
30 años atrás la Providencia –yo creo firmemente en Ella- me llevó a participar de un evento extraordinario: la Convención para la Reforma de la Constitución Nacional.
Como resulta de la sabiduría popular –a Dios rogando y con el mazo dando- la Providencia también tuvo su ayuda en nosotros, pobres mortales. Principalmente en aquellos dos grandes estadistas que cerraron, con acierto, el complejo Siglo XX (para nuestro país, complejo y a veces dramático; para el mundo, terriblemente trágico): los Presidentes Alfonsín y Menem.
Desde la perspectiva de los valores trascendentes, la Reforma fue la culminación de la obra pacificadora de nuestros Presidentes finiseculares. Después de los años de plomo y sangre, los dos buscaron la pacificación y el reencuentro, lo que es imposible sin el perdón.
Con leyes apropiadas y finalmente con el ejercicio presidencial del poder de indultar (como potestad característica de la soberanía estatal y de su jefatura suprema) llegó concordia y el amor social, que, cabe repetir, tuvo su culminación en un proceso constitucional consensuado, pacífico, unánime en su sustancia y en su aprobación final. En definitiva, una expresión de “coincidencias básicas”, como debe ser toda Constitución, aunque fue la primera verdaderamente tal en la historia constitucional de nuestro país.
Desde esta perspectiva, la Reforma de 1994 también importó una suerte de saneamiento de las “carencias consensuales” del proceso fundacional de 1853/1860, signado por la guerra civil con “vencedores y vencidos”, vicio que igualmente lo sufrió la escueta reforma de 1957.
Tan pacificadora fue la Reforma de 1994 que hasta mantuvo la numeración –”14 bis”- de la Convención de 1957, demostrando como los convencionales de 1994, mayoritariamente peronistas, estaban dispuestos a superar los rencores y los dolorosos recuerdos de la dictadura militar vigente en 1957 y a no insistir con la experiencia cuestionable del proceso reformista de 1949.
Pero nuestro país no se caracteriza por la constancia en el respeto de las políticas de Estado, como si nos costara superar una adolescencia conflictiva y dolorosa. Volvimos atrás con las grietas, los culpables de un solo lado y las penas mortificantes para quienes deberían pasar sus últimos años de vida en la paz y el amor de sus familias, en grave olvido de lo dispuesto en el art. 18 de la misma Constitución. ¡Hasta se ha ignorado la fuerza de la cosa juzgada para sostener que el indulto presidencial es violatorio del derecho de gentes, cuando, con las variantes propias de las distintas confesiones, la humanidad, desde siempre, hace un culto del perdón de las ofensas! Para ser perdonados porque perdonamos.
30 años después el espíritu de armonía, consenso y acuerdo que inspiró y condujo a los convencionales de 1994 debe ser renovado. También para ayudar a la obra de la Providencia.
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