
Nadie pone en duda que Messi es el mejor jugador de la historia, pero es mucho más que un ídolo incuestionable, es un modelo, un punto de referencia y alguien a quien imitar cuyas acciones transmiten valores.
Si bien el ídolo es un personaje que cuenta con gran admiración popular y goza de reconocimiento social o llama la atención por algo que realiza y tiene una imagen que atrae, se lo idolatra casi sin discernimiento, es casi una imagen fugaz.
Los ídolos son personajes con “pies de barro”. Con esta expresión refiero a lo que cuenta el Antiguo Testamento, específicamente en el Libro de Daniel, en el que este profeta explica el episodio en el que el rey de Babilonia, Nabucodonosor, tuvo un sueño en el que aparecía una gigantesca estatua hecha con diversos elementos: la cabeza era de oro, el torso de plata, la cadera de bronce, las piernas de hierro y los pies eran de barro cocido. Relata que una piedra cayó rodando hacia la escultura, chocó con los pies y la hizo desmoronarse debido a la fragilidad del elemento con la que se había hecho la base, por muy fuertes y sólidas que fueran las del resto del cuerpo.
Muchas veces son las redes sociales las que ayudan a la construcción de ídolos, esos gigantes impactantes. Un claro ejemplo son los llamados “influencer”, quienes dan a conocer sus contenidos, replicados en algunos programas de radio o TV casi sin criticidad. Claro que puede haber influencers destacados, que sean mucho más que ídolos de pie de barro, quienes existen más allá del público que los aplaude.
Pero Messi lo hizo otra vez, lloró frente a todos sin pudor expresando sus sentimientos y su frustración, Su imagen en la pantalla sollozando los conmovió de tal manera que fue disparador para que sus compañeros tomaran envión y finalizaran con un triunfo.
Figuras como la de Lionel, con una vida cargada de valores y referente que muestra coherencia entre el sentir y el pensar, son fundamentales para ayudar a construir identidad en un mundo complejo y contradictorio.
Messi no es perfecto - ¿no lo es? -, pero inspira y entusiasma, despierta un comienzo, siembra direcciones y abre caminos y se fue transformando poco a poco en un modelo, no solo para niños y adolescentes, sino para los adultos, para todos los argentinos cansados de ídolos de pies de barro. Desde su humilde lugar, se muestra llorando como un niño, como un ciudadano común que lo único que desea es “jugar a la pelota”.
Messi debería ser tema obligatorio en la escuela, debería convertirse en un contenido para enseñar la educación de emociones: empatía, solidaridad, respeto, tenacidad, y otras tantas. Si pudiéramos traer al aula cada estremecimiento o cada lágrima que el deportista sufrió, seguramente los aprendizajes serían significativos.
Messi nos dio mucho más que la alegría de haber ganado otra vez; nos enseña que su felicidad es similar a la nuestra y que se puede disfrutar plenamente de una milanesa con papas fritas o de un asado con amigos, del valor del trabajo en equipo y, sobre todo, que nadie se salva solo. En tiempos feroces, Messi nos enseña que la victoria siempre es con otros.
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