, márgenes de operación y recursos simbólicos que permiten amasar una fortuna personal, de forma lícita o ilícita, sobre todo si el ejercicio del poder es temporario, como sucede en los regímenes representativos, y resulta necesario tomar recaudos para mantener el nivel de vida e independencia una vez fuera del gobierno. Decía Carlos Hank González, destacado dirigente del PRI, que «un político pobre es un pobre político».
En tercer lugar, el poder da acceso directo e irrestricto a recursos materiales de alta calidad, que producen una satisfacción inmediata: bienes suntuarios, comida y bebida, casas, hoteles, indumentaria, vehículos, relaciones sexuales y dinero a disposición para satisfacer cualquier capricho. Es la forma más evidente en la que se presenta la cotidianeidad de los políticos para los ciudadanos de a pie: «vive como un príncipe».
Este conjunto de atractivos del poder compone una verdadera erótica, un despliegue de placeres y recompensas que no proporcionan otras formas de actividad.
Personaje subordinado de la política en los años 90, especializado en tráfico de influencias, operaciones, aprietes y valijeo, Alberto Fernández fue un operador gris y opaco al servicio de diversos amos: Menem, Duhalde, Cavallo, los Kirchner. Su principal logro antes de ser ungido candidato presidencial por Cristina Fernández fue la Jefatura de Gabinete en los años de los Kirchner. Antes de que Cristina lo proclamara candidato era un político al borde del retiro, sin peso ni poder a causa de su lejanía del gobierno.
Cristina sabía perfectamente a quién estaba eligiendo. Era quizá la única que conocía realmente a Alberto Fernández, tal como explicara Santiago Kovadloff. Sabía que era un personaje sin vertebración propia, esencialmente subordinado. Incluso puede que conociera sus vicios, sus miserias. Sabía que no debía temer de Alberto una construcción política propia que desafiara su propia posición de dominio. No sería un émulo de Claudio, quien, despreciado por todos por su debilidad física, su timidez y sus dificultades para hablar, instalado en el trono con el objeto de ser manipulado por la Guardia Pretoriana, se erigiría como uno de los grandes emperadores de Roma. Cristina no se equivocó. Otra cosa es que supiera estimar todas las consecuencias de su grave decisión.
Alberto recibió la dignidad de candidato y posteriormente la de presidente sin alterar un ápice su condición subalterna. Más allá de las especulaciones de los columnistas políticos, nunca se planteó una verdadera y sólida construcción de poder personal. El albertismo siempre fue una ficción, un cenáculo de charlatanes. Desde el inicio Alberto estuvo desprovisto de todo poder real. Tampoco intentó conseguirlo.
Por el contrario, de inmediato empezó a disfrutar de los atributos del poder. El grueso de formadores de opinión, analistas e intelectuales se entregó a la tarea de asignarle dotes políticas superiores, sin que hubiera una sola razón para suponerlas: el estadista, el líder moderado y dialogante, el presidente que convocaría a los mejores para acompañarlo en su gobierno. La actualidad informativa sólo ha venido a poner en evidencia las antiguas e irregulares vinculaciones del expresidente con las aseguradoras proveedoras del Estado, una relación que se remonta a su gestión como Superintendente de Seguros de la Nación, en tiempos de Menem. Es sólo uno de los expedientes por el que puede ser procesado. Las revelaciones más recientes dan cuenta de un hombre sometido a sus pasiones más bajas y miserables, sin frenos ni inhibiciones. Para disfrutar de los atributos del poder no hace falta ejercer el gobierno de sí.
El atribulado tirano Hierón le preguntó al filósofo Simónides cómo podía conseguir que sus súbditos lo amaran sinceramente y no se le acercaran solo por interés o por miedo. Simónides le respondió que para conseguir eso debía dejar de ejercer el poder como tirano y empezar a hacerlo como un rey dedicado a la felicidad de su ciudad. Alberto nunca tuvo ese dilema: no tenía poder a su disposición. Sólo le quedaba gozar al máximo de los atributos del poder, ir directo a los canapés. Ni siguiera tuvo el cuidado elemental de la discreción. Es sabido que algunos placeres se terminan de disfrutar cuando se relatan a otros. Si Alberto grabó esos encuentros con mujeres (es decir, se ocupó de documentarlos), quiere decir que era material para conservar y eventualmente mostrar en círculos íntimos, para jactarse de las “conquistas”. Muy lejano a aquel axioma de la masculinidad burguesa que dice que los caballeros no tienen memoria.
Resulta evidente que para no sucumbir al yugo embriagador del poder es preciso poseer condiciones personales que permitan un permanente dominio de sí. Alberto nunca lo tuvo. Pero tampoco quien lo puso en ese lugar. Cristina se aferra al poder con la desesperación de una adicta. Lo necesita más que nada, sabe que su mundo está en grave peligro si regresa al llano. Por esa razón no dudó en desdoblar la función real del poder de su representación cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, causando un incalculable daño al país en general y a la institución presidencial en particular. El poder no es para cualquiera.
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